
Companyia Hongaresa de Teatro: de Valencia a Buenos Aires – Por Paco Zarzoso
21 agosto, 2026Entre el desencanto de saber que hay futuros vencidos y la promesa de cambiar el rumbo del presente para no destruirlo del todo. En eso estamos, aunque todavía no nos demos cuenta.
Por Angelina Uzín Olleros
(para La Tecl@ Eñe)
Desde su magistral erudición, Horacio González publicó numerosas obras de ineludible valor sociológico, político, literario y filosófico, tales como La ética picaresca, Decorados, El filósofo cesante, Las multitudes argentinas, Restos Pampeanos, Filosofía de la conspiración, Historia conjetural del periodismo, Perón, reflejos de una vida, Besar a la muerta, Redacciones cautivas, Paul Groussac: la lengua emigrada, La crisálida. Metamorfosis y dialéctica, Las hojas de la memoria, Un siglo y medio de periodismo obrero y social, Kirchnerismo: una controversia cultural, Genealogías, Violencia y trabajo en la historia argentina, entre muchas otras.
A través de la historia nacional y durante períodos particularmente señalados en su libro Lengua del ultraje. De la generación del ‘37 a David Viñas, publicado por Colihue en 2012, hace un repaso profundo por los recorridos que las palabras fueron tomando para relatar la fundación del país, de la nación, del territorio, de la patria, en cruces ultrajantes entre historiadores, náufragos, políticos, militares, funcionarios desde el siglo XIX hasta Viñas. No se trata de la madeja de malentendidos a los que nos tiene acostumbrados y acostumbradas el lenguaje en general, González va más allá y desarrolla una formidable clasificación de actos ultrajantes en el universo simbólico del discurso público argentino.
Hace referencia a lo largo del texto, desde un trabajo suyo de largo aliento, a textos escritos, documentos, relatos ficcionales, expresados de modo epistolar u oral, que fueron vinculándose a tradiciones retóricas organizando una memoria lectora y también auditiva de la nación argentina. «La idea moderna de nación consiste en proceder a un conjunto de decisiones ultrajantes sobre sus miembros, pues esta misma es la definición de grupo: lo que genera una identidad posible (o la posibilidad de una identidad) y lo que por esa misma razón la pone en el umbral de un ultraje. Esto es, exigirle numerosas pruebas de pertenencia, silencio y afección. Siempre, alguna vez, es necesario sentir en sí mismo la notable realidad de que somos expulsados de un reino. Cuando decidimos que el hecho ocurre sin que lo mereciéramos, estamos facultados para llamarlo ultraje. Las historias nacionales, siempre y cuando sean bien narradas, deben acudir a buscar las fuentes de remotas humillaciones colectivas».
Como ejemplo de ultraje podemos considerar el término «relato» que se utiliza despectivamente, vinculando un relato al engaño, a la simulación, o a un artilugio electoral que construye un «relato engañoso» de las promesas de campaña o la propuesta de lo que se realiza en un gobierno o en una administración; bien podríamos sumar este suceso relativamente actual a lo que Horacio González define como ultrajante. Hay un cruce de palabras, que deforma, que insulta, que subestima una figura o una gestión. Construir un relato se ha convertido en la denuncia más frecuente para denostar algo o alguien. Seguramente esta ha sido la consecuencia de la impronta posmoderna que afirma que «han caído los grandes relatos de la modernidad» y solamente quedan fragmentos, esquirlas de una totalidad estallada.
En la lectura de este libro podríamos pensar que, aquellos discursos sobre los comienzos de la Argentina como nación han caído en relatos esparcidos de razón e imaginación, con criterios de demarcación entre realidad y ficción cada vez más desdibujados. Desde Sarmiento pasando por Alberdi, José Hernández y Mitre, repasamos todas las crónicas del cuerpo documental que se aglutina alrededor de textos y figuras que representan la civilización o la barbarie, que describe a los mártires y a los déspotas, que levanta altares y cava tumbas, al mismo tiempo que lo ficcional y lo real se confunden en un extenso palimpsesto de oraciones fúnebres y paisajes utópicos que, muy a pesar del positivismo reinante en el siglo XIX, dejan huella en la noción de una nacionalidad excluyente donde no todos ni todas, pueden ingresar al contrato social, quedando en los márgenes héroes y villanos de la naciente república.
Imposible desandar en este breve artículo toda la información que trae este libro, por ese motivo vamos a detenernos en un personaje que González citaba incluso hace no muchos años en sus cursos universitarios, Pedro de Angelis, que en 1836 publicó La ciudad encantada de la Patagonia: la leyenda de los Césares. Trata sobre uno de los mitos más fantásticos de aventureros sumergidos en la magia del nuevo mundo, una leyenda que movilizó enormes esfuerzos, malogrando vidas en campañas de exploración que se armaron para encontrarla; aquellos eran exploradores, aventureros, visionarios y místicos que se proponían descubrir tesoros y encontrar la llama de la vida eterna. Esta antología de textos, publicados a través de especulaciones delirantes, construyen un imaginario alrededor de la Patagonia colonial.
Una mitología que es punto de partida de la trama que va tejiendo el tiempo en su devenir otro, en sus fantasmas y sus presencias combativas que, al final del camino, pretenden tomar la meta como propia, hasta querer convertirse en los dueños del lugar. Lugar simbólico y territorial. Horacio González abre muchas interrogaciones acerca de la creencia de Pedro de Angelis en estos mitos, y rescatamos este formidable pensamiento suyo que hoy mismo podríamos expresar con relación a lo que somos y lo que podríamos llegar a ser: «No es difícil descubrir que el presente está hecho de muchas tendencias frustradas y de numerosos planes que deben ser abandonados apenas por un pequeño número de conjurados que percibe su imposibilidad. Por otro lado, todo punto crucial de lo que llamamos el presente contiene distintas memorias de su propio pasado y preserva incómodamente los futuros vencidos que cuando comparecen ante el presente que los rememora producen el severo espectáculo de una sigilosa admonición, una ironía sobre la materia misma de lo histórico que permite pensar lo que vendrá mientras sabe que tiene el poder de destruirlo». Esta frase contiene la fuerza del desencanto, y también la promesa de lo que todavía podemos realizar; el desencanto de saber que hay futuros vencidos y la promesa de cambiar el rumbo del presente para no destruirlo del todo. En eso estamos, aunque todavía no nos demos cuenta.
21 de agosto de 2026.
Dra. Ciencias SocialesCoordinadora Académica Maestría en Género y Derechos UNGS/UADER.

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