
El precio del cálculo – Por Alberto Nadra
5 julio, 2026Arendt escribió sobre la crisis de la educación a fines de los ’50. Según el autor, vale la pena leerla si es que queremos salir de una crisis que cada vez es más profunda.
Por Hernán Sassi*
(para La Tecl@ Eñe)
La educación es el lugar en el que decidimos si amamos al mundo lo bastante como para asumir su responsabilidad y, por la misma razón, salvarlo de la ruina.
“La crisis de la educación” (1959) Hannah Arendt.
«La Arendt», como la llamo a modo de agrupación – disidente de la fundación erigida sin su consentimiento y con su nombre por la otrora guardiana de la fe cívica Lilita Carrió –, ha sido la tía mala onda de esa gran familia que fue Occidente. En plena cúspide de la remontada tras la posguerra, al filo de los sesentas, se animó a aguar la fiesta.
Europea de origen judío, en su huída del nazismo Arendt se exilió en EE.UU., donde un puñado de renegados de la tierra que los vio nacer habían pasado la escoba a apaches, cheyennes, miamis y sioux para asentar la promisoria democracia moderna que sirvió de modelo a tantas naciones, entre otras, a Argentina. Como Adorno, otro exiliado alemán, Arendt advirtió que en el siglo XX esa democracia tenía más de un flanco débil, uno de ellos, la educación.
En «La crisis de la educación» Arendt cuenta que, en Inglaterra, al finalizar la escuela primaria, hay un «temible examen» que aprueba, con suerte, el 10% de los niños de once años que tuvieron el valor de rendirlo. Según la autora, con este ritual la oligarquía de nacimiento o de riqueza –con nuevo nombre («oligarquía del talento«) y fachada de amplitud (la «meritocracia«)– mantenía sus privilegios e impedía el ascenso social de las mayorías.
Arendt ve que la división entre «dotados y no dotados» es inadmisible en Estados Unidos, una democracia regida por el “principio de igualdad”, principio que agudiza la crisis educativa que ella advierte, porque “borra las diferencias entre jóvenes y viejos, entre dotados y no dotados, y por fin, entre niños y adultos, especialmente, entre alumnos y maestros”. Para esta autora, «semejante igualación sólo se podría cumplir a costa de la autoridad del maestro y a expensa de los más dotados entre los estudiantes«.
La autora destaca la pérdida de autoridad docente y la meritocracia, que sólo se han acentuado con el correr del tiempo aquí y acullá. Estas no son las únicas rimas que sirven para pensar la crisis de la educación de un tiempo a esta parte en nuestro país.
A Arendt le preocupa la aceptación «acrítica y servil» de teorías pedagógicas que no las asiste ni siquiera el sentido común, las más de las veces, el menos común de los sentidos. Según ella, se tomaron «medidas desastrosas» basadas en «tres supuestos básicos«.
El primero es que «existe una sociedad formada por muchachos que son autónomos y se les debe dejar gobernarse en la medida de lo posible«. Arendt considera que, bajo esa creencia, el adulto hace a un lado su obligación de tutelaje y cumple más bien el rol de «facilitador». A derecha e izquierda, no otra dignidad se nos asigna a los docentes desde hace décadas. Es penoso facilitar algo como la educación, que siempre supuso un camino arduo, y por arduo, valedero. Y lo que es peor, esta concepción atenta contra la justicia social porque redunda, como advierte Arendt, en beneficio «de los más dotados«.
Arendt nota que los adultos nos desentendemos de hijos y estudiantes con la excusa de que es mejor que sean autónomos. Enfática afirma: «Es como si cada día los padres dijesen a sus hijos: somos inocentes, respecto de su suerte, nos lavamos las manos«. Por esos años Salinger, en «El guardián en el centeno» (1951), lo advierte también. El carácter depresivo del protagonista, en buena medida, se debe a la ausencia de modelos adultos. Lo que siente el personaje que interpreta James Dean en Rebelde sin causa (1956) no es muy distinto. Como se ve, la desaprensión para con las generaciones que nos sucederán no es nueva.
El segundo supuesto es aquel según el cual «la pedagogía ha evolucionado hacia una ciencia de la enseñanza en general, de tal manera que se ha liberado por completo de las materias que en realidad se vayan a enseñar«. Arendt ve que la formación docente ha descuidado los saberes disciplinares a punto tal que el docente sabe «poco más que sus alumnos«. No hay mejor modo de perder la autoridad en la materia que uno dicta, concluye. «No debemos dejar exclusivamente en manos de una ciencia especializada –la pedagogía– la relación entre adultos y niños«, insiste. Arendt pide demasiado. Llevarle el apunte obligaba a reformular el paradigma en el que se empezaban a asentar prácticas y diseños curriculares que ella pedía –en este artículo explícitamente– se cambiaran radicalmente y con premura. Desde entonces, los especialistas en educación se hicieron cargo de esa cartera y eso es parte del problema.
La escena que plantea no es distinta a la de estas décadas en las que en los profesorados, incluso universitarios, las materias didácticas, que apuntan a cómo educar, han desplazado a las que brindan a los futuros docentes los contenidos disciplinares a enseñar. Atrás quedó el ideal enciclopédico y también el saber disciplinar; así las cosas es lógico que hoy día un docente sepa «poco más que sus alumnos«. Se entiende entonces por qué los estudiantes pueden suplir a un docente por un Youtuber y una inteligencia artificial.
Por último, el tercer supuesto, en que repara es «una teoría moderna acerca del aprendizaje«. Sostiene que a fines de los 50 para los pedagogos es más importante hacer que aprender y jugar que trabajar. Arendt confirma que el aprendizaje apunta ahora a destrezas antes que a saberes en un marco en el que «se concedió especial importancia a borrar en lo posible la distinción entre trabajo y juego a favor de éste«. Como se ve, desde mucho antes de la aparición del celular, la educación debe ser menos trabajosa que entretenida y vale mucho más saber programar (menos ahora, que lo puede hacer una máquina) que haber aprendido a leer y escribir decentemente o dar cuenta de procesos históricos complejos.
La preocupación por el «bienestar del niño» ofusca a Arendt. Y no le falta razón. Para Arendt, al niño, antes que entretenerlo y menos consentirlo, hay que educarlo. Al respecto, Arendt afirma que: «La crisis de la autoridad en la educación va muy estrechamente ligada a la crisis de la tradición, es decir, a la crisis que hay en nuestra actitud hacia el pasado«. Ella ve que padres y madres ya no son un modelo para hijos e hijas como lo habían sido para los niños de otrora. Citando a Polibio, dice que educar era, en un pasado que a ella le parece remotísimo, «hacerte ver que eras completamente digno de tus antepasados«, algo difícil cuando en casa no hay quién te haga saber que estás en deuda con algún antepasado, y cuando en una cultura atada a la última novedad y el nuevo meme, ya no hay pasado.
«La educación no puede renunciar ni a la autoridad ni a la tradición, y sin embargo, debe actuar en un mundo que ni está estructurado por la autoridad ni sostenido por la tradición«, dice. Cayeron los adultos como pilar de autoridad y el vínculo con el pasado está roto porque el mundo ya no se presenta como un todo, y menos, una consecuencia de lo hecho y de un proyecto a futuro. El escenario que plantea es exactamente en el que estamos en la postmodernidad. Salvo que en plena Modernidad, que es cuando Arendt escribe, este hecho se vive con angustia y hoy no parece preocuparle a nadie.
En “La crisis de la educación» Arendt afirmó: «No se puede educar sin enseñar al mismo tiempo; una educación sin aprendizaje está vacía y, por tanto degenera con facilidad en retórica moral o emocional. Pero sí se puede fácilmente enseñar sin educar, y podemos seguir aprendiendo hasta el fin de nuestros días sin que por esta razón estemos siendo educados«. ¿Cómo no estar de acuerdo cuando lo que se entiende por educación hoy no ha devenido sino en “retórica moral o emocional”?
Como su maestro Heidegger, Arendt cree que ante una crisis hay que “volver a las preguntas mismas”. Aguafiestas con temple zen como él, esta tía mala onda imploraba que algún día pensemos por qué y para qué educar, lo cual impone redefinir, según se desprende de su artículo, qué entendemos por igualdad y autoridad, y cuánto peso en lo que hacemos tiene la tradición, con la que deberíamos volver a estar en deuda. Algún día pondremos manos a la obra. Cuando sea, vamos a “salvar [al mundo] de la ruina”.[1]
[1] El texto es parte del próximo libro del autor, «Pasar el fuego. Educar en el Apocalipsis zombie».
Domingo, 5 de julio de 2026.
*Profesor y Dr. en Letras, y Mag. en Comunición y Cultura, es docente en profesorados del Conurbano, ensayista y crítico de cine. Publicó Hoteles. Estudio crítico (2007), Cambiemos o la banalidad del bien (2019), La invención de la literatura. Una historia del cine (2021). Estuvo a cargo de El Nuevo Cine murió (2021) y prologó Escritos corsarios de P. P. Pasolini (2022). Su último libro esditado es «P3RRON3. El Corsario».

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