
Libros. «Última fila»: Lo que casi ocurre – Por Peter Pál Pelbart
4 septiembre, 2026En 1982, Galtieri intentó apropiarse del sentimiento anticolonialista popular para salvar a una dictadura que se encontraba en una crisis terminal. El resultado fue una tragedia, o la continuación de ella. En 2026, Milei parece intentar una operación equivalente sobre un terreno político distinto: recuperar mediante el significante «soberanía» una parte de la legitimidad perdida, después de una sucesión de derrotas políticas, económicas y parlamentarias.
Por Martín González Samartin*
(para La Tecl@ Eñe)
«Toda generación tiene una cita secreta con las generaciones del pasado. (…) A cada nueva generación le es dada una flaca fuerza mesiánica sobre la cual el pasado tiene derechos».
Walter Benjamin
«Si quieren venir, que vengan».
La frase pertenece a Leopoldo Fortunato Galtieri y fue pronunciada el 2 de abril de 1982, ante una multitud reunida en Plaza de Mayo, cuando la dictadura militar acababa de ocupar las Islas Malvinas. El imaginario popular completó luego la escena con un vaso de whisky. La historia, sabemos, terminó de otro modo.
Cuarenta y cuatro años después, Javier Milei decidió volver a poner en escena el significante Malvinas. Lo hizo mediante una cadena nacional grabada el 3 de septiembre de 2026, después de una derrota política que había obligado a su gobierno a retirar del Congreso el capítulo de su proyecto destinado a flexibilizar la extranjerización de la tierra. Lo hizo, además, reivindicando, como una decisión propia, la aplicación de una ley que existe desde 2011 y anunciando su modificación, una nueva base naval en Tierra del Fuego, un Consejo de Seguridad Nacional y una batería de medidas supuestamente destinadas a enfrentar la explotación británica de los recursos naturales en el Atlántico Sur.
Tras el obvio oportunismo presidencial hay algo más inquietante aún: una operación de reapropiación política de un significante que condensa todo aquello que el propio gobierno había contribuido a dejar vacante.
Porque Malvinas no es un significante cualquiera para la memoria popular. Pero vayamos por partes. La derrota parlamentaria y social del proyecto de extranjerización de tierras había mostrado, una vez más, que existe en la sociedad argentina una sensibilidad respecto del territorio, los recursos naturales y la soberanía que no coincide necesariamente con las posiciones y las políticas de su gobierno. El oficialismo había intentado modificar los límites existentes para la adquisición de tierras rurales por parte de extranjeros y finalmente debió retirar ese capítulo ante la falta de votos y la presión política y social.
Cuando en el pospartido de Argentina contra Inglaterra en el Mundial celebrado en Estados Unidos, Canadá y México, los jugadores argentinos desafiaron las disposiciones de la FIFA y los organizadores anfitriones que, con la anuencia del gobierno argentino, prohibían expresamente la exhibición de simbología relacionada con las Islas Malvinas, el mundo entero presenció un nuevo capítulo de la resistencia benjaminiana de la memoria popular argentina.
El arco que se abrió con la bandera improvisada sobre una sábana que rezaba «Las Malvinas son argentinas», se extendió a las calles en apenas un par de semanas aglutinando el rechazo popular a la extranjerización de las tierras y los recursos naturales de nuestro suelo. No era el único motivo de aquella movilización. Pero la cuestión de la soberanía activó nuevamente el gen resiliente de la memoria popular. Y aquí aparece nuestra hipótesis: la soberanía parece haber actuado como un «significante vacío», pero no exactamente en el sentido laclausiano. Para Laclau, el significante vacío es aquel que puede alojar en su interior una serie de otros significantes que representan una diversidad de demandas sociales insatisfechas. Aquí sostenemos que aconteció, en cierto sentido, el mecanismo inverso: el significante «soberanía» («Malvinas» o sus equivalencias) fue a ocupar un lugar vacío, un lugar sin representación.
El significante vacío no está realmente «vacío», está pleno de sentido, y por ese motivo va a ocupar un lugar vacante. Es decir, hay vacancia de representación política de una serie abierta de demandas atomizadas e insatisfechas, como el salario, las jubilaciones, la asistencia a la discapacidad, la salud pública, la cobertura de remedios, o el financiamiento del sistema universitario y científico. El significante «soberanía» (o su equivalente: «Malvinas») fue a ocupar entonces el lugar (vacante) de la representación del sujeto colectivo para todos los demás significantes en que se expresa la insatisfacción social. En esa representación se constituye finalmente el pueblo como tal, pero antes que nada, como efecto simbólico.
Evidentemente Milei tomó nota de esa vacancia. Pero la tomó tarde y de manera cínica y paródica. Como no podía ser de otro modo.
Porque, sabemos bien los argentinos, ahora sí, que la Historia acontece siempre dos veces: primero como tragedia, luego como farsa.
El resto anticolonial
Durante las décadas de 1870 y 1880 se profundizaron los procesos destinados a consolidar el Estado-nación argentino: unificación territorial, homogeneización idiomática y cohesión de la identidad nacional. La llamada «Campaña al Desierto», eufemismo que presentó como vacío un territorio habitado y políticamente organizado por pueblos indígenas, implicó prácticas genocidas y etnocidas inseparables de la expansión territorial, la expropiación productiva y la consolidación del modelo gran-latifundista y rentístico de las clases dominantes.
La escuela, los rituales cívicos, los símbolos patrios y, fundamentalmente, un mito del origen común, completaron la construcción de una identidad nacional homogénea. Allí la historiografía mitrista desempeñó un papel central al convertir a los próceres en héroes individuales y desplazar los procesos colectivos que hicieron posible la acción histórica: las clases, los grupos subalternos, los trabajadores, los pueblos indígenas, los afrodescendientes, las mujeres, las milicias y las comunidades locales. Es, en definitiva, el ocultamiento de la Historia social, es decir, del papel que los pueblos han desempeñado en la Historia.
Entonces, volvamos a empezar.
La historiografía social de las guerras de independencia permitió desplazar la mirada de la excepcionalidad de los grandes jefes hacia las condiciones sociales que hicieron posible la movilización de los ejércitos. El Ejército de los Andes no fue la expresión homogénea de una comunidad patriótica que espontáneamente se levantó en armas, sino el resultado de un profundo proceso de militarización de la sociedad cuyana y rioplatense, en el que participaron oficiales criollos, milicianos, campesinos, artesanos, trabajadores, afrodescendientes y esclavizados, para muchos de los cuales la guerra estuvo ligada incluso a la expectativa concreta de libertad.
La activa y crucial participación de los sectores populares en las guerras de independencia es la carta que la historiografía mitrista robó del buzón de la Historia.
Pero la Historia —esa pesadilla de la cual, según Joyce, no podemos despertar— también susurra sus sueños a la memoria, y muchas veces —las más de las veces— grita en medio de la noche para que nosotros, los sujetos, no los olvidemos.
«Los pibes de Malvinas«
Existe en el pueblo argentino una reserva de memoria popular que se resiste a la operación de relegar —como dice Benjamin— los deshechos historiográficos a los márgenes de la «gran Historia»: la historia de los vencidos, de los marginados, de los vilipendiados. Y existe, desde los orígenes de la organización criolla de lo nacional, un difuso sentimiento anticolonialista popular.
Las invasiones inglesas contribuyeron a la politización y militarización de la sociedad porteña y participaron de las condiciones que desembocarían en el Cabildo de Mayo. La Guerra de Independencia, por su parte, fue posible por una movilización social que excedió largamente a sus grandes nombres. El Ejército de los Andes fue también un ejército popular en su composición y en las condiciones materiales de su formación.
Muchos años después, los «pibes de Malvinas» volvieron a ocupar, de otro modo y bajo circunstancias históricas completamente diferentes, ese lugar subalterno de la Historia. Las élites políticas declaran las guerras y son mayoritariamente los hijos de la clase trabajadora quienes van a matar y morir, sobre todo en ejércitos menos profesionalizados, como el argentino, basado en la conscripción, frente a unas fuerzas británicas mucho más profesionalizadas.
La dictadura había construido su aparato represivo bajo el signo de la Doctrina de Seguridad Nacional y del «enemigo interno», en una trama latinoamericana en la que la Escuela de las Américas desempeñó un papel relevante en la formación de militares de la región. Entre 1950 y 1975, más de 600 oficiales argentinos participaron, según el Archivo Provincial de la Memoria, de cursos especializados de lucha contrainsurgente en esa institución emplazada fuera del suelo estadounidense, suelo en el que tales prácticas eran ilegales.
Aquí aparece la astucia perversa de Galtieri. El mismo sentimiento anticolonialista popular que constituye una de las reservas históricas de nuestra sociedad, fue utilizado por la dictadura en 1982 para intentar recuperar una legitimidad política que había perdido como consecuencia de las denuncias por las desapariciones de personas y la labor incansable de Madres y los organismos de Derechos Humanos, por no mencionar el deterioro de las condiciones materiales de vida de la población sometida a las políticas económicas de Martínez de Hoz.
El error de cálculo de la dictadura no fue solamente militar. Fue también político y geopolítico. La Junta creyó que el alineamiento incondicional con Washington podía garantizarle una reciprocidad que finalmente no existía. El Secretario Kissinger había alentado en 1976 a los militares argentinos a actuar rápidamente frente a aquello que el régimen denominaba «subversión»; los documentos desclasificados registran su conocida indicación de que, «si había cosas que debían hacerse, debían hacerse rápidamente». Claro que aquellas «cosas que debían hacerse» terminarían formando parte de las prácticas estatales genocidas de la dictadura, en una trama represiva latinoamericana en la que la formación contrainsurgente estadounidense tuvo un papel relevante.
La dictadura interpretó aquella proximidad como una garantía. Pero llegada la hora de la verdad, Washington eligió a Londres. Y ahora Milei vuelve a confiar en una supuesta modificación de la posición estadounidense sobre las Islas Malvinas.
Trump, Galtieri y el error de cálculo
Trump dijo recientemente que Estados Unidos estaba reevaluando su posición histórica sobre Malvinas. Pero sus declaraciones no constituyen, hasta ahora, un cambio formal de la política estadounidense ni un reconocimiento de los derechos soberanos argentinos. Fueron pronunciadas en el marco de una disputa mucho más amplia con el Reino Unido y de una política exterior caracterizada por una lógica fuertemente transaccional: Trump cuestionó a los británicos por no haber acompañado suficientemente a Washington durante el conflicto con Irán y vinculó esa falta de cooperación con la cuestión de las islas. Pero a ese tipo de declaraciones aquí las conocemos como «chicana», y Milei lo sabe con creces porque el mismo Presidente es un gran aficionado a dicho recurso retórico, rusticidad lingüística al margen.
Es decir: no estamos necesariamente ante una súbita conversión anticolonial de Washington. Pero tampoco ante una súbita conversión de Milei, y creo que en este punto ya nadie se llama al engaño.
Estamos ante Trump y la afirmación de Milei según la cual este supuesto cambio estadounidense sería consecuencia de la nueva posición internacional de la Argentina, que introduce entonces una hipótesis más problemática: la de creer que la subordinación estratégica garantiza reciprocidad.
Es exactamente la clase de confianza que la historia de 1982 debería haber enseñado a evitar. Salvo, claro está, que no exista ningún error de cálculo. Esto es, a menos que Milei conozca perfectamente la relación asimétrica y que entienda la diferencia entre una defensa de los intereses estratégicos de la Argentina (anatema de su propia agenda de gobierno) y una defensa de los intereses estratégicos de los Estados Unidos en el Atlántico Sur.
En ese caso la pregunta sería todavía más incómoda.
La base
Milei anunció también la construcción de una Base Naval Integrada en Tierra del Fuego y dijo que será fundamental para la «proyección geopolítica» de la Argentina y para convertir al país en el «polo logístico más importante del Atlántico Sur».
Pero la idea de la base no nació el pasado 3 de septiembre. La piedra angular del proyecto de reubicación de la Base Naval Integrada Ushuaia fue colocada en marzo de 2022, durante el gobierno de Alberto Fernández, en el marco de un proyecto que contemplaba un muelle militar y capacidades logísticas, científicas y de patrulla antártica.
La pregunta, por lo tanto, no es simplemente por qué Milei anuncia una obra que tiene antecedentes en gobiernos anteriores. La pregunta, en el marco de la retracción de la obra pública nacional en materia de infraestructura, es otra: ¿con qué dinero?
En julio de este año se informaba que el Gobierno todavía buscaba un esquema de financiamiento para la base y que las negociaciones no estaban avanzadas. Al mismo tiempo, la obra había adquirido una dimensión geopolítica directamente vinculada con Washington y con el interés del Comando Sur en Ushuaia y la Antártida.
Y aquí aparece una pregunta que el discurso presidencial no responde. ¿Base argentina, entonces? ¿O quizás una base norteamericana bajo bandera argentina?
No afirmamos que lo segundo esté ocurriendo. El propio Ministerio de Defensa había negado que existiera un acuerdo para construir una base conjunta con Estados Unidos.
Pero, justamente, por eso la pregunta debe ser formulada.
El saqueo colonial y el RIGI
Hay todavía una contradicción mayor. Si el gobierno argentino, casi tres años después de asumir, descubre que el Reino Unido pretende explotar los recursos naturales existentes alrededor de las Islas Malvinas, así como el petróleo bajo su suelo, cabe preguntarse por qué presenta como un logro de su política económica un régimen destinado precisamente a acelerar la explotación de los recursos naturales por grandes inversiones extranjeras en el territorio continental.
Y el RIGI no es una especulación. Está escrito. La Ley de Bases lo aplica a grandes inversiones en forestoindustria, infraestructura, minería, energía, petróleo y gas, entre otros sectores, y otorga blindaje legal y estabilidad tributaria, aduanera, cambiaria y regulatoria durante treinta años.
Milei mismo lo reivindicó la noche del 3 de septiembre como una de las razones que permitirían a la Argentina convertirse en una potencia exportadora de recursos estratégicos. Entonces, ¿cuál es la diferencia?
Porque si la soberanía consiste en defender los recursos naturales argentinos frente al saqueo colonial, el concepto no puede detenerse en la línea imaginaria que separa el territorio continental de los espacios marítimos e insulares. Evidentemente la defensa de la soberanía de Milei no es la misma cuando se trata de litio, petróleo, gas, minerales, tierras, agua o infraestructura estratégica en el continente.
La ley que ya existía
Hay, finalmente, algo casi grotesco en el anuncio presidencial .
Milei anunció que firmará un decreto para acelerar los procedimientos sancionatorios establecidos por la Ley 26.659, conocida como Ley Pino Solanas, contra quienes participen de iniciativas de extracción de petróleo en territorio argentino bajo ocupación británica, y enviará al Congreso una ley para modificarla y endurecer sus sanciones.
Pero la Ley 26.659 fue sancionada el 16 de marzo de 2011. Lo único que hacía falta era cumplirla.
Esta ley establece que la exploración y explotación de hidrocarburos en la Plataforma Continental Argentina requieren autorización argentina y prevé sanciones para quienes operen sin ella. El gesto presidencial consiste, entonces, en presentarse como quien acaba de descubrir la existencia de una herramienta legal que el Estado argentino ya tenía.
La pregunta es por qué. Y la respuesta está a la vista de todos. Después de la derrota parlamentaria del proyecto de extranjerización de tierras, cuando el significante «soberanía» había demostrado nuevamente su capacidad para articular una resistencia popular dispersa, el Gobierno decidió disputar grotescamente el lugar vacante. Pero ocuparlo no significa necesariamente representarlo. La cadena significante en la que se inscribe el discurso presidencial apunta a Washington y a sus aliados, entre ellos sectores del capital israelí directamente involucrados en el proyecto Sea Lion, la explotación petrolera al norte de las Islas Malvinas: Navitas Petroleum, de capitales israelíes, que opera el proyecto y posee el 65% de participación, y la británica Rockhopper Exploration, que controla el 35% restante. Ambas compañías ya adoptaron la decisión final de inversión para la primera fase, por unos 1.800 millones de dólares, con un esquema de financiamiento internacional de aproximadamente 1.000 millones.
La carta robada
Volviendo al comienzo de este artículo: en 1982, Galtieri intentó apropiarse del sentimiento anticolonialista popular para salvar a una dictadura que se encontraba en una crisis terminal. El resultado fue una tragedia, o la continuación de ella. En 2026, Milei parece intentar una operación equivalente sobre un terreno político distinto: recuperar mediante el significante «soberanía» una parte de la legitimidad perdida, después de una sucesión de derrotas políticas, económicas y parlamentarias.
Pero la operación es más compleja. Porque la memoria popular responde a una lógica que le es siempre esquiva al poder. La bandera de Malvinas que apareció en aquel estadio norteamericano puede pensarse como un resto imposible de domesticar por los dispositivos del poder. Fue improvisada sobre una sábana y pasó de una tribuna al campo de juego por una cadena de solidaridades populares.
Y ahora sabemos algo más. Fue Thiago Almada quien relató, en un reportaje relacionado con su arribo a Núñez, cómo fue la secuencia que llevó aquella bandera desde la tribuna del Estadio Mercedes Benz de Atlanta hasta el campo de juego. El autor de la famosa bandera fue un amigo suyo del barrio Fuerte Apache, de donde Almada es oriundo, quien —antes de que la seguridad del estadio pudiera quitarle el improvisado estandarte— se la lanzó a su par del barrio, quien a su vez se la facilitó a sus pares deportivos en el campo de juego.
Es decir, la bandera que anunciaba al mundo que las Malvinas son argentinas nació, como Almada, en Fuerte Apache.
Y aquí está precisamente la sutileza de esta historia. El nombre oficial de Fuerte Apache no es otro que «Barrio Ejército de los Andes».
Como decía Lacan, la carta robada siempre llega a destino.
4 de septiembre de 2026.
*Politólogo y Profesor de Ciencia Política Docente, investigador, ensayista.

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