
Rumbo a Vladivostok – Por Ricardo Aronskind
1 septiembre, 2026La plataformización no es apenas una nueva etapa tecnológica del capitalismo: es una forma contemporánea de acumulación y dominación. Al concentrar el control de los datos, los algoritmos, la infraestructura digital, la fuerza de trabajo a nivel global y los bienes naturales comunes, las plataformas transforman nuestras actividades, vínculos y capacidades en mercancías apropiables. El resultado es una nueva separación entre quienes controlan los medios de producción y quienes producen para ellos. Mientras el trabajo se precariza, los lazos sociales se fragmentan y el poder se concentra en las aristocracias tecnofinancieras. La promesa de libertad individual encubre así una nueva forma de subordinación: cuanto más participamos de la matrix de la plataformización, más valor producimos para ella.
Por Rocco Carbone*
(para La Tecl@ Eñe)
Con mundialización o globalización nos referimos a la unificación del mercado mundial. Hoy estamos ante otra escena: la plataformización (del capitalismo global). Esta implica una nueva acumulación originaria, categoría que fue desarrollada por Marx en el primer tomo de El Capital y explica el proceso histórico a través del cual se crearon las condiciones para la emergencia del capitalismo, que se dio concentrando la riqueza y separando a lxs productores de los medios de producción. Para decirlo de manera sintética: el capitalismo no es el resultado del ahorro individual o del esfuerzo de algunxs sino un proceso histórico en el que muchos seres humanos -lxs trabajadores- fueron separados de los medios de producción (tierra, herramientas), mientras una minoría -lxs poseedores- se dedicó a concentrar riqueza y recursos. Y sobre esta base se constituyó una equivalencia entre recursos y poder. De hecho, en las sociedades occidentales el acceso a recursos materiales se transforma en poder. Éste habilita que muchxs sean obligadxs a trabajar para unos pocos o que estos pocos obliguen a muchxs a hacer cosas que no desearían hacer. Este tipo de poder habilita la violencia. Que esencialmente quiere decir obligar a otrxs a actuar contra su voluntad. La violencia es una relación social, antropológicamente significativa. Es una fuerza que puede ser pensada como una probabilidad: de que un sujeto ubicado en una relación social imponga su voluntad, pese a la resistencia organizada del otro.
Una nueva acumulación originaria se está llevando a cabo en el mundo del siglo XXI. Se concreta a través del control de los datos, de los algoritmos (resortes que deciden qué contenido mostrar y qué contenido ocultar), de la infraestructura digital, de las capacidades de inteligencia artificial, de la esclavización a escala global de la fuerza de trabajo y de la apropiación de los bienes naturales comunes (rebautizados como «recursos naturales» para despolitizar el hecho de que son de todos). El gobierno de La Libertad Avanza en agosto de 2026 trató de imponer la Ley de inviolabilidad de la propiedad privada, que -esencialmente- buscaba extranjerizar no sólo los bienes naturales comunes sino -nada menos que- la tierra. Esta está relacionada con la comunidad y la soberanía, que es la capacidad de ser dueño de sí. La comercialización de la tierra, una vez más (luego de la experiencia de la colonización y del sistema colonial-esclavista), se constituye en un hito de la penetración monopólica en las sociedades indígenas. Se convierte, de nuevo, en una mercancía para comprar y vender. Y cuando no es posible ser dueñx de sí, se es esclavx. La condición esclava depende del trabajo a destajo y de la racialización de las relaciones sociales, y -más todavía- de la destrucción del lazo social dentro de la clase trabajadora. El lazo es roto por el injerto del celular, la plataforma, la red «social».
Las plataformas (y la inteligencia artificial) controlan la intermediación, los datos y los algoritmos. Se ubican entre lxs compradores y lxs vendedores. En el capitalismo de plataforma, un sujeto -pongamos Marcos Galperin con Mercado Libre- es el dueño del mercado donde todxs venden y compran. Él cobra por cada transacción, decide las reglas, conoce qué se compra, qué se vende y conoce los perfiles de compradores y vendedores. Además, recopila datos sobre lxs usuarios y utiliza inteligencia artificial para inducir ciertas elecciones, que ya no son apenas inducciones de consumo. Mercado Libre es un monopolio. Y éste significa dominación de las multinacionales. De hecho, Mercado Libre es un monopolio que, además de la Argentina, opera en otros diecisiete países de América Latina. Plataformas homólogas, cómo Amazon, en cambio, operan sobre una porción mucho más significativa del Occidente cristiano (o sea, capitalista, colonial, racista, patriarcal, imperialista, opresor). Las plataformas —tanto las laborales como las de entretenimiento, reconvertido este último en otra forma de «trabajo» no remunerado— miden de manera permanente nuestras interacciones mediante estrellas, likes o corazones, signos que antes remitían al amor o al afecto. Así convierten al ser humano en una función de productos mensurables y apropiables. En este sentido, cada ser humano vale según la cantidad de corazoncitos que produce, la cuota de interacciones con la plataforma o la IA, la medida de información que le provee, según la disposición a entrenarlas, de manera gratuita, condición que transforma al ser humano en ser esclavo. O sea, el ser humano deja de ser una existencia para sí para transformarse en una existencia para otra cosa que sí mismo: la matrix de la plataformización.
¿Cuáles son las modalidades de la plataformización? Eliminación de reglamentaciones para la clase trabajadora, desregulación, flexibilización laboral, desmantelamiento de los códigos de trabajo, tercerización, dislocación e individualización del salario en función del algoritmo. La plataformización quiere imponer la desregulación en todos los sectores de la vida económica, social y política de la clase trabajadora. Esta dominación desemboca en la baja sistemática del “costo laboral” pero sobre todo en la liquidación de las democracias liberales. Éstas están reducidas a un puro ritual, a un camuflaje verbal. De hecho, nada verdaderamente serio se decide en los cuerpos compuestos de representantes elegidos. Lo más relevante parecería resolverse en los organismos financieros y políticos internacionales -el Fondo Monetario Internacional, la Reserva Federal y los trusts petroleros yanquis, el Banco Central Europeo, la Organización Mundial del Comercio, la Comisión Europea- que rinden cuentas a los monopolios de plataforma, es decir: a sus dueños mil millonarios, a sus necesidades, y a los políticos que integran una nueva clase social o que actúan como sus servidores: las aristocracias tecnofinancieras. Esta clase -invisible a los ojos de intelectuales gorilas autopercibidos progresistas y más aún, de izquierdas-, congregada alrededor de la IA y las plataformas, quiere una civilización gastada, olvidada de lo humano.
* * *
El capitalismo sobrevive. A raíz de la destrucción de volúmenes crecientes de mercancías, máquinas y productores. En cuanto a la destrucción de mercancías, que son los productos que se fabrican para ser vendidos: el capitalismo produce más bienes de los que puede absorber el mercado. Entonces, para seguir vendiendo, a menudo, se desechan productos nuevos (remanentes) que no se venden; se destruyen excedentes para mantener los precios; se promueve la obsolescencia programada (productos diseñados para un período acotado); se incentiva el consumo constante para reemplazar objetos que aún funcionan. En cuanto a la destrucción de las máquinas: se vuelven obsoletas junto con las fábricas; las empresas cierran y dejan de usar su maquinaria; y las nuevas tecnologías reemplazan a las anteriores antes de que estas agoten su vida útil. Una fábrica, por ejemplo, puede funcionar con robots, cosa que implica descartar máquinas que todavía funcionaban o directamente a lxs trabajadores. Respecto de la destrucción de lxs productores: una IA, por ejemplo, por ahora, reemplaza a diseñadores o redactores; una plataforma desplaza a pequeños comercios, que son acorralados y obligados a cerrar. Esto acontece en mayor o menor medida en todos los barrios de Buenos Aires. Las plataformas, además, operan «sin trabajadores» porque se organizan alrededor de la figura de “colaboradores” (trabajadores sin derechos).
De esto desciende que los beneficios se concentran en accionistas e inversores. En el mundo que habitamos, cada vez más trabajadores tienen empleos precarios; los salarios pierden poder adquisitivo; aumenta la inseguridad económica de la clase trabajadora formal, a la que -por otro lado- se le suben y agregan impuestos. Este entramado permite una nueva acumulación de capitales y un nuevo desarrollo técnico. Que se logra produciendo masivamente medios de destrucción de trabajo (IA y aplicaciones de plataforma), pauperizando una masa en aumento de seres humanos a escala planetaria, acumulando datos, recurriendo a la creación masiva de «capitales ficticios», virtuales, especulativos, que no corresponden a una producción real de mercancías. Me refiero a activos financieros, cuyo valor no está respaldado por ninguna producción material inmediata.
3 de septiembre de 2026.

*Filósofo y analista político. CONICET.

Seguí acompañándonos: Sumate a la campaña «Colaborá con La Tecl@ Eñe».
La Tecl@ Eñe viene sosteniendo, desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000, $10.000 ó $15.000. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Tu aporte es importante para seguir adelante.
Muchas gracias.
Alias de CBU: Lateclaenerevista


