

No se puede escribir sobre el golpe del ’76 sobre una marca indeleble. No es un recuerdo. Ni una repetición. Vive en nosotrxs, y no sólo como horror sin nombre, sino como terror punitivo interiorizado.
Por Sofía Guggiari*
(para La Tecl@ Eñe)
1.
Lo que sé del exilio de mi abuelo es que lo fueron a buscar a su casa. Estaba en el piso de arriba con un grupo terapéutico. Habían decidido continuar con la obra de teatro Telarañas, a pesar de que lo habían instigado a que no la hagan más. Los pibes que se lo quisieron llevar, primero hablaron con el secretario que trabajaba con él y que les había abierto la puerta. Le dijeron que eran gasistas.
– Es urgente hablar con el Doctor.
–¿Yo qué tengo que hablar con los gasistas?, le dijo mi abuelo al secretario cuando interrumpió la sesión grupal.
Uno de los pacientes lo alertó, sabiendo lo inminente: no son gasistas Tato, estos te vienen a buscar. Su mujer y su hijo Federico habían quedado atados en la planta baja, mientras el grupo lo ayudaba a escaparse por la terraza de la parte de atrás. Él siempre decía que hacer grupos era peligroso. Hacer grupos y hacer teatro también. Porque se juega, pero se juega en serio, uno sale del mundo de lo concreto, imagina otros modos de ser, otros modos de vida, otras formas de estar.
Me pregunto, mientras escribo tomada por sus palabras: ¿hay una relación entre una erótica del riesgo y el entusiasmo de creer que es posible otra vida juntxs?
2.
No quiero ni puedo escribir un texto sobre una efeméride. No quiero ni puedo escribir sobre una conmemoración. Porque no es esa la fuerza que intenta escribir en mí. Lo que quiere escribir es una intención desesperada por arrojarse a lo impensado. Quiere escribir un asombro que interrumpa la desazón. Una vitalidad errante que a su paso contagie como el ímpetu de la corriente del río, y que se lleve consigo esas formas no vivas de la representación. Escribir una fuga contra este realismo del nada podemos hacer. Un balbuceo incesante. Cuando intento escribir sobre el golpe del ’76, me doy cuenta que no se puede escribir sobre una marca indeleble. No es un recuerdo. Ni una repetición. Porque vive en mí y en nosotrxs. Y no sólo como horror sin nombre, sino como terror punitivo interiorizado. Poder que inhibe y castiga cuando se pone en marcha una máquina imparable y peligrosa: la imaginación
3.
No te metas en eso, nosotrxs no tenemos nada que ver.
Tela que hace el tejido común.
Lo siniestro desencanta los mundos hasta volverlos hacia dentro.
Individualiza.
Pone cercos y vallas.
Separación, donde tendría que haber inmersión.
Desánimo, donde tendría que haber potencia de composición
El veneno perfecto para lo que germina.
¡Sin salida y encerradxs en nosotrxs mismxs! ¡Sin otro lugar a donde ir!
Y así vivimos, producimos. Existimos.
Yo no me siento parte de esta ecología que me rodea; está ecología que me rodea nada tiene que ver conmigo
La vida del no tenemos nada que ver es una vida que se achica en sí misma.
Se descompone, se desanima y se deserotiza.
Una vida que deja de reinventarse y experimentar.
4.
Sabés Tato que yo encuentro en ese pasado común y personal una contraseña para leer el presente. Pero no, no quiero copiar tus formas. Hacer lo mismo, o quedarme capturada por lo que no fue. Quiero llevarme tus fuerzas. Como gestos de raíz. Yo creo que nos quieren hacer creer que hay una sola vida, una sola realidad. Pero no. Tampoco creo que imaginar sea ir hacia adelante. Hacia el progreso. Eso es producir un ideal. A veces, el mandato del ideal inhibe. No sé, quizás me equivoque Tato, pero me gusta pensar que imaginar es producir una grieta y abrir un mundo en el presente. Que le dispute el entusiasmo a este mundo del cual creemos no podemos salir. Una contra-ética frente al aislamiento y al terror. Una contra-ética ante el individualismo.
Como decías vos: para jugar en serio hay que salir del mundo de lo concreto. Y también decías que sin la imaginación la psicoterapia se muere. Hay que hacer poesía. Sorprenderse. Lo terrible es dejar de hacerlo, porque en ese punto trágico muere la creación. Por eso me entusiasma la ética de la experimentación, Tato. Porque imaginar es puro entrenamiento. Y hacerlo requiere, antes que nada, olvidarlo todo por un instante y comprometerse sin contrato con el cosmos de una poética radical.
*Psicóloga.

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