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2 octubre, 2026Ricardo Aronskind sostiene que al pueblo argentino no sólo se lo está privando del sustento con una política económica de saqueo, sino que se busca despojarlo de la posibilidad de contar con un Estado Nacional que lo ampare y lo promueva.
Por Ricardo Aronskind*
(para La Tecl@ Eñe)
El actual proyecto político, que es continuidad y profundización del de la dictadura, el menemismo y el macrismo, está destrozando las capacidades productivas de Argentina y arrasando sistemáticamente puestos de trabajo, salarios y condiciones de vida.
El país se desliza hacia un creciente subdesarrollo, con incrementos sistemáticos del desempleo, la pobreza y la indigencia. Probablemente, entre los diseñadores del actual proyecto exista la idea de que cuanto más pobreza, más desesperanza y más embrutecimiento, más se consolidará el proyecto neocolonial.
La mayoría de las críticas a la política mileísta hacen énfasis en la cuestión económica y en la cuestión social. Es razonable, porque es lo más inmediatamente visible: el cierre de fábricas, comercios, las colas inmensas de gente que busca trabajo, las condiciones de súper explotación que aparecen por todos lados…
Existe una tentación en la oposición de recurrir sistemáticamente a la denuncia de la situación económica y social: se muestran indicadores económicos, caída del consumo, capacidad ociosa en las empresas, deterioro de la salud y de la alimentación de la población. Es evidente que es más fácil machacar políticamente sobre estas cuestiones, que están a la vista.
Incluso uno de los mayores logros de la derecha mediática –haber instalado que el único problema que tiene «la gente» es la inflación, y que la inflación ¡ya dejó de ser un problema!- puede ser cuestionado a partir de las propias cifras del INDEC, que están muy lejos del cero por ciento de inflación que Milei anunció reiteradamente.
Aquí debemos hacer un señalamiento: que todavía subsista a nivel popular una confusión enorme sobre el tema precios-salarios-inflación-salario real, es absoluta responsabilidad de los partidos populares y de los sindicatos, que a lo largo de décadas no supieron o no quisieron hacer una docencia mínima sobre que lo que realmente debe custodiar el pueblo: el poder adquisitivo de sus ingresos.
El campo popular no ha sabido neutralizar las tonterías que el aparato mediático del capital le mete en la cabeza a la población. Existen justificadas dudas sobre si las propias dirigencias populares entienden el tema, o están tan subordinadas ideológicamente a sectores del empresariado que no son capaces de explicar lo básico, lo elemental de los intereses populares.
La situación económica, en creciente declinación y el deterioro de las condiciones de subsistencia más elementales, apunta a las cuestiones vitales básicas.
Nadie puede ni debe ignorarlas.
Mejorar la comprensión de los problemas
Pero a su vez debemos señalar que centrarse exclusivamente en estos temas es políticamente muy problemático.
En primer término, porque la función de la dirigencia política no es exclusivamente situarse en el nivel de análisis de una ciudadanía cada vez más desinformada y bombardeada por propaganda de derecha las 24 horas del día.
La dirigencia popular tiene la obligación de poder asumir niveles de comprensión de la realidad mucho más elevados, y asumir que si quiere ser dirigencia nacional (o sea, de la Nación), tiene que ocuparse no sólo de las urgencias de la coyuntura, sino del destino estratégico del país.
Entender de qué se trata una comunidad nacional es poder ir más allá de la noción de que la gente «pueda comer», es entender cómo se construye un tejido productivo que permita no sólo vivir aceptablemente a toda la población, sino que aproveche y potencie todas las capacidades y talentos existentes en el país.
Una economía nacional implica, en el mundo actual, un conjunto de políticas, estrategias, estudios, estructuras institucionales con poder, que puedan establecer una orientación a los esfuerzos de toda la comunidad, para multiplicar las posibilidades de resolver problemas y proyectar progreso hacia el futuro. Es incrementar la capacidad de autogobierno en el contexto de un mundo conflictivo que no regala nada a nadie.
No es aceptable, a esta altura, una dirigencia que señala que la gente «no llega a fin de mes», pero carece por completo de un plan integral para desarrollar las fuerzas productivas, en cuyo centro está indefectiblemente el ser humano. Esa es la principal fuerza productiva, y no equipos y máquinas importados de circunstancia, arribados desde alguna potencia.
Hace pocos meses, el parlamento argentino votó a favor del acuerdo Mercosur-Unión Europea, acuerdo completamente asimétrico que cede grandes beneficios a los europeos a cambio de muy limitadas ventajas para algunos sectores económicos puntuales de América del Sur.
Entre las consecuencias económicas negativas, que ocurrirán en nuestro país según los expertos, es que se perderán las capacidades nacionales para fabricar autopartes. Simplemente se cerrarán las empresas por no poder sostenerse frente a las condiciones creadas por el acuerdo. Se perderán 50.000 puestos directos de trabajo.
El peronismo parlamentario votó dividido este muy mal acuerdo. Se puede observar que hay una dirigencia, supuestamente sensible a los problemas de las mayorías, pero que no asume, o no entiende, que estos problemas guardan estrecha relación con un modelo económico completo, y con los vínculos que establezcamos con la economía mundial.
Hablar de bienestar popular obliga, imprescindiblemente, a pensar en un Estado fuerte y eficiente, en un aparato científico con los recursos suficientes para servir a la economía y a la sociedad, en un sistema educativo dedicado a una formación integral sólida de los niños y jóvenes, en un aparato productivo conducido con el objetivo inamovible de la creación de riqueza y no con las fantasías financieras que conducen a la próxima debacle.
Si no, sólo se están enunciando buenas intenciones, o peor aún, se está engañando a quienes necesitan urgentemente soluciones.

Sin Nación
Pero hay otro tema. Un tema desaparecido de la política, del mundo académico, de los medios, de los círculos intelectuales, que es el gran tema de la Nación.
No es que desconozcamos la incidencia enorme que han tenido las largas décadas de globalización neoliberal, la profunda penetración cultural y mediática, las nuevas tecnologías que comprometen y aplanan la subjetividad, la predominancia de las potencias occidentales en la conformación de un mundo cada vez más homogéneo y dedicado al consumo como meta suprema.
Pero incluso en esas condiciones, muchas sociedades mantienen una visión propia en relación al orden mundial, y unas cuantas son capaces de formular estrategias nacionales para enfrentar los desafíos que constantemente genera el nuevo desorden mundial.
Cada experimento neoliberal que se hace en nuestro país debilita a la Nación en sus capacidades productivas, en su cultura y en su autoconfianza. No podría ser mejor para los intereses que predominan en la globalización, que buscan vaciar de soberanía a las naciones periféricas.
El experimento mileísta, en el que participa buena parte de la elite económica local, los medios de comunicación, las principales embajadas y buena parte del sistema político, además de la Justicia, está haciendo un daño profundo a los habitantes de nuestro país al concentrar la riqueza en una ínfima minoría, y además está tratando de condicionar en forma permanente la capacidad de futuros gobiernos de enmendar este desastre.
El fallo de la Corte Suprema, que vuelve a habilitar la extranjerización completa del territorio, luego de que una gran ola de indignación popular que hizo presión efectiva sobre los políticos del régimen, ataca al futuro de la Nación Argentina, facilitando los mecanismos para que se condicione en forma permanente nuestra soberanía.
Es una nueva muestra de cómo los poderes fácticos -la combinación de una clase propietaria local que quiere vender sus tierras para hacerse de dólares, y un amplio espectro de países y empresas que comprenden el extraordinario valor de las tierras argentinas-, tienen predominancia en el actual sistema institucional argentino por sobre los intereses más básicos de la Nación y sobre lo que opinan las mayorías populares.
No es normal. No es cierto que en todo el mundo sea así.
Al contrario: la noción de soberanía, socavada por las tendencias ideológicas globalizadoras surgidas en los años ´80 del siglo pasado, ha vuelto a estar presente en buena parte del planeta, salvo en regiones muy sometidas, como la periferia latinoamericana.
En esta región los partidarios de la destrucción nacional, los partidarios de un orden neocolonial totalmente satelital, tienen el apoyo de grandes empresarios locales y de las administraciones norteamericanas, interesadas en el control total de los recursos y de los estados latinoamericanos.
El actual gobierno mileísta está llevando al país a una situación inédita de fragilidad y desprotección. Por un lado arrasa con las condiciones materiales de vida, y por el otro intenta destruir nuestra capacidad política de instrumentar soluciones para revertir el arrasamiento que provoca.
Al pueblo argentino no sólo se lo está privando del sustento con una política económica de saqueo, sino que se busca despojarlo de la posibilidad de contar con un Estado Nacional que lo ampare y lo promueva.
Sin pan y sin Nación.
Hasta que tengamos la claridad necesaria para comprender que ambas cosas van juntas.
2 de octubre de 2026.

*Economista y magister en Relaciones Internacionales.

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