
Teatro. La Argentina de los sueños y las pesadillas – Por Osvaldo Quiroga
3 septiembre, 2026El autor de la nota describe el libro «Última fila», de Daniel Böhm, como un lugar de resistencia ante el tiempo que nos toca vivir, el del fascismo esparciendo terror, miseria, inseguridad y mentiras. Los reflectores se han encendido para iluminar el espectáculo de las tinieblas de nuestra civilización.
Por Peter Pál Pelbart*
(para La Tecl@ Eñe)
Es llamativo el contraste de este libro publicado por Daniel Böhm, «Última fila», con respecto al primero, «Fuera de cuadro». Aquel tiene, por así decirlo, un comienzo, un medio y un final, y es fuertemente autobiográfico. Es la historia personal en la estela de una tragedia familiar, de una herencia del Holocausto: un padre depresivo que se suicida, el rabino que en medio del consuelo casi lo viola y lo amenaza de muerte, una hermana abducida por una secta necrófila que muere de cáncer. Es decir, en medio de tanta muerte, depresión, derrumbe, la búsqueda de una voz narrativa propia y de una vida o sobrevida singular. Para eso, parecía necesario poner por escrito una carga demasiado pesada para llevar sobre los hombros. Todos los relatos son densos, encadenados entre sí, sobrecargados de recuerdos, curvas dramáticas sorprendentes, giros inesperados, situaciones de terror, aunque en un tono desprovisto de pathos: ahí está todo su arte. Podemos decir, sin vacilar, que aquel libro fue también, entre otras cosas, un ejercicio de exorcismo del peso del Holocausto.
Qué diferencia con este nuevo libro. Casi no hay aquí referencias a los judíos ni a su historia, y cuando aparecen son puntuales. No hay aquí situaciones dramáticas sino, por el contrario, anodinas. Es la banalidad cotidiana. Todo transcurre en una especie de tono menor, sin pretensión, sin ambición, sin intención, incluso sin historia. Y con cada cuento tenemos la impresión de que el relato apenas empezó y enseguida fue interrumpido. No se trata, claro, de impericia del autor, sino de una elección del orden del coitus interruptus: librarse de los grandes dramas para habitar lo cotidiano más terrenal. Situaciones absolutamente triviales, donde no pasa nada, pero casi. La atracción por alguien visto de reojo en el aeropuerto, y de espaldas. Por azar, ese alguien se sienta al lado del narrador en el ómnibus y en el avión… podrían pasar cosas, podría haber surgido alguna conversación, pero no pasa nada, aunque casi… Un sujeto se prepara para un examen, todo está listo para que le vaya bien, pero al final el candidato entrega una hoja en blanco. Un fin de semana en una casa que termina naufragando. Una amistad que se desliza hacia cierta sensualidad; quién sabe, el muchacho podría comprar la casa de al lado y la vecindad terminar en una historia de amor, pero de madrugada huye. Nada sale bien, nada llega hasta el final, nada se consuma. Quedamos como a mitad de camino, como si hubiera una resistencia a darle un desenlace, a terminar un movimiento, a cerrar un ciclo, a realizar algo, incluso una fantasía. Todo está siempre a punto de ocurrir.
Eduardo Viveiros de Castro inventó una categoría interesante para la verdadera aventura entre los amerindios. Lo que importa no es lo que ocurrió, sino lo que casi ocurrió. No los hechos, sino la «cualidad del casi», «la casidad». Me crucé con un jaguar en el camino y «casi» me comió. Salí a cazar y «casi» morí. Es una ontología del casi, de la inminencia, de la incertidumbre. Y Dios sabe cuántas amenazas afligen a un amerindio, cuántos malos espíritus lo rodean: el mundo amenazante los obliga a un estado de alerta constante. Ahora bien, en los relatos de Daniel ocurre lo inverso, pero se parece: cada situación, por minúscula que sea, carga con una posibilidad que, sin embargo, es sentida como una especie de amenaza o peligro y por eso es abortada. Aquel muchacho atractivo junto al cual el azar quiso que se sentara: el narrador está atentísimo a cada detalle de su ropa, de sus llamadas telefónicas, de su musculatura, pero permanece entre la curiosidad y la parálisis, la tentación y la imposibilidad. No deja de descifrar los signos mínimos que podrían permitirle adivinar algo de su vida, pero todo queda ahí. ¿Qué es esta especie de suspensión, retracción, contención?
¿Timidez? ¿O una distancia que se interpone entre él y el mundo y lo obliga a un estado de contemplación, de voyeurismo?
Vuelve a visitar lugares que alguna vez lo marcaron profundamente, pero que ya no lo emocionan. O se reencuentra con personas que alguna vez fueron fundamentales y que ya no le dicen nada. Cierto estado de anestesia, donde pueden combinarse miedo, dolor, sorpresa, como dice el libro, pero aun así, parálisis. El personaje huye de fiestas donde se siente mal recibido, o se encierra en el cuarto ante el sonambulismo de la hermana, o escapa de un compromiso, pero ni siquiera la fuga es completa, porque incluso mientras huye siente que olvidó algo. La fuga, la parálisis, la imposibilidad… En todo caso, hay un hiato entre el narrador y el mundo que describe, un hiato que atraviesa no mediante acciones sino mediante contemplaciones. Por ejemplo, sensualizando objetos, plantas, arquitecturas, el bonsái, los cuerpos esculturales de los arios. Por consiguiente, de algún modo, sí, es la escritura la que vuelve a tender un puente con el mundo.
Deleuze decía que hemos perdido el mundo, que nos han desposeído de él, que ya no creemos en el mundo; no en su existencia, sino en que todavía pueda ofrecernos algo. Curiosamente, esto aparece en sus libros sobre cine, donde agrega: le corresponde al cine restituir nuestra confianza en el mundo. Sí, le corresponde también, por qué no, a la literatura, a las artes, a la filosofía o al pensamiento en general. Lo que está quebrado es la confianza en que el mundo todavía esté preñado de posibilidades, y es ahí donde el arte, la escritura, el pensamiento pueden devolverle algo a la vida, incluso cuando se describe solamente aquello que es imposible.
A esta dificultad se suma aquel otro aspecto que mencioné hace un momento. ¿Qué le queda por escribir a un judío que antes disponía de aquel manantial infinito de sufrimiento, de historias de heroísmo y supervivencia, de aquella dramaturgia que nuestra historia de dolor y sentido nos ofrecía? No es que todo aquello haya dejado de suceder, pero el 7 de octubre ya no nos permite habitar impunemente aquella zona de confort, de inocencia y autovictimización. Me permito pensar que algo de aquel río del Holocausto que alimentaba la escritura de tantos judíos se ha secado, y ya no funciona como fuente de inspiración sin que cualquier lector se pregunte: ¿y Gaza? Entonces es como si la escritura se quedara sin objeto dramático. Sostengo que este viraje es saludable. Dejamos de disfrutar de ese privilegio de inspirarnos, como vampiros, en nuestra tragedia. En aquel momento fue necesario hacer un duelo. Y ahora es necesario hacer el duelo del duelo. ¿No es este un salto vital? ¿Y no implica una desdramatización?
Adorno decía que después de Auschwitz ya no se podía escribir poesía. Lo que le quedaba a la literatura era un tartamudeo, es decir, Beckett. Voy a completar la ecuación. Después del 7 de octubre ya no se puede escribir sobre Auschwitz sin pasar por Gaza. Por lo tanto, quizá sea una oportunidad, para algunos, de cambiar de tema de una vez por todas y, para otros, de enfrentarlo de una vez por todas inventando otra lengua.
Quisiera entonces profundizar un poco, a la luz de esta perspectiva, una dimensión de este último libro de Daniel. Lo principal no sucede durante la lectura, sino después de cerrar el libro. Algo nos invade… una extrañeza… como si hubiéramos tenido un sueño raro y, sólo cuando nos alejamos del esfuerzo por entenderlo o recordar, algo de él nos vuelve como sensación, como atmósfera. Sí, queda una sensación de interrupción brusca, de corte abrupto, de un hilo inconcluso, como si alguien nos hubiera despertado en medio del sueño. No nos preguntamos qué fue lo que ocurrió, como dije antes, sino qué fue lo que casi ocurrió. El casi es una especie de inminencia.
Ya no nos encontramos, parafraseando a Lyotard, ante grandes relatos, encadenados, concluidos, plenos de sentido y continuidad, sino ante fragmentos. Lo posmoderno nos habrá dejado frente a microrrelatos. Como dice Antonioni, mucho antes de que se inventara la expresión «posmoderno»: «Hoy las historias son lo que son, si es necesario sin principio ni fin, sin escenas clave, sin curva dramática, sin catarsis. Pueden construirse como jirones, fragmentos: ser desequilibradas como la vida que vivimos».
Es que la vida misma se nos presenta como discontinua, dispersa, abandonada a sus instantáneas. Quizá, con esto, lo anodino haya vuelto a cobrar importancia: el instante cualquiera, la situación cualquiera, la cotidianeidad sin trascendencia. Así, ya no es en el cielo donde se cruzan muertos y dioses, donde se decide lo que importa en la tierra, sino en la tierra misma, y sólo en ella. Y en ella todo puede tocarnos, atraernos, afectarnos: desde un perro cualquiera hasta una transición de género, desde un paisaje inhóspito hasta un viento salvaje.
Uno de los pocos encuentros felices de este libro es con una cineasta y escritora anciana, Narcisa Hirsch, por quien el narrador siente un respeto inmenso. Y al final de la conversación, sobre ficción y cine, ella le sugiere al narrador no que transforme su ficción en cine, puesto que él se niega a hacerlo, sino que haga poemas cinematográficos. Ahora bien, él había confesado, en otro momento, que alguna vez tuvo el deseo, inspirado por la película de Derek Jarman titulada The Garden, de hacer un «cine libre, emocional, disruptivo». Curiosamente, a continuación leemos una frase explícitamente política, rara en la pluma del autor: «Un lugar de resistencia». Es uno de los pocos destellos de un deseo desvanecido pero vivo… No una utopía universal, sino un punto de centelleo.
Porque es una época extraña, la nuestra. Cada uno blande su miembro viril de la manera más histriónica posible, con su trillón acumulado, con sus amenazas atómicas, con sus genocidios, con sus rituales de muerte. Es el tiempo del fascismo esparciendo terror, miseria, inseguridad, mentiras disparatadas. Todos los reflectores están encendidos para iluminar el espectáculo planetario de los superhéroes, sean tiranos, genocidas o jugadores de fútbol. Pasolini veía en ese exceso de luz, todavía durante el fascismo que le había tocado presenciar, las tinieblas de la civilización. Y necesitó de una penumbra para hacer visible la danza de las luciérnagas.
Este libro es como una luciérnaga, dibujando sus vueltas, un poco como Derek Jarman en su jardín, con sus piedras y sus plantas y el viento, disfrutando pacientemente del ritmo de los días y desafiando a la muerte.
«Es un lugar de resistencia».
4 de septiembre de 2026.

*Filósofo, docente y ensayista húngaro radicado en Brasil. Se graduó en Filosofía en la Universidad de París IV y actualmente es profesor titular en la Pontificia Universidad Católica de San Pablo (PUC-SP). Dirige la Editorial n-1. Tradujo varias obras de Gilles Deleuze. Es autor de «Filosofía de la deserción. Nihilismo, locura y comunidad» (Tinta Limón, 2009), Contra el etnocentrismo judío, (junto a Bentzi Laor, Tinta Limón, 2025), «A un hilo del vértigo. Tiempo y locura» (Milena Caserola, 2014), entre otros. Coordina la Compañía Teatral Ueinzz, formada por pacientes psiquiátricos.

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