
Postemillas: Saer y Cerimedo en la batalla cultural – Por Vicente Muleiro
28 agosto, 2026El autor de la nota esboza tres hipótesis para explicar la existencia de los desaparecidos y la persistencia de una pregunta que, cincuenta años después, continúa abierta.
Por Héctor O. Becerra*
(para La Tecl@ Eñe)
A la memoria de
Ricardo «Riki» Frank.
¿Todos los hombres son mortales?
Los griegos bien pensantes, seguidores de Platón y de Aristóteles elaboraron una conocida premisa que sostenía: «Todos los hombres son mortales». A partir de allí surgen los silogismos que fueron sistematizados para determinar si un razonamiento estaba bien construido. Si las premisas son verdaderas el razonamiento es válido y la conclusión debe ser verdadera. El ejemplo clásico que hemos analizado una y otra vez es:
Todos los hombres son mortales.
Sócrates es hombre.
Por lo tanto, Sócrates es mortal.
Pero, ¿Cómo sabemos que una premisa universal es verdadera? ¿Cómo podemos afirmar con certeza que todos los hombres son mortales si nunca hemos observado la totalidad de los casos? ¿Cómo sabemos que no existe entre nosotros un Gilgamesh?
David Hume en el siglo XVIII hizo una crítica al pensamiento inductivo al sostener que ninguna cantidad de observaciones puede validar una ley universal y en el siglo XX Karl Popper -fundador del método hipotético deductivo- llevó esta crítica más lejos al sostener que si no podemos verificar que todos los hombres son mortales no podemos ser tan categóricos respecto de la validez de las verdades absolutas; lo que podemos decir es que hasta ahora no hemos encontrado un contraejemplo.
De allí que la lógica aristotélica no haya sido reemplazada definitivamente como método de razonamiento; pero, la epistemología moderna cambió la forma de entender esas afirmaciones universales.
¿Todos los desparecidos están muertos?
Leemos en un informe de 1980 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA: «Tales circunstancias unidas a las informaciones recibidas por la Comisión, llevan a ésta a la dolorosa conclusión de que la mayoría de los desaparecidos fueron muertos por causas que no estamos en condiciones de precisar; pero, en todo caso envuelve responsabilidad para quienes los capturaron o los tuvieron detenidos».
Razonar de manera aristotélica nos llevaría a suponer -de acuerdo al informe de la CIDH- que si no todos, una gran mayoría de los desaparecidos están muertos, lo cual nos lleva a abrir un interrogante acerca de por qué después de tantos años pareciera que el concepto de «desaparecido» sigue más vigente que nunca.
Según EMOLTV, canal de streaming y entrevistas el Poder Judicial, informó el lunes 27/JUL/2026 que la mujer ubicada en La Argentina es la ciudadana chilena Bernarda Vera militante del MIR que figuraba como detenida de desaparecida desde 1973. La noticia sobre la aparición con vida de una desaparecida nos empuja a cuestionar el informe de la CIDH: no todos los desaparecidos están muertos; en los términos de Popper ha aparecido un contraejemplo que cuestiona la universalidad del razonamiento.
¿Hubo una guerra en La Argentina?
La desaparición forzada no fue simplemente una consecuencia de la represión; sino, un método represivo. Al ocultar el destino de las personas el Estado evitaba dejar pruebas del homicidio, dificultaba las investigaciones judiciales y prolongaba la incertidumbre de las familias. Esa incertidumbre era parte del dispositivo del terror. Dejemos en claro que el terrorismo de Estado implementó formas de adiestramiento y/o domesticación, estudiados científicamente, aprendidos en la Escuela de la Américas y aplicados exitosamente en nuestro país. Estuvieron destinados a llevar a las personas a un automatismo de comportamiento similar al de los animales. Recordamos en este punto los experimentos científicos de Pavlov y en el terreno de la ficción novelas como 1984 de Orwell, La naranja mecánica de Burgess o Fahrenheit 451 de Bradbury. El terror, indiferente al paso del tiempo, hizo metástasis en todo el cuerpo social.
En segundo lugar, reconocer las muertes implicaría admitir que el Estado privó ilegítimamente de la vida a personas que estaban bajo su custodia o habían sido secuestradas por fuerzas estatales o paraestatales. Esa admisión tendría consecuencias jurídicas, políticas y morales. En las entrevistas que Jorge Rafael Videla le brindó al periodista Ceferino Reato para el libro «Disposición final» dijo: «Pongamos que eran siete mil u ocho mil las personas que debían morir para ganar la guerra contra la subversión; pero, no podíamos fusilarlas, tampoco podíamos llevarlas ante la Justicia». En otra oportunidad desarrolló la misma idea con otra formulación: «La sociedad argentina no hubiera bancado los fusilamientos… No había otra manera».
En tercer lugar, dentro de las Fuerzas Armadas no existió una posición completamente uniforme. Algunos integrantes han reivindicado públicamente la represión como una guerra contra la subversión. Recordemos que en 1975 la presidente de la Nación, Isabel Martínez habían firmado un decreto que encargaba a las Fuerzas Armadas la aniquilación de las organizaciones subversivas, las principales: Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo. Otros militares han guardado silencio o han dado versiones parciales acerca de lo sucedido. Los que sostienen la tesis de la guerra no han presentado un registro sistemático de personas muertas y de las circunstancias de cada muerte, ni de los lugares de inhumación.
Resulta difícil entender esta crueldad sin límites aplicada por las Fuerzas Armadas en lo que respecta a la detención forzada de personas, las condiciones de encierro, las terribles torturas que incluían violaciones y que muchas veces producían el deceso de los detenidos, las muertes planeadas que habían sido catalogadas con el siniestro neologismo de traslados; la no devolución de los cadáveres a los familiares; la falta de información respecto de las listas de desaparecidos. ¿Por qué tanto sadismo?
Tres hipótesis para explicar lo inexplicable
Sólo podemos intentar una aproximación al tema y esbozar diversas causas que se amalgaman como una explicación que rehúye todo intento de justificación. Estas interpretaciones no pretenden enunciar verdades absolutas; son un intento de comprender el sistema de creencias de los militares que los impulsaron a actuar como actuaron. Explicar una racionalidad histórica no significa justificarla. Intentar reconstruir ese universo conceptual, busca entender cómo fue posible que tantos militares consideraran que estaban cumpliendo una misión patriótica recurriendo a métodos clandestinos e ilegales que el Estado de derecho y el derecho internacional califican como crímenes.
Primera hipótesis
El Ejército Argentino se constituye antes que el Estado nacional. El Regimiento de Patricios nace en 1806 durante la Invasiones Inglesas, mientras que la Constitución Nacional recién se sanciona en 1853. Esa anterioridad histórica favoreció la construcción de la institución como una representación de sí mismo como fundador y garante de la Nación, más que como un instrumento subordinado al poder civil.
El Ejército Argentino no se autopercibe simplemente como un organismo del Estado; sino, como la institución encargada de velar por la existencia misma del Estado. De allí deriva una lógica según la cual, cuando el poder político aparece como débil, desviado o incapaz de cumplir su misión, las Fuerzas Armadas consideran legítimo intervenir para salvar a la Nación. Desde esta particular autopercepción las Fuerzas Armadas no actuarían contra el Estado, sino en nombre de un Estado ideal que creen representar mejor que los gobiernos circunstanciales.
En «Poder militar y sociedad política en la Argentina» Alain Rouquié plantea que el Ejército fue construyendo la imagen de una reserva moral de la Nación, una institución por encima de las disputas partidarias políticas llamada a intervenir cuando el orden institucional parecía fracasar. Esa cultura política ayuda a explicar la reiteración de los golpes militares de Estado durante el siglo XX.

Segunda hipótesis
En El desierto de los tártaros, una película de 1976, de Valerio Zurlini, un oficial llega a una fortaleza aislada en el borde del desierto. Todos parecen vivir esperando una invasión que nunca termina de producirse. Los meses pasan y la espera del enemigo se convierte en una verdadera tragedia, ya que no hay contra quien pelear y la desaparición del enemigo invalida la razón del ser para el que se han preparado, que es para pelear.
La desaparición del enemigo empuja a que se formen patrullas que salen a buscar al enemigo por el desierto; pero, no lo encuentran. Entonces, aparece la necesidad de crear un enemigo que ahora se busca internamente; entonces el enemigo es el guía que no los orientó convenientemente por el desierto o el sargento que incumplió las órdenes o… Se trata de una película verdaderamente existencial. La imagen de El desierto de los tártaros es casi perfecta para entender que, si el enemigo desaparece, aparece el vacío, y el vacío resulta tan insoportable que el enemigo primero se espera, luego se busca y, por último, se imagina y/o se reconstruye.
El desierto de los tártaros puede leerse como una metáfora sugerente para reflexionar sobre la historia del Ejército Argentino que después de la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay entre 1865 y 1870 -probablemente la guerra más importante en la que participó- pasó más de 100 años sin librar una guerra internacional importante. En ese largo período, el protagonismo militar se desplazó progresivamente desde la defensa frente a enemigos externos hacia la intervención en conflictos internos y, finalmente, la idea de un enemigo interno durante la última dictadura.
En «Psicología de las masas y análisis del yo», Sigmund Freud sostiene que para el sujeto el otro ocupa distintas posiciones en la vida psíquica (y en la realidad). Ellas son: 1. Modelo: aquel con quien el sujeto se identifica y aspira parecerse; 2. Objeto: aquel sobre el que recae el amor o el deseo; 3. Auxiliar: quien presta ayuda, protección o cooperación y 3. Enemigo: aquel frente al cual se organiza la hostilidad, agresión y/o defensa. La ficción de la película ofrece una imagen inquietante para pensar cómo la ausencia del enemigo -para Freud uno de los organizadores del psiquismo- puede modificar la cultura, la identidad y la misión de una institución armada.
Tercera hipótesis
La Doctrina de Seguridad Nacional surge en el contexto de la Guerra Fría durante las décadas de los ´50 y los ´60. Su punto de partida es el enfrentamiento indirecto entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Luego de la Revolución Cubana de 1959, Estados Unidos comenzó a considerar que la principal amenaza en América Latina ya no era una invasión militar, sino la expansión del comunismo a través de guerrillas, partidos políticos y movimientos sociales. En ese marco, promovió la idea de que las Fuerzas Armadas latinoamericanas debían combatir a un enemigo interno.
La adopción de la Doctrina de Seguridad Nacional le proporcionó a las Fuerzas Armadas argentinas el marco ideológico necesario para justificar una intervención política que resultaba coherente con una tradición previa [desarrollada en 1)]. Si el ejército se concebía a sí mismo como garante último de la Nación y custodio del Estado, la idea de que existía una agresión internacional de carácter comunista le ofrecía la posibilidad de llevar adelante una misión histórica.
El enemigo no sólo era el adversario político interno; sino, el protagonista de una ofensiva mundial dirigida desde el exterior. La defensa de las instituciones dejaba de ser una tarea exclusivamente militar para convertirse en una defensa de la civilización occidental y cristiana. La guerra ya no era contra otro Estado; sino, contra un enemigo interno, infiltrado, invisible y disperso. Cualquier organización política, sindical, estudiantil o cultural podía ser interpretada como parte de una estrategia subversiva. La construcción del enemigo interno produjo un efecto decisivo: la diferencia entre combatiente y ciudadano quedó progresivamente anulada.
Una vez instalada la idea de que la subversión podía ocultarse detrás de cualquier actividad social, política o cultural, toda persona pasó a ser potencialmente sospechosa. Desde una perspectiva psicopatológica esta dinámica puede entenderse como una forma de paranoización del pensamiento institucional. En ese marco, hechos tan disímiles como la militancia armada, la actividad sindical o el reclamo estudiantil podían ser leídos como expresiones de una única conspiración. La desaparición de jóvenes pertenecientes a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) que reclamaban por derechos básicos -entre ellos el boleto estudiantil- dio ligar a lo que se conoce como La noche de los lápices, donde se da esa lógica en la que la categoría de enemigo eclipsó completamente la de ciudadano.
Conclusiones que no cierran
Si la Doctrina de Seguridad Nacional construyó un enemigo interno capaz de borrar la frontera entre combatiente y ciudadano, la figura del desaparecido prolongó esa lógica más allá del tiempo mismo de la represión. Mientras la muerte clausura un conflicto y obliga a un duelo, la desaparición mantiene abierta una interrogación que nunca termina de resolverse. Como nos muestra la aparición con vida de la ciudadana chilena, que para ciertos lectores degrada la figura del desaparecido ya que los familiares habrían recibido injustamente una indemnización del Estado. Por otra parte, genera también en los familiares de desaparecidos la ilusión de «aparición con vida», lo que impide el cierre del duelo.
Más allá del cuestionamiento acerca de su número, la figura del desaparecido quedó instalada en el centro de la memoria argentina, no sólo como testimonio de un crimen, sino como el signo de una fractura histórica que continúa interpelando a la sociedad, precisamente porque impide que el pasado encuentre un cierre o una respuesta.
Toda guerra termina cuando se deponen las armas; pero, esta no fue una guerra. Por eso continúa habitando el lenguaje, la memoria y las representaciones de una sociedad. La figura del desaparecido ocupa ese lugar singular: impide la clausura, resiste toda conclusión definitiva y obliga a una comunidad a seguir interrogándose sobre su propio pasado. Tal vez por eso, cada 30 de agosto el desaparecido no sólo recuerda una ausencia, recuerda también que una sociedad sólo puede reconciliarse con su historia cuando es capaz de nombrarla, comprenderla y discutirla sin renunciar a la verdad y a la justicia.
30 de agosto de 2026.
*Docente de ética en TEA & DEPORTEA. Autor de «La maravilla de estar comunicado».

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