
«Si quieren venir, que vengan…» Primero como tragedia, luego como farsa – Por Martín González Samartin
4 septiembre, 2026A partir de la experiencia de vaciar la casa familiar, este texto indaga sobre la vida y la muerte de los objetos que el tiempo acumula en una vivienda, e insinúa que el Arca de Noé puede ser una metáfora política.
Por Diego Tatián*
(para La Tecl@ Eñe)
En un libro reciente llamado «Filosofía de la casa. Espacio doméstico y felicidad», Emanuele Coccia recuerda que hay una muy antigua filosofía de la ciudad -la filosofía política, en efecto, es casi tan antigua como la filosofía misma- aunque, sin embargo, muy rara vez ha pensado la casa (no existe un campo de estudios llamado filosofía de la casa). Alejandría, Atenas, Jerusalén o Roma -aunque no Bagdad o Teherán, tan fundamentales también- han sido objeto y sujetos de una filosofía, pero estrictamente, en cuanto tales, las ciudades son inhabitables. Solo es posible habitar lo que llamamos casas -en rigor, únicamente los clochards, los «sin techo», habitan las ciudades en sentido pleno. Y al hacerlo, testimonian con sus días y -sobre todo- con sus noches la hipocresía de las sociedades en las que viven, según la conocida ironía de Anatole France: «La Ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto a ricos como a pobres, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan».
La llamada vida doméstica, en tanto, supone un espacio restringido en el que conviven unos pocos seres humanos (a veces vive solo uno), animales, plantas y una diversidad heteróclita de objetos que forman parte de ella y configuran un ámbito que no admite ser desestimado como algo simplemente «privado» y sin importancia para el «reino de la libertad». Ni concebido apenas como «resto» de lo que Aristóteles llamaba «vida buena» -que sería siempre pública y sucedería fuera de casa: en la plaza, el mercado, la iglesia, el sindicato, la universidad o el cuartel.
La invención de la televisión primero, y de las redes sociales luego, han producido una invasión del oikos por la pólis (y al revés), y los ha vuelto realidades homogéneas, o al menos permeadas una por la otra. Sin embargo, en momentos en los que la violencia arrecia y daña las vidas, a veces en modo irremediable, las personas sienten que la casa en la que viven (aunque sean hogares humildes, aunque no puedan pagar la luz, aunque prevalezca el hacinamiento) son lugares de resguardo. Incluso para quienes en tiempos despóticos no abandonan el espacio público y sostienen la lucha democrática exponiéndose a toda clase de riesgos, la casa es un lugar al que volver, un lugar de secreto y de cuidado. Debido a ello, o precisamente por ello, es que una teoría de la casa pone en obra, dice Coccia, «un conjunto dispar de saberes e historias que nos permiten comprender cómo ser felices aquí y ahora».
Pensada bajo ese aspecto se sugiere que, más que la localización de una identidad, una casa -cualquier casa- es un agujero negro hacia lo imprevisto, una interrupción del tiempo por anacronías aleatorias, un hueco en la continuidad social, una conversión del espacio en lugar, un sitio de restos migrantes, que podría nombrarse con la expresión que los geógrafos antiguos escribían en los mapas como advertencia de lugares desconocidos e inciertos: Hic sunt leones (aquí hay leones).
Las casas y las cosas de las casas son muchas veces efectos de migraciones antiguas o recientes: transmiten historias de despojo, de peligro, de expulsiones, de exilios forzados por el hambre, la persecución política o la guerra. Quien debe irse, casi siempre llega con nada, o muy poco, a la tierra de destino. «El trabajador emigrante lleva consigo su propia decisión, los alimentos que le prepararon en casa y que consumirá a lo largo de los dos o tres días siguientes, su orgullo, las fotografías que guarda en un bolsillo, sus paquetes y su maleta», escribe John Berger en «Un séptimo hombre», libro al que pareciera no pasarle el tiempo y que, si bien trata de los trabajadores emigrantes en Europa, permite comprender otras migraciones -incluso las que son simbólicas y sin desplazamiento físico. Algunos de esos objetos siguen su curso y trascienden en el tiempo a sus dueños primitivos, para quienes eran tan sentidos o importantes. Tal vez llegan a las manos de los que nacen después, quienes los reciben con extrañeza o con desinterés (después de todo estuvieron siempre ahí), a veces con gratitud. O como oportunidad para que liberen algo que llevan encerrado desde hace mucho tiempo, un antiguo encantamiento a la manera de los cuentos de Las mil y una noches.
Desde hace algún tiempo, mis hermanos y yo estamos vaciando la casa que había sido de mis padres, y en la que vivimos también nosotros en períodos más cortos o más largos. Una casa grande, pensada para recibir amigos, abierta, que albergó muchos días de fiesta y muchas conversaciones. Hoy está finalmente ya casi vacía: solo quedan dos o tres muebles de estilo, difícil de encontrarles un destino, demasiado grandes para la manera actual de disponer del espacio. El resto, pinturas, libros, cosas, mesas, sillas, vajilla, fotografías, lo repartimos entre nosotros, lo regalamos o lo ofrecimos, en una feria de objetos en el patio de la casa, a quienes muchas veces antes habían ido a ella. Todo llevó demasiado tiempo. La escritora belga Lydia Flem escribió un libro muy bello llamado «Cómo vacié la casa de mis padres», en el que considera las implicancias materiales, emocionales y simbólicas de esa tarea, que agradezco compartir con mis hermanos (no imagino haberla podido llevar a cabo en soledad) y en la que estamos ya llegando al final.
Alguien que la frecuentaba dijo que la casa de mis padres había sido un museo (en efecto, a mi madre le gustaban las antigüedades), pero yo creo que no era eso sino otra cosa: era un Arca de Noé. La metáfora que con ese nombre consta en el Génesis tiene equivalentes en casi todas las culturas: los libros sagrados sumerios, la mitología caldea, la tradición gnóstica o el Corán refieren a alguna variante de ella. El mandato de Dios a Noé concernía a los animales (e imaginamos que, aunque la narración no lo diga, también las plantas, al menos la vid), que debían ser resguardados de la destrucción para repoblar la Tierra tras el diluvio y continuar así la vida. Sin embargo, aunque aquí no hablamos de seres vivos sino de objetos, creo que esa historia es más adecuada para describir lo que la casa de mis padres atesoraba que la idea de museo. Porque se trata de objetos que, sin perder el aura de los mundos extintos de donde provienen, seguirán su curso para abonar algo que no sabemos, para propiciar otras palabras quizá nunca escuchadas hasta ahora, y para mantener abierto lo imprevisto en las vidas a las que se integran de ahora en más. Una casa es un Arca de Noé que intenta salvar los seres y las cosas que atesora del naufragio del tiempo. No como museo sino como promesa.

También la que acabamos de vaciar: todo lo que había en ella sigue su curso en otra parte, a excepción de esos dos o tres muebles antiguos que no entran en ningún lado. Y a excepción de algo más, que a mí me resulta muy conmovedor: las enciclopedias. Tantas. Emblema de ese entusiasmo que lleva el elocuente nombre de Ilustración. Como tantas personas desde hace al menos tres siglos, mis padres depositaban en ellas una idea de saber y una confianza en esa idea que ha dejado casi de existir -no únicamente por razones de espacio. Pienso en tantas mujeres y hombres, de tantas generaciones, que en el mundo abrevaron en ellas para desconfigurar un destino de ignorancia y de sometimiento.
Ahí están, aún, en la casa ya casi vacía, los veintitantos tomos de una edición de la Enciclopedia Británica de los años ’60, doce gruesos tomos del Diccionario Enciclopédico Ilustrado Gran Omeba, una Enciclopedia de Arte Latinoamericano, una Enciclopedia Mundial de la Mujer, la Enciclopedia Monitor, otra llamada Gran Enciclopedia de Latinoamérica, y también fascículos de historia y de literatura editados por el Centro Editor de América Latina, que mi madre encuadernaba para que tuvieran forma de enciclopedias y fueran de fácil consulta. Allí están, mudas, sin encontrar cómo seguir su curso: no es posible conservarlas ni venderlas; ninguna biblioteca pública las acepta, ningún amigo quiere llevarlas. Objetos arrumbados con los que no es posible hacer nada, ya completamente fuera de lugar y de tiempo, que abjuran de cualquier destino posible, como animales que no quieren bajar del arca (también esta hermosa palabra, advierte el diccionario, antes significaba «especie de nave o embarcación» pero ahora está en desuso). Presencias extrañas que se niegan a seguir y que reclaman su mundo, el mundo antes del diluvio, un mundo desvanecido para siempre.
Alguien me dice que lo único posible es regalar todos esos volúmenes a quienes los reciclan como papel; quizá ellos, aunque no es seguro, acepten llevárselos. Ninguna otra cosa. No podrían ya dar lugar a nada que no sea su destrucción. Luego de escribirla me detengo en la expresión «dar lugar» y lo que lleva implícito: ocupan mucho lugar, deben dar lugar -a su destrucción y a cosas útiles más pequeñas.
Me atrae esa resistencia obcecada, ese rechazo a formar parte de un mundo sin lugar, sin tiempo, sin deseo de saber, sin confianza en lo que las letras hacen en y con las personas, que envuelve a las enciclopedias. Se niegan a seguir pero tampoco les será posible quedarse. Por ahora, simplemente echadas en algún rincón de la casa como bestias exangües que no son necesarias para el mundo que se impone, pero tampoco podrán permanecer mucho tiempo abandonadas donde están. Quizá lleguen a ser la variedad de un Odradek, es decir el resto de algo desaparecido, un objeto cotidiano y familiar sin ningún significado preciso -o cuyo significado ha caído en el olvido-; algo inofensivo e inútil que está junto a nosotros, en la casa donde vivimos, sin que sepamos desde cuándo ni para qué. Por un momento más.
[Para María Julia]
5 de septiembre de 2026.

*El autor es investigador del Conicet y docente de la UNSAM.

Seguí acompañándonos: Sumate a la campaña «Colaborá con La Tecl@ Eñe».
La Tecl@ Eñe viene sosteniendo, desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000, $10.000 ó $15.000. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Tu aporte es importante para seguir adelante.
Muchas gracias.
Alias de CBU: Lateclaenerevista


