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(para La Tecl@ Eñe)
Esté tranquilo, que esto no va con usted. Este colchón no es el suyo. Se llevan el colchón de un invisible. Un colchón viejo, manchado y deformado por el peso y la pena de un cuerpo ausente. La imagen duele, porque reconocemos en ese colchón una versión extrema y desprotegida de todos los colchones sobre los que la humanidad descansa.
Debajo de este puente había una porción de mundo, un microcosmos. Un colchón, una manta, unas bolsas, una botella de agua, un cepillo de dientes, un periódico antiguo. Cosas de las que se nutre la identidad. Pienso en la persona que dormía allí, en su manera de existir, en la costumbre de acostarse cada noche bajo el hormigón, intentando estar a salvo de los otros. Veo, al mismo tiempo la huella de quien lo habitó. Sólo hay que ejercitar la mirada para verlo. En el modo en que habría aprendido a reconocer los sonidos, las vibraciones del tráfico, la temperatura del amanecer. ¿Cuánto tiempo tardará otro cuerpo en habitar el espacio? Poco. Y los operarios volverán a llevarse el colchón, una vez y otra vez, miles de veces, tantas como cuerpos desechados deambulan por la ciudad. En esa frontera incierta, en la que resulta imposible distinguir dónde termina lo que se quiere esconder y dónde comienza la realidad.
Cuesta, por tanto, contemplar la imagen, como si se tratara de una escena de tránsito. Como si el fotógrafo hubiera llegado justo a tiempo para registrar cómo el objeto abandona el mundo para instalarse en una escombrera, donde los árboles pierden las hojas y donde el tiempo, incapaz de ir más allá, se detiene bajo el asfalto. El vacío es el resultado; y como todo vacío, no se puede mirar sin un poco de vértigo.
Del amasado se percibe la pobreza, que no desaparece. En todo caso, se lleva de un lado a otro. Se la esconde a sabiendas que volverá a aparecer. Los obreros desmantelan el “chiringuito” como desmantelan una vida en situación de abandono. Se llevan la “alcoba” de un vecino molesto, que no paga puntualmente los recibos. No resulta fácil de ver porque en toda la escena asoma el hambre. Es lo que le pasa al lugar, que tiene hambre.
Resulta fundamental proteger a quien prepara unas lentejas bajo el tráfico intenso.
Lo que se viste de realismo es, en realidad, la pérdida de justicia: la capacidad de ver los hechos rindiéndose ante ellos, de entender el mundo confundiéndolo con el único mundo posible. A quienes hoy cierran los ojos, movidos por la indiferencia, les vendría bien recordar que la normalización de la injusticia es siempre performativa. Lo que toleramos por conveniencia acaba siendo un precedente que se asienta como práctica legitima. Cada silencio o gesto de indulgencia, cada crítica aplazada, contribuye al reforzamiento del sistema. Un poder sin máscaras sólo necesita, para expandirse, que los demás sigamos fingiendo que no ocurre lo que todos, sin excepción, sabemos que ocurre. Hablamos precisamente de los costes de perder de vista esa perspectiva al sustituirla por un modo de mirar el mundo que anula el rechazo crítico a la injusticia social. Estamos tan acostumbrados a ella.
No hemos tomado conciencia de todo lo absurdo de este mundo, y en la burbuja de “pasotismo” en la que estamos inmersos no sabemos achicar el infierno. A su tiempo, cada uno será nada más que el recuerdo que dejemos en el otro. Hay gente que en el lecho de muerte se arrepiente de toda su existencia. De toda, sin excepción; de todo lo que equivale a haber vivido una vida ajena, incluso sin saber cómo habría sido la propia.
Hemos descubierto que nuestro lugar en el mundo es un colchón. Ese espacio de sombras y deseos, de sueños y tempestades, que nos hace descansar de lo que somos y de lo que en verdad hubiéramos querido ser.
9 de septiembre de 2026.

*Periodista. Colaborador de Página/12 y “Las Mañanas de Víctor Hugo Morales”. Ex Jugador de Vélez Sarsfield, clubs de España, y Campeón Mundial Juvenil Tokio 1979.

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