No hay industrialización sin energía y sin petróleo, y no hay desarrollo ni transformación para una Nación sin el Estado como motor, conducido por los sectores populares y sus aliados con una amplia participación del capital nacional.
Frente a derrotas ideológicas, políticas de larga duración y procesos de fragmentación social crecientes, la pequeña burguesía progresista se ha tornado endogámica en sus obsesiones y frustraciones y su discurso político se ahoga en la supremacía moral.