
El Espejo de la Tierra: Los derechos humanos frente a la frontera étnico-estatal – Por Alejandro Rivas
7 agosto, 2026El 15 de julio en Atlanta, jugadores de la selección argentina exhibieron el «trapo» con la leyenda «Las Malvinas son argentinas». El 25 de julio pasado, la hinchada de Newell’s colgó una bandera enorme que decía «Las tierras no se venden; las tierras se defienden». Durante el mundial de fútbol la bandera conectó con la potencia de una memoria histórica. Dos semanas después, ya en Argentina, se puso en escena un imaginario que se volvió más enfático: propuso que la justicia también pasa por la tierra y el agua, el aire y el fuego.
Pablo Alabarces*
(para La Tecl@ Eñe)
Banderas en tu corazón, yo quiero verlas/
Ondeando, luzca el Sol o no/
Banderas rojas, banderas negras/
De lienzo blanco, en tu corazón.
1.
¿La culpa fue de la bandera?
El 4 de febrero de 2018, la hinchada de San Lorenzo lanzó lo que luego se conoció como «el hit del verano»: la copla «Mauricio Macri la puta que te parió». El 18 de junio de 1981, el público rosarino, en un amistoso entre la selección argentina y un combinado de futbolistas santafesinos, le cantó al dictador Viola «Con Perón comíamos jamón, con Videla mortadela y ahora Viola nos chupa bien las bolas», luego de abuchearlo con minucia. El 24 de octubre de 1981, la hinchada de Nueva Chicago cantó la Marcha Peronista en su estadio, por lo que la Policía Federal detuvo a cuarenta y nueve hinchas a los que obligó a trotar hasta la comisaría. El partido siguiente, la hinchada cantó el «Arroz con leche» en su versión original («me quiero casar, con una señorita de San Nicolás».)
Macri no perdió las elecciones de 2019 gracias a la hinchada cuerva, ni Viola cayó en diciembre de 1981 por culpa del abucheo popular, ni la dictadura se derrumbó en 1982 gracias al coraje de los muchachos de Mataderos –un gesto de resistencia, sí, al que no muchos se animaban entonces–. Las relaciones entre el fútbol y la política son mucho más complejas, y por eso mismo mucho más interesantes que una mera consecuencia causa-efecto. Ni siquiera puede sospecharse una representatividad, una suerte de encuesta según la cual un estadio se transforma en una muestra sociológica encuestable.
Pero algo hay. Podemos llamarlos indicios, podemos llamarlos huellas, podemos interpretarlos y proponerlos como conjeturas (cualquiera que haya leído al Carlo Ginzburg de «Mitos, emblemas, indicios» entenderá de qué estoy hablando). Los estadios no anuncian nada, necesariamente, pero sí dejan ver algo –como también dejan ver el racismo que ejercitan contra los migrantes de países limítrofes o los jugadores afrodescendientes, o la homofobia recalcitrante en cada «a estos putos les tenemos que ganar» –. El problema es sacar conclusiones rápidas y profecías imposibles.
2.
Posiblemente, sea al revés: esos fenómenos futboleros permiten ver algo que hasta ese momento es brumoso, oculto, a veces clandestino. No reflejan algo que no existe, sino que ponen en la superficie algo reprimido: el estadio se imagina como un lugar libre de represiones, y por eso pueden violarse la prohibición y la censura. Pero son momentos excepcionales, no constituyen la norma: la regla es el tribalismo, el aguante, el chiquitaje de la pequeña identidad. Por eso mismo, cuando aflora otra cosa, hay que leerla con atención, sin comerse buzones.
El 25 de julio pasado, la hinchada de Newell’s colgó una bandera enorme que decía «Las tierras no se venden; las tierras se defienden». La Policía santafesina, por orden directa del gobierno provincial, los obligó a sacarla. Nuevamente: no se trata aquí de heroísmo ni de reflejo. Cuando las hinchadas rosarinas cuelgan banderas de sus grupos narcos, tampoco reflejan absolutamente nada. Pero ese sábado, la hinchada había decidido sintonizar con algo que venía de afuera del estadio. Había comprendido que la norma de la apoliticidad podía y debía ser violada, y que el estadio era el sitio perfecto.
Lo mismo que había pasado el 15 de julio en Atlanta. El gobierno norteamericano, la CIA, el ICE, el Pentágono y la ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva (esa muchacha que repite todo el tiempo «el que las hace las paga») habían prohibido expresamente cualquier bandera o imagen con «el mapita de Malvinas», como dijo la señora. Era obvio que alguien iba a violar la regla.
La respuesta a la pregunta «cómo la entraron» la sabe cualquiera que haya entrado elementos prohibidos a un estadio argentino.
3.
La relación entre la bandera “Las Malvinas son argentinas” y el partido con Inglaterra estaba anunciada desde 2022. No podía sorprendernos. Esa copa se ganó cantando “En la Argentina nací/tierra de Diego y Lionel/y los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”. Tres señales de una memoria popular, que puede equivocarse, pero que muchas veces la pega. Pero, para colmo, porque el fútbol tiene eso de imprevisible, todo ocurrió del modo excepcional en que ocurrió y no de cualquier otro: el equipo ganó, pero como ganó, la bandera apareció pero como apareció. Todo podría haber sido de otra manera, pero ocurrió de ese modo: ganando en cinco minutos un partido chivísimo, traficando una bandera hecha en un hotel envolviendo una botella para darle peso y esquivar al secuestro de la seguridad, cayendo a los pies de Lo Celso que la levanta y la exhibe y obliga (por favor, entendamos el «obliga» como un gesto moral y no autoritario) a todos los jugadores a festejar con ella como protagonista.
Hace tres semanas dije, en esta revista, que ese gesto inaudito e imprevisible, en un equipo distanciado de cualquier política, era tan valioso como efímero, a menos que impactara en una memoria popular. Me cito: «El recuerdo de Maradona o el triunfo de Qatar permanecen, porque se guardan en esa memoria infalible –me rectifico: a veces no es tan infalible. Pero confío más en ella que en el marketing». También dije: la visibilidad de ese gesto produce efectos. No me jacto de ninguna profecía; no tenía ninguna idea de hacia dónde podía dispararse y mi pesimismo estaba a punto de caramelo. A veces, equivocarse está buenísimo.
4.
La bandera conectó con esa memoria, movió algo escondido, puso en escena un imaginario potente: un país unido, sin divisiones, reclamando justicia –porque, claro, el reclamo por Malvinas es justo, sin necesidad de reivindicar una guerra inútil o volverse patriotero y guerrerista–. Dos semanas después, ese imaginario se volvió más enfático: proponiendo que la justicia también pasaba por la tierra y el agua y el aire y el fuego. No era un desplazamiento sencillo, pero se hizo.
Esas conexiones son las que deben producir la política y los políticos. No lo hacen, por sus chiquitajes y sus ignorancias y su dependencia de las encuestas, antes que de una buena oreja popular. Es tan sencillo y difícil a la vez: saber escuchar y saber orientar los reclamos en una dirección igualitaria.
La bandera no inventó nada que no estuviera ya en esa memoria, alimentada por militancias tan inclaudicables como invisibles y que se suponían desplazadas y enterradas por la máquina fascista del mileísmo. Activó una atmósfera distinta, que se pensaba definitivamente clausurada: la lucha por una sociedad más justa, una justicia que no incluye la venta del territorio ni la quema de sus árboles. Ahí desaparecen las unidades imaginarias y reaparece el motor de cualquier sociedad: el conflicto, que se expresa en la calle.
Ese es el recorrido. Siendo muy esquemático: va de la calle al estadio y de allí vuelve a la calle. En el medio, dialoga con las memorias, con los imaginarios, con el deseo de justicia, que no va a desaparecer mientras la injusticia sea una experiencia cotidiana. Y todo esto no significa –no debe significar– ningún optimismo ciego. No nos olvidemos: fue una victoria a medias, y para colmo nos cagaron a palos. La lucha continúa.
10 de agosto de 2026.
*Sociólogo y ensayista. Inestigador en CONICET. Profesor Titular Plenario de la UBA. Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales-UBA.

Seguí acompañándonos: Sumate a la campaña «Colaborá con La Tecl@ Eñe».
La Tecl@ Eñe viene sosteniendo, desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000 ó $10.000. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Tu aporte es importante para seguir adelante.
Muchas gracias.
Alias de CBU: Lateclaenerevista


