

Teatro Abierto enfrentó a la dictadura desde el escenario con las armas del arte. La huella que dejó la experiencia de Teatro Abierto aún perdura. El problema es que las huellas de la dictadura también acechan el presente.
Por Osvaldo Quiroga*
(para La Tecl@ Eñe)
La noche del 6 de agosto de 1981 no fue una noche más. La dictadura militar, aun en su declive, tenía la potencia necesaria para continuar el trabajo de destrucción sobre las fuerzas populares que había empezado en marzo del 76. Pero esa noche, en la que las funciones de Teatro Abierto colmaban la sala y las actrices y actores exponían su propia vida en cada función, dado que los llamados grupos de tareas podían ingresar al teatro y matar o secuestrar al voleo, algo quedó demostrado de manera contundente: las fuerzas de la cultura enfrentaban el horror con las armas del arte.
En la esquina del Pasaje Enrique Santos Discépolo y Corrientes la gente de teatro se reunía con periodistas –yo era crítico de teatro del diario La Nación– y mientras las llamas destruían la sala principal, más que lágrimas en los ojos todos teníamos la voluntad de seguir adelante con el proyecto. Hoy, a cincuenta años del golpe, sigo pensando en la valentía de los intérpretes, directores, dramaturgos y técnicos que se jugaban la vida en cada función. Porque el teatro ha sido siempre y será cosa de cuerpos. Los cuerpos de actrices y actores y los cuerpos de los espectadores. Nada más. Los dictadores saben que no hace falta leer a Spinoza para intuir todo lo que puede un cuerpo. Para ellos un cuerpo en acción es siempre un blanco.
Las obras que se presentaban en Teatro Abierto aludían a la dictadura. Las metáforas sobre el horror cruzaban una y otra vez el escenario. Los dramaturgos, valiéndose de diversos procedimientos estéticos, daban cuenta de la barbarie de la dictadura, de sus cárceles ocultas, de los sótanos donde se torturaba, de las embarazadas que parían, de los Ford Falcón que atravesaban la ciudad con sus ametralladoras exhibidas en las ventanillas y de los ecos de los vuelos de la muerte que arrojaban a seres humanos al Río de la Plata. Casi todos teníamos un amigo desaparecido, un hermano en el exilio, una novia pedida para siempre y cierta tristeza a la que se la combatía con la acción.
Teatro Abierto contó con la generosidad del empresario Carlos Rotemberg, que inmediatamente ofreció el Tabarís para que continuaran las funciones. El resultado fue un notable éxito de público y de crítica. Una vez más el teatro había demostrado que las espadas de utilería pueden enfrentar y triunfar en más de una batalla. La huella que dejó la experiencia de Teatro Abierto aún perdura. El problema es que las huellas de la dictadura también acechan el presente. Por eso es tan importante para el gobierno de ultraderecha de Milei librar lo que él llama, desde su infinita ignorancia, la batalla cultural.
Roland Barthes sostiene que la palabra es irreversible, no es una fatalidad. Las formas del decir no están separadas de lo que se dice. El lenguaje de los nuevos fascismos es binario y elemental. El pensamiento más profundo no admite certezas y hace de la incertidumbre y del temblor su mayor virtud.
Ahora bien, ¿qué pasa con nuestra sociedad a cincuenta años del golpe cívico militar? Lo primero que salta a la vista es que el plan del nefasto José Alfredo Martínez de Hoz se impone en la economía y en las leyes que pretenden regir los sistemas de esclavitud contemporánea. Pero no es solo eso. La poeta chaqueña Claudia Masin va un paso más allá cuando escribe: “¿Qué es para mí una posición política? Hacer estallar lo que el sentido común de una sociedad y de un tiempo dictan como lo normal y lo valioso; exponer su inconsistencia y, fundamentalmente, dejar de escribir lo que nos fue dictado como si fuera propio”. En definitiva, se trata de volver sensibles las ideas, de crear una comunidad del sentir que haga posible un tejido vivo de experiencias y creencias comunes. Eso fue lo que hizo Teatro Abierto en su momento y eso es lo que hace el arte con las cosas. Crea un lenguaje que transita un camino que no se queda atrapado en lo fáctico. Digámoslo de otra manera, cuando Wittgenstein habla de los juegos de lenguaje pone al descubierto cómo funciona la sociedad. Frente al fracaso del lenguaje del progresismo, que a duras penas pudo sostener las apariencias de la democracia y de las formas del Estado, se abrió camino el lenguaje brutal y pornográfico del todo vale. Aquello que se dice sin velo y sin vergüenza se impone en el habla cotidiana. Y entonces vuelven “los negros de mierda” a los que hay que destruir, y toda protesta es obra de “terroristas”, y un hijo “se puede vender porque es mío y hago lo que quiero con él” y “si te morís de hambre es culpa tuya” y “si sos discapacitado arréglate como puedas” y los ejemplos podrían seguir y ser mucho peores. Jacques Ranciere habla de la invención de una forma de vida por una forma de lenguaje e inseparablemente la invención de una forma de lenguaje por una forma de vida. De eso se trata.
A cincuenta años del golpe vienen a mi memoria las Madres de Plaza de Mayo frente a los caballos de la dictadura, las Abuelas buscando nietos, las pibas y los pibes militando por leyes que amplían derechos. Pero también irrumpen las imágenes de aquellos que se fueron sin el supremo bien de morir en paz y tener sepultura. Alguien dijo que un cuerpo sentido en otro cuerpo se vuelve una casa. El lenguaje no incluye sólo la comunicación. Abarca también las creaciones, las relaciones entre los cuerpos y lo escondido en el inconsciente. No hay respuestas, solo formas de responder ante la vida. Nadie imaginó que Teatro Abierto podía enfrentar a la dictadura desde el escenario. Abrirse a lo inesperado es siempre un paso imprescindible. El pasado es un tiempo que debe ser redimido en el presente. A las barbaries que se renuevan hay que enfrentarlas con otras herramientas. Sin olvidar el pasado poblar el instante presente. Estar, cada vez, donde se está.
*Periodista especializado en Cultura, creador de los programas El Refugio y Otra Trama. Actualmente al frente de El Refugio en la radio de Las Madres de Plaza de Mayo, AM 530 Somos Radio

La Tecl@ Eñe viene sosteniendo, desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000 ó $10.000. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Alias de CBU: Lateclaenerevista