
Del genocidio al cientificidio: el plan sistemático para borrar el futuro de la Argentina – Por Alberto Nadra
27 agosto, 2026La contienda se juega en campos y disciplinas tan amplias como las que abarcan las definiciones de «cultura». Pero la ultraderecha exhibe en todas una coherencia brutal.
Por Vicente Muleiro*
(para La Tecl@ Eñe)
La lluvia excremental. El tecnomafioso Fernando Cerimedo, al desplegar su condición de esbirro del capitalismo salvaje –intento de femicidio incluido- , y al definir su acción, en uno de sus discursos públicos, como cruzado de la «batalla cultural» pasó las escobillas del parabrisas sobre la lluvia excremental con que carga esa figura bélica. Si es cierto que la cultura, como definió Horacio González es «la estructura secreta de todo lo que se hace», esta «batalla» se propone, entonces, deshacer: ideas, sentires, modos, cuerpos, identidades.
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¡Presenten armas! Hasta tal punto la propuesta mileísta es destructiva que no pretende –tampoco tiene con qué- presentar armas, salvo esa salivosa y miserable mezcla de ignorancia y soberbia. En ese río contaminado naufragan choznos de garcas como los Benegas Lynch, bestias parlantes como Lilia Lemoine o troperos cyber como el Gordon Dan y el propio Cerimedo. Todos poseedores de un lenguaje restrictivo, menesteroso y chirriante.
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Deshacer. Sí. Se trata de deshacer, nomás. Pero Jair Bolsonaro quiso exhibir una artillería propia contra «el progresismo y el marxismo cultural». Enterrador, como su amigo Javier, en su mandato eliminó el Ministerio de Cultura, pero también invirtió en apuestas propias. Creó el Premio Nacional de las Artes para todas aquellas obras que resaltaran la tríada inquisitorial «Dios, Patria, Familia». A la búsqueda de un renacimiento alcanforado, quiso impulsar un cine que filmara el pasado histórico en clave estatuaria. También promovió la música sacra y solventó baratijas solemnes, siempre que se dieran puertas adentro de los templos evangélicos. Un qué hacer, digamos, un quehacer aunque se tratara de plumerear telarañas.
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Nos los representantes. ¿Por qué Milei –fuera de ampulosas invocaciones a Dios, Moisés y las fuerzas del Cielo- no intenta hacer como Bolsonaro? Porque es más sincero y resulta más representativo del capitalismo salvaje. Para él, y los suyos, en la otra punta del hilo cultural yace sólo el más puro economicismo que, bajado a tierra (arrasada), en sus formas más comunes implican apenas al consumo y la ganancia. Sí: Milei, junto con Trump, son los presidentes más representativos del descalabro que el capital está haciendo con los humanos.
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Reconocimientos. Juan José Saer fue propuesto, el pasado 11 de agosto, por su paisano santafesino, el diputado Agustín Rossi, para una consagración post-morten, como ese escritor argentino de impacto hispanoamericano -y más allá- que sin duda es. Alguna vez, con su editor consuetudinario, Alberto Díaz, charlamos sobre la necesidad de trabajar sobre la obra de Saer para despejar el malentendido de escritor «difícil». Pero para muchos lectores, aún avezados, Saer es áspero. Lo que sí es indiscutible es que se trata de esos pocos narradores que, según Ricardo Piglia, crea su propio artefacto narrativo con inteligentes y a veces ajedrecísticos planos narrativos, mientras sus personajes rumian el mundo desde la incomodidad del ser y las fallas del sistema. Y que cierta opacidad, buscada, pide una lectura concentrada. Desde ya que las discusiones en comisión no se produjeron por desavenencias literarias. El PRO y LLA dijeron simplemente «no» totalmente «no». De ninguna manera.
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Ni los buenos modales. «Personalidad destacada/ciudadano notable/orden al mérito» son algunas de las fórmulas cordiales que vienen desde el fondo de los tiempos y que conforman un espacio donde siempre campearon los buenos modales. Si un legislador se propusiera, por caso, homenajear a Julio Cortázar, sus opositores lo aceptaran y, como mucho, el cortazariano tendrá que comerse el papelón de no negarle una cucarda a un Marcos Aguinis, o de prestarse a la negociación «te cambio un sarmientino por un hernandiano». Una larga tradición cuenta que conservadores y progresistas, derechas e izquierdas, no se peleaban por esos símbolos.
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Des-hacer. Ahora se acabó, o se pretende acabar, con esas suaves caricias que la política le suele dar a la cultura para hacer creer que se la toma en serio. Cuando el proyecto Saer se discuta en la Cámara de Diputados, el Pro y LLA no se sonrojarán por otra negativa y seguirán charlando entre ellos, desparramando el mismo desinterés y desprecio que ya exhibieron cuando el tema se trató en comisión. Aunque habría que reparar en esa rara sabiduría de las bestias. Un escritor como Saer, vanguardista, poético y creador de su propia lectura, es sospechoso, sobre todo, de hacer lo suyo: dejar marcas creativas singulares y fluir en una identidad mayor que lo contiene. Y eso es a lo que la famosa batalla apunta, o sea: apunta a des-hacer.
28 de agosto de 2026.

*Escritor, dramaturgo, poeta y periodista.

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