

El fascismo está de moda y quienes hoy cierran los ojos deberían recordar que su normalización es siempre performativa. No es que el fascismo tenga poder y por eso se normaliza, es la validación de su impunidad lo que agranda su poder.
Por José Luis Lanao*
(para La Tecl@ Eñe)
La historia del fascismo es también la de su banalización, ya sea por el abuso de su semántica o porque disfruta del extraño privilegio de no ser tomado en serio. Hay quien piensa que definir de fascistas a los nuevos partidos es ironizar sobre el regreso del brazo en alto o el marcado paso de la oca. Esta irrupción autoritaria no es fascismo, dicen: es una máscara, una metamorfosis del fascismo y cómo tal contiene algunos rasgos del fascismo. En todo caso, es más peligroso que el anterior porque todavía no hemos encontrado su antídoto.
Las palabras en política importan. No hay que tenerles miedo a las palabras, en todo caso a los hechos. George Orwell, con fina ironía, dejó sin responder la pregunta de qué es el fascismo, para suscitar una nueva: ¿Por qué esa incapacidad de definir el uso del término? Acaso, apunta sibilinamente, “porque habría que admitir cosas que ni los propios fascistas ni los conservadores estarían dispuestos a reconocer”. El novelista nacido en la India se limitó a recomendar, a modo de moral provisoria, cierta dosis de circunspección en el trato con la palabra. Por su parte, Umberto Eco, reconoció que la palabra tenía carácter de sinécdoque; que era un término borroso, un enjambre de contradicciones, y esto desde su primerísima figura histórica: el fascismo italiano. Sin embargo, en referencia implícita a los juegos del lenguaje, Eco constató que “el juego fascista puede jugarse de formas distintas”, y la borrosidad del significado es el elemento propicio de una versatilidad eminentemente pragmática. Es justo su endeblez conceptual lo que le confiere eficacia política al nombre. En esta tesitura de la palabra hizo Eco pie para proponer la noción “de fascismo originario”. Su estrategia consistió en identificar un conjunto no consistente de 14 referencias, de manera que la sola presencia de una de ellas sea suficiente para hacer coagular a su alrededor la noción entera. Algunos de estos rasgos son consabidos (culto a la tradición, explotación del miedo a la diferencia, apelación a una clase media frustrada, nacionalismo o nativismo, populismo selectivo), y “un vocabulario empobrecido y una sintaxis elemental, a fin de limitar los instrumentos del razonamiento complejo y crítico”. En su proteica inestabilidad, estos atributos dan cuerpo a una manera de pensar y de sentir muy definida. La cultura de la “ultra-nación”, o sea, de la renovación de un pasado nacional mitificado y transfigurado en destino colectivo, a partir del modo en que los propios fascistas entienden su misión política. De ahí su frontal batalla contra la inmigración y las minorías diferenciales. Señuelos que subyacen como deseos hacia el odio racista, xenófobo, sexista, homófobo, islamófobo, etcétera, fomentados en alianzas con grupos religiosos integristas que desembocan en prácticas violentas y delitos de odio. Un fascismo “cuqui” y moderno, que sin despegarse del “dios, patria y suelo” se nutre, además, del neoliberalismo más hambriento con el objetivo de dinamitar lo público, lo común, lo de todos. Un fascismo sin fascistas entregados a la “grandeur” del individualismo como metástasis de lo colectivo, la muerte de lo grupal y la defensa de “la sociedad soy yo”, que nos deja en manos de un capitalismo de mercado sin referencias en lo social.
El fascismo está de moda. Quienes hoy cierran los ojos deberían recordar que su normalización es siempre performativa. No es que el fascismo tenga poder y por eso se normaliza, es que validar su impunidad es lo que agranda su poder.Cada silencio o gesto de indulgencia, cada crítica aplazada contribuye a ampliar su margen de maniobra, imponiendo un precedente y asentándose como práctica legítima. Y ahí reside el peligro real: no en aplicar la arbitrariedad, sino en que, una vez aceptada, ya está disponible para cualquier situación. Los gestos se vuelven modelos de aceptación, y no parecen imposiciones sino consecuencias lógicas de principios incuestionables.Es cuando el poder se vuelve “natural”. Fabrica consenso mediante el miedo anticipatorio. Es un poder prepotente que no gobierna: irrumpe. No administra: impone. Un poder que existe para sí mismo y que necesita algo contra lo que existir: enemigos fuera para unificar y amigos dentro para disciplinar. Un poder sin máscaras que necesita, para expandirse, que los demás sigamos fingiendo que no ocurre lo que todos, sin excepción, sabemos que ocurre. Sustituye la realidad por la narración. Utiliza el relato para robarnos el mundo tal y como lo conocemos. Y le funciona. La pregunta es ¿qué significa funcionar? Funcionar es captar la atención y dejar de prestar atención a lo real. Desvestir a las personas de la información adecuada para convertirlas en una masa hacinada y maleable que no altere conciencias. Le importa poco que el relato esté en contradicción con la realidad, solo quiere ocupar el espacio, los medios, las mentes, sin pretender ser real sino ocupar la realidad, que es otra cosa.
Hay algo excesivo que fatiga en la realidad de hoy. Esa crueldad en la retórica del hombre poderoso, acompañado del hombre de a pie. Como si la bondad fuese una deficiencia en el carácter, una insignia de perdedores. Y todo ocurre a plena luz del día. Sin pedir cuentas. Sin exigir responsabilidades. Sin esa necesidad imperiosa de reaccionar ante la barbarie.
Lo real no importa, es imperfecto. En tiempos donde no se da abasto en hacer desaparecer tanta humanidad, vivimos entre el nacionalismo autoritario (proteccionista, antiliberal y reaccionario) y el libertarismo distópico (tecnocrático, apátrida y desregulador), sabiendo que el poder de las ideas poco tiene que ver con la verdad que contengan. Un mundo donde es mejor dar miedo que lástima, y donde no basta con desfascistar las instituciones, antes hay que desfascitar el lenguaje.
Miércoles, 27 de mayo de 2026.

*Periodista. Colaborador de Página 12, “Las Mañanas” de Víctor Hugo Morales. Ex Jugador de Vélez Sarsfield, clubs de España, y Campeón Mundial Juvenil Tokio 1979.

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