
Barrer y limpiar: La lógica del terror estatal – Por Miguel Gaya
11 agosto, 2026Carlos Raimundi sostiene que los agentes del capital financiero-digital trasnacional, con su permanente llamado al individualismo, han lastimado el concepto de Pueblo. El desafío, afirma Raimundi, es forjar entre Pueblo y Estado una coalición invencible.
Por Carlos Raimundi*
(para La Tecl@ Eñe)
El malestar general no es sólo una consecuencia del modelo neoliberal en el plano económico, sino que, combinado con otras como la fragmentación social y el individualismo, se convierte en una de sus técnicas.
Cuando el medioambiente propicio para el modelo de explotación, acumulación y saqueo es el individualismo prolongado en el tiempo, se pierde interés por la acción colectiva. El malestar causado por el descenso económico y la angustia o la desesperación por la subsistencia no indefectiblemente enaltece la conducta de quien lo padece, sino que también puede envilecerla. Así, comienza a percibir a su congénere como un competidor antes que como un compañero de batalla junto a quien encontrar una salida común. Lo ve como el causante de su exclusión, no como un camarada para emprender juntos el camino de la reparación.
El malestar acorta los plazos de la tolerancia. Y cuando se replica entre un grupo cada vez mayor de integrantes de una comunidad, ésta se destruye. Cada persona o grupo prioriza su propia situación, y si nota que el otro no le otorga a «su» situación la misma prioridad, lo intima, lo ataca.
La angustia personal, el cortoplacismo, el retraimiento de la acción colectiva que genera este tipo de malestar premeditado por el modelo, termina por ser una herramienta más propicia para su propia reproducción que para la búsqueda de una superación en conjunto. Por eso, además de ser una de sus consecuencias lógicas desde el punto de vista del deterioro de la economía personal o familiar, es una técnica para el ensanchamiento del movimiento libertario.
Esto va en línea con el papel de algunos credos evangélicos en el ciclo de reproducción del individualismo. El sistema «crea la noción del mal o de sufrimiento» y al mismo tiempo la técnica de salida, esto es, la apelación al misticismo, a la salvación mesiánica, sin preguntarnos por las causas estructuralmente políticas de tal situación.
Serviría mucho para profundizar sobre estos comportamientos, la revisión de textos como «En la frontera, sujeto y capitalismo» o «Capitalismo, crimen perfecto o emancipación», de Jorge Alemán; «En el enjambre» de Byung-Chul Han; «Aporofobia» de Adela Cortina, o «Diferencia y trasversalidad en la religiosidad de los sectores populares», de Pablo Semán. O acudir a las exposiciones del exsenador chileno Guido Girardi o de Álvaro García Linera en el Congreso de Filosofía de la Universidad Nacional de Lanús.
Con esta tendencia sostenida a la fragmentación social y su permanente llamado al individualismo, los agentes del capital financiero-digital trasnacional han lastimado el concepto de Pueblo. Solamente se lo utiliza, transformado en masa amorfa, como campo de aplicación de sus técnicas de dominación a través de las tecnologías digitales y los algoritmos en los diversos aspectos que abarca la big-data a nivel global. El pueblo se convierte así, en sí mismo, en la nueva mercancía de la cual el capital financiero se propone obtener sus mayores rendimientos económicos, además del control cada vez más sofisticado de la subjetividad. La plusvalía no proviene ya sólo de la explotación del trabajo asalariado organizado, sino que además explota las preferencias y los deseos más profundos de cada uno de los integrantes del pueblo.
Una vez detectado el sujeto colectivo hacia el cual dirige su propuesta, aplica sus técnicas de fragmentación al interior del mismo. Quirúrgicamente teledirigidas hacia la aparente satisfacción de los deseos de cada consumidor, previamente digitados por el algoritmo central.
Será imposible eludir semejante manipulación ideológica y económica desde la suma de individuos –que, de ese modo, tomados de a uno, dejan de ser sujetos para pasar a ser meros instrumentos del sistema dominante. La alternativa a esta dispersión de conductas individuales o tribales es la reconstrucción de la subjetividad colectiva llamada Pueblo. Esto es, pasar de la masa como mercancía al Pueblo, masa más conciencia, organización y praxis.
La historia es rica en ejemplos de desobediencia colectiva frente a los abusos de poder y la concentración de las grandes cadenas de comercialización o de medios, o de los grandes proveedores de servicios. El enorme capital de estos monopolios no tiene otra fuente que los pagos que realiza cada uno de los consumidores. No hay posibilidad para una salida individual exitosa, sino la reconstrucción de la idea de Pueblo como sujeto de movilización y lucha.
Hasta tanto no se recupere la administración del Estado en beneficio de las mayorías más vulneradas, este tipo de desobediencia es un camino posible para la transformación de la realidad. Cuando el dispositivo estatal es ocupado por los mismos grupos de poder que controlan a su gusto los mercados, es decir, renuncia a su papel de interpelante de esos poderes fácticos en nombre del Pueblo y éste no cuenta con la herramienta del Estado como factor equilibrador, el Pueblo se ve compelido a desarrollar su proceso de acumulación social en cierto desamparo.
Cuando desde el Estado se gobierna para las corporaciones, el Pueblo se rebela contra el sistema. Pero cuando el Pueblo recupera su representación en el Estado, se produce el acopio virtuoso de fuerza social, política y económica a favor de las mayorías populares. El desafío es forjar entre Pueblo y Estado una coalición invencible.
11 de agosto de 2026.

*Abogado y docente, exdiputado nacional y del Mercosur, y último embajador en la OEA.

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