El daño cultural y social de la dictadura no se mide sólo en términos de terrorismo de Estado. La sociedad que emergió a la democracia llevaba a cuestas tanto un trauma de terror como un empobrecimiento general de su cultura. Asistimos hoy a una debacle institucional sin antecedentes, que no se explica solo por un presidente abyecto. Mayorías silenciosas, minorías vociferantes, pero también políticos tránsfugas, legisladores lamentables y funcionarios corruptos nos sumergen en un clima y una cultura horrorosa y banal.