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9 julio, 2026Gilles Deleuze publicaba hace 54 años «Tres problemas de grupo», texto que tras varias décadas recobra, de pronto, una actualidad insospechada si lo conectamos, en nuestro contexto, con procesos de distinto orden que aparecen hoy día, aquí y allá, difundiendo amargas frustraciones.
Por Diego Sztulwark*
(para La Tecl@ Eñe)
Hace 54 años Gilles Deleuze publicaba «Tres problemas de grupo», texto introductorio a un libro que compila textos de Félix Guattari previos a la ruptura con Lacan, que en Argentina salió de imprenta con el título «Psicoanálisis y transversalidad», nada menos que en abril de 1976 (Edición SXXI; traducción de Fernando Hugo Azcura y revisión técnica a cargo de Oscar Del Barco). El prefacio en cuestión se interesa en particular por la frase guattariniana: «todos somos grupúsculos». Deleuze encuentra ahí la marcación de una senda en busca de aquello que en 1972 (fecha en la que, dicho sea de paso, se edita también en francés «El Antiedipo») aún podía entenderse en un sentido emancipador y grupal: una «nueva subjetividad». Lo colectivo visto desde la perspectiva de una «subjetividad de grupo» – para Guattari – no debe ser jamás llevado a reconstruir una suerte de «yo» ampliado, ni muchos menos hacia un «Super-yo». Todos somos grupúsculos es, en primer lugar, una indicación sobre el carácter divisible, múltiple y revocable de lo grupal. Pero también un rasgo real de lo individual. Lo que no quiere decir sino que la “verdad” del grupo guattariniano es, pues, el coraje de confrontarse con «sus posibilidades de sinsentido».
Son tres los «problemas de grupo» que Deleuze enumera: el primero pasa por comprender que no hay flujos políticos, económicos o técnicos sobre el campo social que puedan ser pensados como meramente objetivos, sino que todos ellos resultan investidos de un modo u otro por la libido – deseo sexual –, y, por tanto, son – desde el vamos – enteramente subjetivos. Razón por la cual los grupos cuentan – si lo advierten, si lo desean – con la posibilidad de provocar una «ruptura» en la lógica objetiva de las cosas introduciendo su subjetividad «deseante» como otras tantas singularidades creadoras. Dicho de otro modo: la linealidad causal de interés puede ser rota, torcida, desviada y sustituida por devenires, singularidades inesperadas. De allí la importancia de prestar atención a «personajes» que asumen las preguntas fundamentales de una sociedad (incluidas, muy especialmente, las relativas a la lucha de clases de su tiempo). El segundo problema se refiere a la relación con la teoría política que emerge luego de la Revolución de Octubre. El «corte leninista» (expresión de Guattari) puso en continuidad una «máquina de guerra» (promotora de instituciones fuertes como los soviets) con un Estado Socialista que, a su turno, no hizo sino expresar (introyectar) exigencias de la economía mundial y de la guerra armamentística en el espacio nacional. Dicha estatalidad revolucionaria, en aquellas condiciones, reprodujo los modos de la segmentación burguesa del mundo del trabajo al separar una vanguardia, una masa proletaria sometida a norma productiva, y un resto de subproletario. No es que la burocracia degenera a la revolución, sino que el sometimiento de la máquina de guerra al Estado esteriliza las instituciones socialistas. En nombre de la «defensa» se neutraliza la máquina de guerra (y la burocracia dramatiza la debilidad del conjunto). El tercer problema es el de la distinción (en el fondo sartreana) entre grupo sujeto – capaz de sostener el sinsentido – y el grupo sometido, que engendra verticalidades y centralismos artificiosos para protegerse de dicho sinsentido. Pero la cuestión que se plantea aquí no es meramente la de su discriminación (que jamás es definitiva), sino más bien la de una función analítica interna a los grupos, apta para mantener viva la siguiente cuestión, absolutamente esencial: «¿cómo un grupo puede ser portador de su propio deseo, ponerlo en conexión con los deseos de otros grupos y con los deseos de las masas?, ¿cómo puede producir los enunciados creadores correspondientes y constituir las condiciones, no de su unificación, sino de una multiplicación propicia a los enunciados de ruptura?».
El comentario de Deleuze sobre Guattari está inmerso en la atmósfera militante y contracultural del 68, y quizá por eso – en nombre de esa grandeza – llega a proponer un criterio sorprendente sobre el funcionamiento a la vez múltiple y centralizado de la acción revolucionaria, que permite superar criterios binarios (estériles) del tipo organización/espontaneidad, o centralización/descentralización. La máquina de guerra se torna efectiva sólo cuando se centraliza (y unifica) mediante una comunicación transversal. Siempre más centralización, siempre más multiplicidad: «la unificación
debe realizarse mediante el análisis, debe desempeñar el papel de analizador con respecto al deseo de grupo y de masas, y no el de una síntesis que proceda por racionalización, totalización, exclusión». La organización unificada y transversal, así planteada, se propone «sacar a la luz los agentes colectivos de enunciación capaces de formar los nuevos enunciados de deseo; no constituir una vanguardia, sino grupos adyacentes a los procesos sociales, dedicados únicamente a hacer avanzar una cierta verdad por caminos que jamás seguiría ordinariamente». Estas adyacencias, que evoca prácticas de investigación militante no ganadas por la paranoia, supone la creación de membranas permeables y comunicantes entre prácticas de diverso tenor. Estas son algunas de las reflexiones que se disparan, brevemente, de la lectura de un texto ya antiguo, publicado en el país hace cincuenta años (en las postrimerías del golpe) y que tras varias décadas dando vueltas – la más de las veces capturada por jergas herméticas – recobra, de pronto, una actualidad insospechada si lo conectamos, en nuestro contexto, con procesos de distinto orden que aparecen hoy día, aquí y allá, difundiendo amargas frustraciones. De hecho, el texto en cuestión adquiere aún mayor relevancia cuando se lo lee con la intención explícita – con la que fue escrito – de contrarrestar tristezas políticas sin vender falsas esperanzas. Hay una frase más de Guattari que Deleuze nos propone y que podría sernos ciertamente útil ni bien la incluimos en nuestro contexto: «La autocrítica tienen que hacerla siempre la teoría y la organización, nunca el deseo».
Jueves, 9 de julio de 2026.
*Investigador y escritor. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política.

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