
¿Molesta la Constitución? – Por E. Raúl Zaffaroni
4 agosto, 2026Sobre la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada.
Las grandes masas de tierra se traducen en poder, en cotos donde rigen reglas propias, en menoscabo del derecho común y de la soberanía. Ella aparece como moneda de cambio: ¿Cuánto se puede entregar, sin perderla? ¿Cuál sería la libra de carne justa? ¿Cómo medir el despojo?
Por Cecilia Abdo Ferez*
(para La Tecl@ Eñe)
En estos días se discutirá en la Argentina un punto central del pensamiento político a través de la ley que permite la extranjerización ilimitada de la tierra: la relación entre soberanía y propiedad. Soberanía y propiedad son términos que hacen a ámbitos distintos del derecho: Uno, al derecho público; el otro, al privado. Un teórico de la soberanía podría decir que el derecho mismo existe porque ella es su condición de posibilidad, entendida como una decisión que separa entre el orden regular de las cosas -el orden jurídico y administrativo- respecto del caso excepcional. Como sea, la soberanía y la propiedad no deben confundirse. Y sin embargo, están atadas en la historia del pensamiento político. La soberanía es definida (al menos) como la puesta en común de un territorio y de los medios para defenderlo: Es su imperio pero también es su dominio, que da lugar a un derecho común. Por eso es tan importante la soberanía: porque da lugar al derecho común; porque es una de las formas de nombrarlo. Ese dominio e imperio sobre un territorio, ejercido en común, define al sujeto de la soberanía (popular), a la vez que delimita prácticas que permiten que ese dominio continue ejerciéndose en el tiempo. Por eso, entre soberanía y propiedad hay una tensión: En una república, decía Rousseau, nadie debe ser tan rico como para poder comprar a otro, ni nadie tan pobre como para tener que venderse.
Hace varias décadas que se habla de la crisis de la soberanía, de su declive, de su muerte, que es igual a decir de la crisis de los Estados. La crisis estaba contenida en la postulación misma del origen de la teoría de la soberanía, allá por el siglo XVI: Se la concibió absoluta en el inicio, a la vez que socavada y socavable desde adentro por la existencia de poderes indirectos que la erosionaban -los poderes económicos, los corporativos, las facciones, el tironeo infinito que busca eliminar la supuesta neutralidad del Estado y convertirlo en el representante de privilegios, limitarlo al poder de policía, hasta eliminarlo o dejarlo sólo como una fachada-. Una de las formas de profundizar esa crisis es la sustitución del dominio común sobre un territorio por el avance de la (gran) propiedad, que cuanto más grande y estratégica, más exclusivista y excluyente, más supone el avance de lo privado sobre lo público. Que es también una erosión de los derechos comunes.
En un libro que se presenta en estos días, el historiador del arte alemán, Horst Bredekamp, define al presente como «behemótico», en alusión a la figura mítica del Behemoth, ese monstruo bíblico del Libro de Job que dominaba la tierra y que fue visto, en general, como la contrafigura del Leviatán, el monstruo de los mares al que la teoría política moderna mimetizó con la soberanía. La teoría política adora a los monstruos y los animales, porque unos y otros permiten pensar la normalidad y el límite, y cómo ellos se producen, ya que no están dados. ¿Qué es un presente behemótico? Bredekamp lo define como un tiempo en el que se disolvió la separación entre el interior y el exterior, entre lo público y lo privado, entre lo consciente e inconsciente. Un tiempo en el que el «yo autónomo» «aparece como blanco de ataque en cuanto tal». Esto es, un presente en el que el Leviatán, aquel monstruo de la soberanía, está tambaleando por el ejercicio del poder desnudo de otros poderes y es incapaz de sostener el dogma de la inviolabilidad del espacio privado de las personas, al que accede por medio de servicios secretos y su emplazamiento en redes sociales, que convierten a cada participante (a cada unx de nosotros) en un «objeto de transparencia». Así se produce, dice Bredekamp, una fractura cultural, un ataque al «pensamiento de la mesura» y un combate a la autonomía del yo. Todo lo que resta -dice, citando a Octavio Paz- es transparencia. Una palabra más generosa que vigilancia.
El presente behemótico es el de la puesta en cuestión de la soberanía popular. Uno de sus síntomas es la formación de grandes masas (privadas) de tierra. Puede ser en la forma de la conquista, la anexión, la concesión, la venta, la explotación indiscriminada o su entrega por deudas. Puede ser en la forma del imperio, el coloniaje, el latifundio, la ocupación. Mucho más si se trata de extranjeros, pero también de connacionales. Las grandes masas de tierra se traducen en poder, en cotos donde rigen reglas propias, en menoscabo del derecho común y de la soberanía. Ella aparece como moneda de cambio: ¿cuánto se puede entregar, sin perderla: Un 15%, un 25%? ¿Cuál sería la libra de carne justa? ¿Cómo medir el despojo? ¿Cómo se lo revierte, en un presente que parece interpretarse como un tren de alta velocidad hacia lo inexorable -esto es, como lo contrario de una historia humana? Ante esto, los países no están en igualdad de condiciones, sino que es mayor la dependencia de los periféricos respecto de los centrales, y la dependencia se reproduce en su interior fragmentado. Transformar una nación en muñecas rusas, así las más pequeñas no pueden negociar, sino sólo lotearse.
Todo esto no produce orden, sino que alienta la excepcionalidad y la emergencia permanentes; no dicta derechos, sino su enajenación; no construye lazo social, sino que decreta su implosión. Altera no sólo la economía, sino el basamento mismo de la forma política y de su futuro.
Referencias:
«El Behemoth», de Horst Bredekamp. Buenos Aires: Ubú ediciones, 2026.
4 de agosto de 2026.

*Licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires (UBA) Profesora asociada de “Teoría Política y Social II” en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y titular de “Filosofía” en el Departamento de Artes Visuales de la Universidad Nacional de Artes (UNA). Es investigadora independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y del Instituto de Investigaciones “Gino Germani” de la UBA.

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