
Fútbol, soberanía y la herida de una causa pendiente – Por Iván Ambroggio
14 julio, 2026El pasado, cuando es recordado y rememorado, cumple una formidable función didáctica que podemos encontrar en los legados de Walter Benjamin y Osvaldo Bayer.
Por Angelina Uzín Olleros*
(para la Tecl@ Eñe)
Hace unos años cumplí un sueño cuando visité el Memorial «Pasajes» que Dani Karavan construyó en homenaje al filósofo Walter Benjamin en las cercanías del cementerio de Portbou, donde Benjamin está sepultado. En el cristal que cierra el camino al mar está tallada una de sus frases que dice: «Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre», y recordé en medio de ese silencio y mi emoción por haber llegado hasta ahí, al libro de Osvaldo Bayer «En camino al paraíso» publicado en el año 2009, prologado por Osvaldo Soriano como «El último rebelde» para definir a Bayer y su trayectoria.
Las seis partes que componen este texto reúnen una serie de artículos escritos entre los años que van desde 1985 a 1999, las últimas décadas del siglo XX; esas partes se organizaron con los títulos: «De aquí a la eternidad»; «Ser y tiempo, hoy»; «Lo que fuimos y seguimos siendo»; «Memoria»; «Los hijos del pueblo»; «Los límites de la tierra». Bayer inaugura este libro con una serie de preguntas bajo un concepto olvidado en el lenguaje actual: altruismo. Abre las preguntas «¿Por qué hay seres altruistas en mayorías egoístas? ¿Por qué en momentos en que los países caen en regímenes sin garantías las mayorías prefieren la banalidad del mal, la pérdida de la solidaridad humana, busca explicaciones para justificar ese mal imaginando enemigos exteriores y crucificándolos de acuerdo con la versión oficial? Pero ¿por qué al mismo tiempo existen personas que se avienen a principios éticos …? Una sociedad de quienes son capaces de extender la mano y otros que dan vuelta la cara antes de preguntar qué pasa ante una injusticia».
«Los altruistas» hace referencia a un estudio realizado por Ulrike Freund en la Facultad de Ciencias de la Educación de Berlín sobre todos aquellos que pusieron en riesgo sus vidas para salvar a los que estaban en peligro en Alemania durante el período del horror del nazismo. Bayer no puede evitar pensar una analogía con Argentina durante la dictadura del ‘76 y aquí, desde el principio del libro, aparecen estos personajes anónimos de los que nadie habla. Narra en primera persona lo que le tocó vivir: «Sufrí en carne propia aquello de estar ‘en una lista’. Se decía que al general Sánchez de Bustamante no le había gustado mi investigación histórica sobre la Patagonia o que a los oficiales jóvenes les había caído mal La Patagonia rebelde (…) mientras los actuales dueños del país iniciaban su loca acumulación de riquezas de la mano de Martínez de Hoz, los ‘enemigos de la identidad occidental y cristiana’ teníamos menos seguridades que un insecto. Pero enfrente de los uniformados Camps, Suárez Mason y Bussi había seres humanos como Domingo Martínez…».
Don Domingo Martínez, un obrero panadero de origen español, socialista, fue de aquellos legendarios panaderos que lograron a través de FORA (Federación Obrera Regional Argentina) las leyes obreras a fuerza de una lucha sin pausa desde una honestidad a toda prueba. Martínez le ofreció refugio a Bayer en una quinta de hortalizas en las afueras de Quilmes. En aquel lugar estaría seguro, tendría para dormir, comer y además había libros suficientes para leer en aquel período de clandestinidad. Le recomendó especialmente el libro de Eliseo Reclus sobre libertad y cultura ecologista. En febrero de 1995 Bayer lo visitó, Martínez estaba ciego y había cumplido 90 años. «Pensé que nunca vencerán definitivamente ni el gatillo fácil ni la picana ni la corrupción mientras haya brazos extendidos y manos abiertas de los altruistas como Domingo Martínez», dice Bayer al finalizar este primer escrito.
El pasado fue, pero está presente en líneas de continuidad, en repertorios que se repiten, en propuestas que se reiteran una y otra vez. El pasado, cuando es recordado y rememorado, cumple una formidable función didáctica; enseñar y señalar que estamos frente a un peligro que no ha quedado atrás, que no ha sido superado, que incluso ha crecido y se alimenta de la ignorancia, del descuido, de la comodidad y muchas veces de la cobardía. En otro capítulo del libro se reproduce una conferencia de Bayer en la UBA en 1996 en la que propone la necesidad de una ética mundial basada en un sistema solidario regulado por el consenso para motorizar la lucha por la igualdad y la libertad: «Hace tiempo ya que todo el globo –con poquísimas excepciones– aplica las mismas leyes económicas del liberalismo. El Banco Mundial lo ha calificado como ‘un proceso de integración de todo el mundo’. Pero en el análisis de lo positivo o lo negativo del proceso de globalización, las opiniones están cada vez más encontradas. Sí, sin ninguna duda la globalización hace crecer el tamaño de la torta en el mundo entero. Pero ¿a quiénes alimenta esa torta en trozos cada vez más grandes mientras la mayoría tiene que inclinarse cada vez más para recoger las migajas o los más pobres ver el espectáculo desde la ventana? Esa es la pregunta moral que tienen que hacerse los políticos si no quieren empezar a escuchar los ruidos de vidrios rotos de los que tiran piedras».
Todo el recorrido y atenta lectura del legado de Osvaldo Bayer nos muestra su empecinamiento por mostrar lo que el olvido oculta, con los sinsabores de los caminos de las verdades históricas; podemos percibir su ternura, su deseo de seguir creyendo en los seres humanos a pesar de las atrocidades cometidas. El último escrito es el que da título a todo el libro, es la «Llegada al paraíso» donde Bayer imagina cuando su cuerpo deje de existir y comience el derrotero de su alma; imagina que podrá abrazar a Rodolfo Walsh y a Agustín Tosco, el reencuentro con su padre y su hermano Franz, su mujer lo estará esperando con una torta de manzanas, bailará con su hija y jugará ajedrez con sus hijos. Ese paraíso de Bayer está habitado por la poesía de Hölderlin y “La bella molinera” de Schubert sonará muy cerca de su patio, también estarán las Madres de Plaza de Mayo en su abrazo definitivo a los Hijos. No dudo que Osvaldo Bayer está en su paraíso tal como lo pensó y lo soñó, esperando con Walter Bejamin que llegue al fin el paraíso a la tierra de los vivos en la que aún «ni los muertos están a salvo».
16 de julio de 2026.
Dra. Ciencias SocialesCoordinadora Académica Maestría en Género y Derechos UNGS/UADER.

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