

Artista fundamental del siglo XX argentino, antes de morir en 1981 Antonio Berni produjo un conjunto de trabajos impresionantes en los que testimoniaba las atrocidades de la dictadura. Algunos de ellos resguardados por la familia del pintor, otros fueron hallados casualmente sin que antes se supiera de su existencia.
Por Diego Tatián*
(para La Tecl@ Eñe)
En 1925 Antonio Berni obtuvo una inesperada beca del Jockey Club de Rosario para estudiar en Europa. Junto a Héctor Basaldúa, Raquel Forner, Horacio Butler entre otros constituyó lo que más tarde se conocerá como Grupo de París y fue tocado para siempre por la intensidad de las vanguardias -como 10 años antes le había sucedido a Pettoruti-; en particular por el surrealismo, sin el que no sería posible explicar buena parte de su obra. Allí se vincula con Breton, Duchamp, Éluard, pero particularmente importante es la relación de amistad que construyó en esos años con el poeta Louis Aragon, quien lo atrajo hacia las temáticas sociales, las ideas de izquierda y la participación en el Movimiento Antiimperialista.
Regresó a la Argentina en 1930 y de los años siguientes al retorno datan sus grandes cuadros con motivos sociales: Manifestación (1934), Desocupados (1934, rechazado por el Salón Nacional de ese año) o Chacareros (1935, un óleo sobre arpillera que evocaba El Grito de Alcorta). Particular importancia reviste la experiencia del grupo Polígrafo Ejecutor (Siqueiros, Castagnino, Lázaro, Spilimbergo, además de Berni), que en 1933 realiza Ejercicio plástico, un extraño fresco en el subsuelo de la casa de Natalio Botana en Don Torcuato. Aunque el muralismo le interesa (es uno de los artistas que en los años cuarenta pintaron murales en la cúpula de las Galerías Pacífico), en una polémica con el mismísimo Siqueiros defiende la pintura de caballete.
Durante los años 1951, 1952 y 1953 Berni viaja repetidamente a Santiago del Estero, donde pasa temporadas conviviendo con campesinos y leñadores, y allí realiza otro gran ciclo de realismo social: la serie “Motivos santiagueños”, que será expuesta en la galería Creuze de Paris en 1955, con un hermoso texto de Aragón sobre el “quebracho” que presentaba el catálogo.
Entre fines de los años 50 y los años 70 Berni concibió emblemáticos cuadros de crítica social protagonizados por dos personajes entrañables, que se suceden como si contaran un cuento: un niño y una costurera de barrio devenida en prostituta llamados Juanito Laguna y Ramona Montiel. En ellos trabajó con materiales de desecho hallados en basurales, papeles usados, chapas, cartones, maderas, telas o artículos de sastrería, que ensambló y combinó con el xilocollage, el grabado y la pintura.

Su vida bajo la dictadura tras el golpe de Estado de 1976, fue y continúa siendo objeto de controversia. Un artículo del diario La Nación de mayo de 1978 informa sobre una visita de Massera a Berni mientras el pintor restauraba los murales en la cúpula de las Galerías Pacífico, y transcribe parte de la conversación. En 1979 ingresó a la Academia Nacional de Bellas Artes, y en 1977 había realizado una exposición retrospectiva en el Museo de Bellas Artes de Caracas, que motivó una enfática acusación de colaboracionismo con la dictadura y de ser un artista del régimen por la crítica y escritora Marta Traba -quien vivía exiliada en Venezuela en ese momento. Discípula de Jorge Romero Brest, Traba había tenido ya un juicio displicente sobre Berni (“la fatigante obra de Antonio Berni”) en un libro de 1973, Dos décadas vulnerables en las artes plásticas latinoamericanas, 1950-1970.
Mientras tanto, Berni desarrolló una obra oculta hasta el momento mismo de su muerte en Buenos Aires el 13 de octubre de 1981. En 2014, con motivo de una mudanza, fueron halladas dos carpetas con casi 400 dibujos que nunca habían sido exhibidos y el artista había mantenido oculto a lo largo de sesenta años. Bajo el título Revelaciones sobre papel 1922-1981, una parte de ellos fue expuesta en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires en 2016, con curaduría de Marcelo Pacheco (cuyo trabajo sobre el material hallado demandó un año de minuciosa investigación para identificar los episodios políticos que los dibujos evocaban).
Lo que allí se retrata es la violencia política en su manifestación más cruda: la Guerra civil española, Vietnam, Corea, Tlatelolco, el Mayo Francés, la represión de las dictaduras latinoamericanas -y en particular de la argentina. Uno de los dibujos más impresionantes es el que cita la clásica fotografía del guerrillero del Vietcong mientras era asesinado con un disparo en la cabeza por el general survietnamita Nguyễn Ngọc Loan en 1968; otro evoca “Muerte de un miliciano español”, la icónica fotografía de un combatiente republicano captado en 1936 por Robert Capa en el momento exacto en que es abatido; y muchos otros remiten inequívocos a las atrocidades de la dictadura argentina.

Años después, en noviembre de 2023, una exposición en la Galería Cosmocosa llamada La guerra mostraba asimismo trabajos nunca vistos con anterioridad, o apenas alguna vez. Uno de ellos es en mi opinión la obra más aterradora del arte argentino. La torturada (originalmente, al parecer, se llamó Confesión lograda) es un objeto espeluznante realizado en 1976, hasta ese momento prácticamente desconocido -antes de la exposición en Cosmocosa solo había sido mostrada en una muestra de 2006 en el MNBA de Neuquén. Se trata de un ensamblaje donde una mujer rubia, semidesnuda sobre una tabla y con la cara deforme acaba de ser sometida a una sesión de tortura por picana. Junto a ella, los dos torturadores tras haber realizado su trabajo se disponen a fumar. En la parte inferior se leen unos versos del poeta turco Nazim Hikmet: “Y al amanecer, al amanecer y al amanecer, una prisionera, atada a la mesa con correas, tumbada boca arriba, con los pechos salpicados de sangre, es interrogada en el fondo de un sótano. Los torturadores fuman cigarrillos. Uno es un chico de veinte años; el otro tiene sesenta. Tienen las camisas sudadas, las mangas arremangadas y las espadas y los electrodos están usados”. Casi insoportable de mirar, esta obra fue mantenida oculta por Berni hasta su muerte, y luego por su familia durante veinticinco años más.
En la muestra de 2023 también pudo verse Mujer en la playa [o Vuelos de la muerte, como a veces es llamada] (1981). Se trata de la última obra de Antonio Berni: una tela inconclusa de importantes dimensiones, pintada con acrílico y óleo. Si bien nada explicita que este cuadro alude a los vuelos de la muerte, resulta casi imposible no pensar en ellos al observarlo. La conexión se impone como inevitable: un avión atraviesa un cielo umbrío mientras una mujer desnuda aparece tirada en la playa. Entre 1976 y 1979 decenas de cadáveres habían sido arrastrados por el agua rioplatense a las costas uruguayas primero, y luego a las de San Clemente, Mar del Tuyú, Santa Teresita, Mar de Ajó.
De 1981, año de su muerte, datan asimismo los impresionantes murales de la Capilla del Colegio San Luis Gonzaga en la localidad bonaerense de General Las Heras. Se trata de Crucifixión y Apocalipsis, dos obras donadas a la capilla que encriptan una desolada crítica política en clave religiosa. A diferencia de los trabajos antes mencionados -que permanecieron ocultos hasta bien entrado el siglo XXI-, después de muchos bocetos y estudios preparatorios (como Cristo en el departamento, Cristo en el garaje, Magdalena, Enigma doloroso…), las pinturas de Las Heras fueron inauguradas el 21 de junio de 1981. No es posible para quien las observa -y sobre todo no lo era para quienes las observaban en ese momento- soslayar la alegoría ni el sentido.
Lo que un artista muestra y lo que oculta obedece seguramente a motivos opacos y misteriosos, como también misteriosas son sus debilidades y sus valentías. La obra última de Antonio Berni (pinturas, murales y dibujos) ofrendan el testimonio impresionante y radical de una sordidez cuyos efectos no terminan de quedar atrás.

Sábado, 11 de Marzo de 2026.
*El autor es investigador del Conicet y docente de la UNSAM.

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