
Nado sincronizado o hundimiento asincrónico – Por Rafael Bielsa
29 junio, 2026El mundo parece haberse vuelto más pequeño, menos humano, y el botón de un bombardero es para muchos una extensión lógica de la fe.
Por José Luis Lanao*
(para La Tecl@ Eñe)
Observe la foto. Hay algo de subversiva en ella. Varias manos tocan con suavidad el cuerpo del sumo «sacerdote». Un grupo de pastores evangélicos le piden a Dios que proteja a Trump, y que lo ilumine para que bombardee bien, secuestre bien y propague bien el sufrimiento ajeno. Demasiadas personas, demasiadas cabezas, demasiadas neuronas, demasiadas manos para la búsqueda de un fin tan miserable. Como rebaño místico se mantienen todos juntitos, pero alejados de los cuerpos desgarrados por la metralla. Rezan para matar con fe, con educación, con traje azul y corbata.
El botón de un bombardero es para muchos una extensión lógica de la fe. La oración se especializa en asesinar con un rosario en la mano. Nos preguntamos qué pensarán en el cielo los ángeles, arcángeles, querubines, potestades, tronos y serafines de la jerarquía celestial reunidos en torno a Dios. Observamos el rito con estupor, y sentimos un desplazamiento espiritual que nos asoma a una de las formas contemporáneas del espanto. Nunca es tan devastadora la crueldad como cuando se vuelve innecesaria.
La imagen es de una brutalidad desmesurada, y el problema no es sólo que el «pontífice» sea inmoral, sino que el iluminado haya construido un espacio político donde la inmoralidad no es un obstáculo, sino un activo. ¿Acaso hay personas que sienten placer por la desgracia o el sufrimiento ajeno? Abundan. Se las ve cada día en el colectivo, en el subte, en la Casa Rosada, en los restaurantes, en los mercados. Un mundo en blanco y negro que fabrica identidades por amputación, bajo la fuerza civilizadora de la violencia y la deshumanización del otro. Eso sí, siempre, con la palabra «libertad» en la boca. Pero la libertad es un concepto. Tenemos entre manos, por tanto, un concepto esencial. Que, a diferencia de otros, como la belleza o la felicidad, sólo existe como resultado de una transacción. La libertad nunca es completa. En ocasiones, la libertad del individuo, la responsabilidad del individuo y el «hacer» colectivo del individuo, colisionan. En realidad, estas fuerzas ultraliberales cuando hablan de libertad hablan de libertad económica, desregularizada, alejada del control del Estado y de los derechos colectivos. Se recurre a la «libertad» a falta de otro argumento que contenga un mínimo de racionalidad. Es un concepto totémico asociado a nuestra identidad en tanto que, precisamente, políticos libertarios parasitan y cuya auténtica dimensión ignoran. La cuestión trasciende lo jurídico-moral y dice mucho sobre la naturaleza de la sociedad en la que vivimos: por un lado, esa tendencia a medirlo todo a partir de la discreción individual y la libertad del sujeto puesta por delante de los requerimientos de la solidaridad colectiva.
De repente el mundo parece haberse vuelto más pequeño, menos humano. Se ha sustituido el sentido de pertenencia por el individualismo exacerbado; y la interpretación, el disimulo, el engaño y la impostura como nuevo equipaje del narcisismo militarista.
En esta sumisión colectiva reside hoy el núcleo de la modernidad. La manipulación de la realidad implica la cada vez más recurrida programación de la ignorancia y la perversión de la verdad. Hemos entrado en modo «hobbesiano». Y, como suele ocurrir, cuando vuelve Hobbes, Kant se eclipsa. El apremio civilizador de los grandes principios que declarábamos con carácter universal cede ante los datos de la realidad. Ese Kant indomable que todos llevamos dentro ha desaparecido.
Una forma de capitalismo extremo, sin precedentes, se ha abierto paso a codazos para entrar en la historia. Se dedica a construir enemigos donde no los había, y a convertir ciudadanos en una amenaza clara y presente para otros. Ha sembrado el mundo de minas antipersonales de la sospecha.
En estos tiempos sombríos, tan desolados y oscuros, resulta imprescindible ponerse en la piel del otro, en el lugar de otros sufrientes, asumiendo su dolor como nuestro. Participar expresamente en desactivar el sufrimiento ajeno, y mirar la realidad con los ojos de las víctimas. Es principio de humanidad, y de imperativo ético, acompañar a quienes son víctimas de la irracionalidad del sistema y de sus formas de dominación, opresión, explotación y sometimiento.
En este mundo de usar y tirar, donde gobiernan los «holligans» del mercado, nos invade una especie de orfandad ante el porvenir. Pero, aun así, complace imaginar que la vida ha tenido mucho de sueño, y se mantiene mientras se desea.
Martes, 30 de junio de 2026.

*Periodista. Colaborador de Página 12 y “Las Mañanas de Víctor Hugo Morales”. Ex Jugador de Vélez Sarsfield, clubs de España, y Campeón Mundial Juvenil Tokio 1979

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