
Entre Disney y Darwin. Sensibilidades urbanas y cultura rural frente al mundo animal – Por Bruno Carpinetti
9 septiembre, 2026La perspectiva revolucionaria implica desestabilizar todas las ideas inherentes a la vida capitalista. Esta práctica se verifica cuando se ordena un movimiento social para el cual el cambio emancipatorio es posible. Un movimiento de esta índole implica organizar distintas minorías que deben disponerse a generar sentidos -ideas- diferentes de aquellos recibidos en todas las áreas de la vida.
Por Rocco Carbone*
(para La Tecl@ Eñe)
Unión
Como en otros momentos de la historia, la unión debe ser un principio del campo donde luchar contra la corriente histórica general: en este momento, el tecnofascismo mileista. Que participe de la unión todo partido, movimiento, sindicato, organización que comprenda su necesidad en la lucha contra los patrones y el gobierno y las fuerzas monopólicas totalitarias que estos representan. Ella puede expresarse a través de un frente unificado de base: clasista. Los frentes son el recurso último de alianzas contra los poderes manifiestos de la destrucción de las estructuras mínimas de vida (en) común. Una tarea del frente unificado es revisar los anteriores intentos frentistas e interpelar las vetas del peronismo que se aproximan a las sensibilidades de izquierda y a las sensibilidades de izquierda que se aproximen al peronismo. La expresión frentista se torna un horizonte nuevo del pensar y del actuar (en) común. Que significa luchar por un mundo digno, que garantice un solo trabajo para la clase, y que alcance para vivir, un futuro a la juventud y seguridad a la vejez. Un frente antifascista puede organizarse sobre la base de objetivos democráticos compartidos, puestos en primer plano, por todas las fuerzas constituyentes. Una condición indispensable para esa alianza consiste en que las fuerzas emancipatorias (de tradición peronista e izquierdista) tengan plena posibilidad de revelar a la clase trabajadora el antagonismo hostil entre sus intereses y los de la clase de la gran propiedad en sus vertientes local y global. «Puede tener miedo a alianzas temporales […] únicamente el que tenga poca confianza en sí mismo, y ningún partido político podría existir sin esas alianzas» (Lenin, ¿Qué hacer?, pp. 111-112). La función esencial de este frente consiste en desplazar a la clase de la gran propiedad del corazón del Estado.
Anacronismo
Otra herramienta que tiene la función de transformar las relaciones sociales y que convoca a lxs que no se conforman con lo que existe, a lxs que reclaman que se modifique lo existente, a lxs que rechazan el culto y la conformidad con lo que hay, se encuentra menos en el futuro que en el pasado. Su nombre activa un anacronismo y refiere a algo que no se corresponde o parece no corresponderse con la época, con la nuestra, a la que se hace referencia. En Sartre contra la corriente, Eduardo Grüner anota un pasaje sobre la época histórica que estamos transitando: «Este momento” es de una profunda degradación de la cultura y del lenguaje -en el contexto, desde ya, de una profunda degradación de la sociedad y la política-. ‘Este momento’ es el que necesita imperiosamente […] el retorno de una ética estrechamente vinculada a una política de transformación radical y de ‘crítica de todo lo existente’, según el célebre enunciado de Karl Marx -en el contexto de un nihilismo conformista que ha logrado aplastar todo espíritu crítico-. Solo ese deseo extremo de radicalidad puede aspirar a que algo se salve» (p. 18). El campo nacional y popular en esta etapa histórica carece de la ética que subraya Grüner. Carece de perspectiva revolucionaria.
En ese vacío retumba el eco de una tarea, que el campo puede volver a asumir si se plantea el propósito. Es la revolución, herramienta que logra modificar la naturaleza y la jerarquía del antagonismo social: entre monopolios y explotadxs, entre fascistas y oprimidxs. Si esta idea se acepta, la tarea práctica más urgente es crear una organización de revolucionarixs capaz de dar a la lucha política energía, firmeza y continuidad. «La revolución estalla en una sociedad no a raíz de un proceso continuo inmutable, sino a través de una serie de convulsiones, separadas por intervalos distintos y a veces amplios y prolongados, durante los cuales la idea misma de revolución parece perder toda conexión con la realidad» (Trotsky, «L’autodéfense ouvrière»; p. 123). Es preciso aprender a detectar sus primicias y sus signos anunciadores. Y si no aparecen, ayudar a que emerjan.
La revolución es posible en tanto y en cuanto se organicen movimientos sociales de atracción popular que se propongan la emancipación de las existencias (humanas, naturales, animales). Sin revolución social toda civilización humana corre el riesgo de ser arrastrada a una catástrofe. Ese magno evento depende -de nuevo, en nuestra historia- de las masas laboriosas y de su vanguardia (idea y acción de minoría, ubicada en un tejido de masas). La clase trabajadora es el auditorio ideal y el basamento social insoslayable -(más) capaz- para percibir la chispa revolucionaria y transformarla en lucha activa. Si la clase trabajadora rechaza la unión sagrada que la invita a sacrificar sus intereses, sus necesidades y sus reivindicaciones en el altar de la defensa de los monopolios absolutistas, será posible reconducir la transición actual del capitalismo en la dirección de una existencia cuidadosa de las fuerzas productivas: del ser humano, ampliado hacia el ser animal y el ser natural. La idea concreta de esta agitación política debe ser sembrada en todas las clases y en todas las capas de la sociedad. Y la atracción de otras clases es una tarea esencial de la vanguardia.
Crisis
Las condiciones objetivas de la revolución parecerían estar maduras. Esa madurez históricamente estuvo atada a la crisis social y económica. (La crisis actual se debe a la transformación del capitalismo de libre empresa en capitalismo monopólico, que provoca una carrera en procura de los mercados globales, en la que los factores centrales son los datos, los algoritmos, la infraestructura digital, las mercancías, los capitales y los bienes naturales comunes). Sin embargo, la clase trabajadora y su vanguardia (los aparatos políticos y sindicales de la clase) aún no parecen haber llegado a ese mismo nivel de madurez. Las generaciones mayores están abatidas y las más jóvenes, además de compartir el abatimiento, aún parecen desorientadas. Para superar esta (relativa) inmovilidad, hay que ayudar a las masas laboriosas a pasar de sus luchas cotidianas a la lucha por el poder. De aquí desciende una enseñanza: que una situación puede ser revolucionaria -en función de las condiciones objetivas: crisis económica, social y política-, pero las fuerzas organizadas pueden resultar insuficientes para transformarla en revolución. Para que las condiciones objetivas se religuen con las subjetivas es preciso entrenar la conciencia. La conciencia es siempre conciencia de algo. La introducción de la conciencia en ese algo -en la cosa, digamos- es un acto de conocimiento. La conciencia no es, sino que aparece, enredada en las cosas del mundo, en la clase, y se hace carne en los deseos y las necesidades de las más íntimas fibras corporales, de trabajadores de carne y hueso. La conciencia de la clase trabajadora se politiza si lxs trabajadores se acostumbran a hacerse eco de todos los casos de arbitrariedad y opresión, de violencias y abusos de toda especie. Para que la clase trabajadora active la lucha de clases y la tuerza en su favor debe ponerse en movimiento. Lo que quiere decir dejar de lado su condición oprimida y (relativamente) pasiva, alterar profundamente esa naturaleza, para pasar a una forma de actividad consciente. Para organizar ese salto es necesario elaborar un sistema de reivindicaciones transitorias, a partir de las condiciones y la conciencia actuales de grandes sectores de la clase trabajadora. De clase en sí debe pegar un salto para transformarse -de nuevo: una vez más en la historia- en una clase para sí. Si lo logra, podrá definirse como una alternativa respecto del poder del capitalismo en su fase fascista.
Lemoine
Clase en sí refiere a un grupo de personas que comparte una misma posición social y económica. Por ejemplo, lxs trabajadores asalariadxs que venden su fuerza de trabajo para vivir. Esa clase se transforma en para sí cuando esxs trabajadores toman conciencia de que comparten intereses, cuando identifican que sus problemas tienen un origen común y se organizan (mediante sindicatos, partidos o movimientos sociales) para defender su condición existencial: política. Cuando esa transición se logra, el trabajo se impone sobre el capital y acontece una subversión, que quiere decir dar vuelta las cosas, invertirlas. Al fascismo, la subversión le provoca terror y por eso mismo nos endilga el mote de «terroristas». El fascismo excluye toda subversión. Aquella de la ciencia, por ejemplo, porque cuestiona las ideas establecidas y exige evidencias en lugar de aceptar algo como un acto de fe. La ciencia, la educación, el aprendizaje cuestionan la autoridad (una afirmación no se considera verdadera porque la diga un sujeto poderoso, una institución o una tradición, debe comprobarse a través de una evidencia); desafían creencias establecidas (muchos descubrimientos científicos contradijeron ideas que parecían incuestionables: que la Tierra no es plana, pese a las creencias de la diputada Lilia Lemoine); modifican nuestra forma de pensar (teorías como la evolución o la relatividad cambiaron profundamente la manera en que entendemos al ser humano y el universo); pueden revelar injusticias o problemas sociales (la investigación científica puede poner en evidencia desigualdades, daños ambientales, abusos de poder o consecuencias que ciertos grupos poderosos preferirían ocultar); y son autocorrectivas.
Desestabilizar
Guiadxs por las Visiones primates de Donna Haraway, podemos decir que la perspectiva revolucionaria implica desestabilizar todas las ideas inherentes a la vida capitalista. Esta práctica se verifica cuando se organiza un movimiento social para el cual el cambio emancipatorio -no el cambio a secas, de «tipo macrista»- es posible. Un movimiento de esta índole implica organizar distintas minorías (sectores sociales) que deben disponerse a generar sentidos –ideas– diferentes a aquellos recibidos en todas las áreas de la vida. La desestabilización es una tarea colectiva y más o menos simultánea en las distintas esferas existenciales. Para remediar esa carencia y transformarla en necesidad se precisa una educación política de la clase trabajadora, en todos los aspectos. Esa pedagogía se lleva a cabo a través de la agitación política y de las campañas de denuncias políticas. Lenin en ¿Qué hacer? nos indica que lxs trabajadores, en las sociedades desgarradas por las contradicciones de clase, tienden a pensar espontáneamente con las ideas del capitalismo, a reproducirlas. De ahí que sugiere disputarlas con las ideas de la revolución a través de una herramienta política, cuya función es apartar a la clase trabajadora de la tendencia espontánea a cobijarse bajo el ala de la burguesía antes y de las aristocracias tecnofinancieras ahora y atraerla hacia el ala de la emancipación radical o a esa ética vinculada a una política de transformación radical.
La lucha económica sigue siendo central y necesaria para incorporar a las masas laboriosas a la lucha política. Sin embargo, la lucha que estamos imaginando no debería proponerse lograr condiciones más o menos ventajosas de cara a la venta de la fuerza de trabajo, sino desorganizar el orden social que obliga a lxs desposeídxs a vender su fuerza de trabajo a los ricos. Un proyecto de transformación revolucionaria de la sociedad capitalista debería proponerse suprimir el sometimiento del trabajo al capital -y en este momento del siglo XXI, el sometimiento de la existencia trabajadora al capital plataformizado-; abolir la explotación y terminar con un sistema en el que la acumulación desorbitada de capital equivale al poder de obligar a las grandes mayorías a hacer algo contra su voluntad.
Qué herramienta
La idea, si responde a las exigencias del desarrollo histórico, es más poderosa que las organizaciones, pero toda idea necesita de una organización –la herramienta política– para encarnarse. Puesto que el capitalismo en su fase fascista es un régimen de desigualdad extendida y profunda, una idea en la que el campo propio puede encontrar potencia es aquella de la igualdad, que esencialmente quiere decir reciprocidad -hacer algo para alguien sin necesidad de cuantificarlo- y diferencia no jerárquica entre los seres humanos en todas las esferas de la vida. La igualdad es una extensión directa de la libertad. En efecto, es su expresión. La igualdad es síntoma de la libertad. En la Argentina libertariana, puesto que hay desigualdades manifiestas, no hay ni puede haber libertad. La libertad que proponen ellos es la libertad ante Mi Ley, es decir, libertad de ser subyugadxs, por ende, ubicadxs en un lugar de desigualdad. Lxs trabajadores, en cambio, podemos ser libres en tanto podemos ser igualmente libres, de obedecer o no obedecer a nosotrxs mismxs en tanto lo creamos adecuado. «Nosotrxs mismxs» son las fuerzas de la emancipación.
Si se aceptaran estas ideas, quedaría por organizar una herramienta política que en el siglo XXI se proponga disputar el sentido común -por ahora- tecnofascista de lxs trabajadores. En el momento de la redacción del ¿Qué hacer? esa herramienta fue el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR) y posteriormente el Partido Comunista. De aquí se precipita la pregunta: ¿qué forma debería tomar esa herramienta en la Argentina del siglo XXI, oprimida por una fuerza fascista, atravesada por las contradicciones de clase y por el “pluralismo” de la vida liberal?
Esa herramienta es ese algo más -más allá del hecho frentista- que necesitamos para que la lucha por la igualdad se afirme, junto con la salvaguarda de todo lo que vive y respira a nuestro alrededor. Mirar la época, morderse los labios y dejar que el dolor se convierta en algo más -tal como sugirió en alguna conversación Horacio González. –
10 de septiembre de 2026.

*Filósofo y analista político. CONICET.

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