
¿Dónde están los desaparecidos? – Por Héctor O. Becerra
30 agosto, 2026La autora, egresada de la ORT, sostiene que Milei no llega a esa institución por casualidad. Wanschelbaum afirma que su visita no es una arbitrariedad ni una fotografía aislada en una historia democrática. «Es la condensación de treinta años de transformaciones y, también, de una determinada política institucional».
Por Cinthia Wanschelbaum*
(para La Tecl@ Eñe)
Soy egresada de la ORT. Hice la secundaria entre 1990 y 1995. Menemismo a full.
Fue en esos años, en la ORT, donde me hice zurdita.
Tuve profesorxs y compañerxs que me adoctrinaron muy bien. Celia, Luis y otrxs docentes me cambiaron la vida. Me enseñaron a preguntar, a discutir, a mirar las desigualdades. A no aceptar que las cosas fueran como eran.
Siempre viví esta identidad construida en una escuela judía de élite como algo paradójico. Mucho después, cuando estudié educación y me convertí en historiadora de la educación, pude ponerle palabras, reflexiones y teorías a aquello que había vivido.
Actualmente soy investigadora del CONICET e investigo la política educativa del gobierno de Javier Milei.
Por eso, cuando Milei visitó la ORT, se me juntaron dos mundos. Dos momentos de mi vida que parecen lejanos pero que se encuentran en la persona que soy.
En la escuela existía lo que se llamó el operativo «Argentinos, marchemos hacia las fronteras». El proyecto «Frontera», como le decíamos, era una iniciativa que había quedado del gobierno cívico-militar. Consistía en viajar a una escuela rural, en el caso de la ORT, a Concepción de la Sierra, en la provincia de Misiones, y llevar ropa, libros y alimentos. Cuando estabas en quinto año, si querías, podías participar.
El proyecto lo dirigía Celia, la coordinadora de Geografía.
Y allá fuimos con mis amigas.
La experiencia fue profundamente transformadora.
Pero cuando volvimos, a un grupo nos empezó a hacer ruido el enfoque. Nos parecía asistencialista. No alcanzaba, pensábamos, con llevar ropa, comida y pasar una semana en una escuela junto con la comunidad. Había algo en esa relación entre quienes llegábamos desde Buenos Aires y quienes vivían allí que no nos cerraba.
Con el Colo a la cabeza, pensamos que había que darle un giro al proyecto. Además, era una iniciativa de la dictadura. Había que cambiarla sí o sí.
Y lo empezamos a hacer.
La hago corta: la decisión de la escuela al año siguiente fue cancelar el proyecto, suspender los viajes y echar a Celia.
Viajamos igual. Nos pasaron las faltas. Hay muchas «anécdotas» perversas, para contar en el medio. Pero no vienen tanto al caso. Lo importante es que, en ese momento, entendimos bastante claramente que la decisión de la escuela estaba vinculada con nuestra creciente politización.
Quienes estábamos en sexto año, junto con algunxs egresadxs, decidimos continuar el proyecto por nuestra cuenta. Durante muchos años seguimos viajando a Misiones. Con Diego al frente, una de las personas más solidarias y buenas que conocí y que, tristemente, hace unos años tuvimos que despedir.
Yo dejé de participar cuando empecé a militar en la universidad.
Hoy, treinta años después, puedo reconocer a Frontera como la semilla de mi militancia.
Celia me entregó el diploma cuando terminé la secundaria. Al finalizar el acto, el entonces director general de la escuela, amablemente, la llevó en auto hasta su casa. Al día siguiente la citó en su oficina y la echó. Recuerdo el llanto, los gritos, la discusión con mi mamá y mi papá. La angustia de ser alumna de una institución tan injusta.
Estamos hablando de una escuela a la que para ingresar hay que hacer y aprobar un curso de ingreso profundamente excluyente. De una institución en la que durante treinta años trabajó un pediatra que abusó de alumnos. De una escuela con prácticas institucionales autoritarias y profundamente jerárquicas.
Y, sin embargo —o quizás justamente por eso—, la resistencia existió.
Como ocurre en todas las escuelas, las instituciones nunca producen exactamente los sujetos que esperan producir.
En todas las camadas encontramos historias como la mía. Historias de mis amigxs de la ORT, que hoy son mis hermanxs. Historias de jóvenes y de docentes que no aceptamos lo existente como natural. Que no reprodujimos prácticas discriminatorias. Que construimos otros mundos en contextos poco amigables. Que nos animamos a enfrentarnos con aquello que nuestras madres, padres y buena parte de una «comunidad» hegemónica esperaban de nosotrxs.
Por eso, cuando veo hoy a Milei entrando a la escuela, a mi escuela, no pienso que esté entrando a una institución completamente distinta de aquella en la que estudié.
Pienso que es la misma ORT.
Y justamente ahí está lo interesante.
Milei no llega a la ORT por casualidad. Su visita no es una arbitrariedad ni una fotografía aislada en una historia democrática. Es la condensación de treinta años de transformaciones y, también, de una determinada política institucional. Pero no solamente de la escuela: de aquello que solemos denominar, de manera demasiado homogénea, «la comunidad judía».
Una comunidad que, como cualquier otra, no es un bloque. Que tiene conflictos, disputas, izquierdas y derechas, resistencias y hegemonías. Pero que también atravesó, durante estas décadas, procesos de derechización que es necesario denunciar.
Pero hay algo de la escena y de la historia que me resulta muy potente.
La ORT en la que me hice zurdita y la ORT que hoy recibe a Milei no son dos instituciones distintas.
Son la misma.
La misma institución capaz de producir estudiantes que cuestionan la desigualdad y, al mismo tiempo, de disciplinar a quienes llevan ese cuestionamiento demasiado lejos.
La misma institución en la que puede surgir una experiencia de solidaridad y, a la vez, una respuesta institucional autoritaria frente a quienes intentan transformarla.
Pero como me enseñó Marx, las contradicciones no son una anomalía de la sociedad (de la escuela). Son parte constitutiva de ella.
Y es precisamente por eso que me interesa pensar la visita de Milei desde mi investigación.
Porque Milei también tiene una pedagogía.
Una pedagogía neofascista, construida desde la violencia.
No solamente por sus insultos, sino porque ejerce un trabajo pedagógico de construir políticamente al otro como enemigo. Una pedagogía que enseña a despreciar, a humillar; que transforma la desigualdad en responsabilidad individual y presenta lo colectivo, lo público y la solidaridad como obstáculos para la libertad.
Milei enseña. Sí.
Enseña que el conflicto social no necesita ser procesado políticamente, sino que puede resolverse mediante la eliminación simbólica y material del adversario.
Su discurso presidencial educa. Del mismo modo que una institución enseña a través de sus clases, el presidente enseña a través de sus formas de ejercicio del poder, de sus palabras, de sus decisiones.
Pero la violencia del discurso de Milei no existe en el vacío. Se inscribe en un escenario internacional atravesado por el fascismo, por el genocidio, por la legitimación de formas cada vez más radicales de deshumanización. Y esa dimensión también interpela a las instituciones y comunidades judías argentinas, que no pueden pensarse por fuera de las prácticas políticas que atraviesan hoy al Estado de Israel.
Hace poco, mientras trabajaba en Alemania, una colega me contó que una historiadora de la educación israelí, hija de alemanes sobrevivientes del Holocausto, estaba evaluando emigrar de Israel a Alemania porque encontraba en algunas de las dinámicas que estaba viviendo una semejanza inquietante con la Alemania nazi.
Es una comparación fuerte. Muy fuerte.
Pero vivimos en un mundo en el que las comparaciones que alguna vez parecían imposibles, empiezan a formar parte de las conversaciones cotidianas.
Y quizás de eso se trate también esta historia.
De no aceptar lo existente como natural.
De mirar las instituciones históricamente.
De preguntarnos qué prácticas producen, qué relaciones de poder reproducen y qué resistencias generan.
Yo me hice zurdita en la ORT.
No a pesar de sus contradicciones, sino también atravesándolas.
Treinta años después, Milei entra a esa misma escuela.
Por eso su visita no me parece una ruptura.
Me parece una condensación.
La condensación de una historia institucional, de treinta años de transformaciones políticas y de un proceso de derechización que excede a la escuela y alcanza también a sectores de aquello que llamamos «comunidad judía».
Y frente a esa escena vuelvo, inevitablemente, a la adolescente que fui.
A Celia.
A Frontera.
A Misiones.
A mis amigxs.
Con quienes construimos otra ORT, la solidaria, humana y zurdita.
30 de agosto de 2026.
*Investigadora del CONICET, área de educación.

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