
Anatomía del odio – Por Gabriel Martínez Picco
13 agosto, 2026Las desestabilizaciones anímicas y psíquicas pueden ser leídas sólo como patológicas. Malas, indebidas, avergonzantes. Algo a acotar o curar. Pero, ¿acaso hay una posibilidad de hacer a partir de la desestabilización?
Por Sofía Guggiari*
(para La Tecl@ Eñe)
Ella se desploma en el sillón. Me dice que está muy desbordada. Fuera de sí. No sabe cómo empezar. Ni por dónde hacerlo. Su cuerpo late como late su corazón. Y su respiración es entrecortada. «Es mucho lo que siento, como no me voy a poner así». «Este dolor no entra en ningúnlugar».Está enojada, sacada y desde su temblor comienza a hablar. Entonces sus palabras salen desbocadas de su boca. Grita, llora, como si no hubiese nadie más. Y así permanece un rato hasta que de pronto hace una pausa. Respira y mira alrededor. Me descubre a mí del otro lado. Se acomoda en el sillón y dice que está sorprendida. Profundamente avergonzada. «Qué desubicada».Y yo que me había quedado escuchando, que había quedado temblando como ella, como las tantas otras veces que supe temblar, sentí alivio. Algo se había ensanchado. Algo finalmente se había hecho un lugar.
Hay muchos modos de leer y nombrar la angustia. Pánico, ansiedad, acting, desborde, pasaje al acto. Muchas maneras de hacer algo en cada caso singular. Pero lo que me interesa acá es ese encuentro particular de desmesura: exceso que desborda al yo. Recordándole su pequeño lugar en el asunto. Ese punto de conmoción. Momento en donde el dolor nos muestra otro modo de vibración. Nos susurra una clave. Fuerza que excede toda estadística, codificación y representación. Que resquebraja los significados que tenemos a mano. Esa sensación de partirse a la mitad. Quedando una, al mismo tiempo avergonzada, fuera de los buenos sentidos de la normalidad. La desestabilización anímica y psíquica como el punto de resquebrajamiento entre el esfuerzo del decoro y el ridículo. ¡Qué sacada estás! Sacada o fuera de lugar. Porque claro, una no se encuentra en el lugar donde tendría que estar, haciendo lo que debería hacer.
Quiero quedarme pensando un rato sobre ese momento de angustia tan aterrador como llamativo: ese momento incodificable.
¿Cómo no quedar sacada o fuera de sí con el dolor que produce este mundo terrible?¿Qué lugar hay para la desestabilización como exceso en nuestros modos de entender eso que llamamos salud mental? ¿Qué hacemos con ese sinsentido que nos da tanto terror? ¿Por qué se vuelve algo indecoroso y vergonzante? ¿Qué mundos nuevos se abren, qué sentidos otros nacen, se producen? Como el conejo blanco de Alicia, ¿a dónde nos guía ese punto incodificable? Quizás para hacer otra cosa distinta de lo que hacen con nosotrxs, tenemos que dejar entrar un poco al temblor.
«Corazones rotos» (Coloquio de Perros, 2026) es un libro precioso de Gargi Bhattacharyys, una socióloga nacida en Inglaterra en el seno de una familia de inmigrantes bengalíes. A Gargi no le interesa el sentido del malestar ni decir que este sirve para algo. Ella insiste en que no hay política transformadora sin que se nos parta un poco el corazón. Y piensa la conmoción al límite del ridículo. Dice: «El éxtasis contiene esta incertidumbre, este mismo vértigo, la misma disolución de los bordes. El corazón roto bordea el reino del éxtasis, con la misma resistencia de la pérdida del yo». El dolor hace que te olvides de vos. Ahí donde vos, yo, buscamos controlar. Por eso no se expresa sin pasar por la ridiculez. Pero ojo, que un olvido del decoro también puede ser una forma de alivio. Y más cuando sostener el decoro supone una obediencia erótica y vital.
La desestabilización y la conmoción guardan ese parecido con el dolor del corazón roto de Bhattacharyys. Se resisten a ser nombrados del todo: resisten en su anonimato. Un lugar donde el sentido no puede llegar. Guardan la forma de una incógnita: ¿qué es esto que me pasa a mí? Incluso la angustia puede ser la que nos lance al desborde, al vértigo, éxtasis, a la desmesura. Así me dijo ella: “cómo no voy a estar así, si este dolor no entra en ningún lugar”.Y ahí, cuando el gesto es inadecuado, desmedido, imposible de ser leído en los lenguajes compartidos, finalmente una se siente ridícula. Virginia Woolf en «La enfermedad como experiencia”«(Omnívora, 2024) dice que en la enfermedad hay algo incomprensible. Una cierta franqueza.En donde se elabora otra sensualidad. Otro orden de las pasiones que“la prudente respetabilidad de la salud suele esconder”. En la salud se renueva y se sostiene una ficción que a veces se vuelve intolerable. El arrojo del malestar interrumpe el decoro de la normalidad.
Y… ¿no es acaso arrojo lo que necesitamos?
Las desestabilizaciones anímicas y psíquicas pueden ser leídas sólo como patológicas. Malas, indebidas, avergonzantes. Algo sólo a acotar o curar. Pero acaso hay una posibilidad de hacer a partir de la desestabilización. ¿Qué afectos, intensidades, insistencias, aparecen cuando estamos desbordadas? Afectos que no estaban entrando de otro modo en el esfuerzo de seguir sin que nada nos exceda. Esa pregunta en sí misma es un modo de contacto con otrxs. Esxs otrxs que se sostienen en la escucha y en la presencia. Bordes del otro lado. Sin esxs otrxs quizás las fuertes conmociones y las grandes desestabilizaciones son sólo terrores psíquicos. Y a los monstruos en el ropero nadie les quiere hacer un lugar.
No quiero festejar el sufrimiento que produce la sensación de estar sin límite. Y lo digo por propia experiencia. Pero tampoco el simulacro obediente a la normalidad. ¿Cómo estar enteras en un mundo tan dañado? Como dice Bhattacharyys: «es peligroso pensar que el corazón roto de nuestro mundo roto tiene algún sentido. Pero creo que no hay sueño de un mañana distinto sin que se nos parta un poco el corazón hoy». No hay sueño de un mañana sin hacerle un lugar a eso que no se entiende del dolor. Eso que nos vuelve desmesuradas y ridículas a los ojos de las buenas costumbres.
Nosotras, las desestabilizadas anímicas, portamos una invitación: volvernos, aunque sea por un instante, incodificables.
La utilización de lenguaje inclusivo es decisión de la autora.
13 de agosto de 2026.

*Psicóloga.

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