
A cinco meses de las presidenciales de octubre de 2026, el presidente de Brasil enfrenta su última gran batalla: buscar la reelección en un escenario de polarización extrema, encuestas ajustadas y un adversario que representa la continuidad del bolsonarismo.
Por Iván Ambroggio*
(para La Tecl@ Eñe)
“Tristeza não tem fim, felicidade sim”, cantaba el poeta Vinicius de Moraes en la emblemática “A Felicidade”. En Brasil, donde la alegría es casi un deber nacional pero la política una arena de batallas feroces, esta fragilidad de la felicidad electoral define el momento actual de Luiz Inácio Lula da Silva. A cinco meses de las presidenciales de octubre de 2026, el veterano líder del PT enfrenta su última gran batalla: buscar la reelección en un escenario de polarización extrema, encuestas ajustadas y un adversario que representa la continuidad del bolsonarismo.
El pragmatismo y la resiliencia de Lula remiten directamente a modelos teóricos del comportamiento electoral analizados en literatura académica sobre la temática. Lejos de un votante puramente ideológico o de identificación partidaria rígida (modelo de la escuela de Michigan), los brasileños responden a una combinación de proximidad ideológica, dirección del cambio respecto al statu quo y, sobre todo, evaluaciones pragmáticas de beneficios concretos, tal como propone la teoría unificada de Merrill y Grofman (1999). Lula encarna esta hibridez: un líder con fuerte identificación partidaria entre sus bases históricas del Nordeste, pero capaz de moverse con flexibilidad direccional para corregir el statu quo económico que más le duele a la clase media baja.
Las encuestas lo muestran en un empate técnico con Flávio Bolsonaro, el primogénito del expresidente preso, quien se presenta como un “Bolsonaro moderado” con mayor experiencia legislativa y capacidad de diálogo con el “centrão”. Flávio capitaliza la lealtad emocional bolsonarista – Dios, patria, familia y libertad – y el resentimiento antilulista que sobrevive pese a los logros de la gestión actual. El bolsonarismo, lejos de desaparecer tras la condena de Jair, mantiene una base movilizada que usa el voto como mecanismo de corrección direccional contra lo que percibe como exceso de poder del PT.
Lula, sin embargo, despliega un manual de supervivencia política que combina modelos. Su pragmatismo se evidencia en medidas como el “Desenrola 2.0”, un programa de alivio de deudas para familias de clase media y baja con ingresos hasta 8.100 reales, que permite renegociar obligaciones con descuentos de hasta 90%. Ante un electorado endeudado y asfixiado por tasas altas, esta intervención directa en el bolsillo busca aumentar la utilidad percibida mediante proximidad en temas económicos cotidianos, atrayendo a votantes moderados que evalúan resultados más que discursos.
Paralelamente, Lula juega al “TEG” electoral, sacrificando candidaturas propias en distritos clave para tejer alianzas transversales. El PT resignó encabezamientos en varios estados del Sur y Centro-Oeste, donde el bolsonarismo avanza, para sumar gobernadores y estructuras locales que le garanticen votos. Alianzas con PSB, PDT, Unión Brasil, Progresistas, MDB y PSD demuestran una estrategia de convergencia centrípeta que amplía su coalición más allá de la izquierda tradicional, captando nichos institucionales y territoriales. En San Pablo, apuesta fuerte con ministros y su delfín Fernando Haddad.
En el frente internacional, Lula no descuida la diplomacia. Su reciente visita a Donald Trump en la Casa Blanca buscó eliminar aranceles, cerrar investigaciones comerciales y, fundamentalmente, neutralizar cualquier intervención estadounidense que pudiera inclinar la balanza hacia Flávio. Pragmatismo puro: priorizar negocios y estabilidad sobre afinidades ideológicas para evitar que Trump se convierta en factor externo de cambio direccional.
Este escenario es duro. La polarización moral e ideológica resiste los buenos números macroeconómicos (empleo, reducción de pobreza, inversión). La identificación partidaria bolsonarista actúa como ancla emocional difícil de erosionar, mientras que Lula debe enfrentar la fatiga de ser percibido como “mercancía caducada” y la demanda de renovación generacional. Su resiliencia radica en entender que los votantes no eligen en abstracto: combinan lealtad, cercanía en temas clave (economía, deudas, seguridad) y percepción de dirección futura. Medidas de alivio económico, alianzas amplias y narrativa de legado frente al riesgo de retorno del caos golpista son sus herramientas principales.
En términos de marketing político, Lula vende experiencia y resultados tangibles contra un adversario que vende continuidad familiar y valores. Su desafío es convertir la gestión en voto útil entre moderados y desencantados, usando el statu quo económico actual como punto de partida para prometer más estabilidad y corrección de inequidades.
Como sostiene Jaime Durán Barba, uno de los referentes del marketing político contemporáneo: “La estrategia es un plan general que orienta todo lo que se hace y se deja de hacer, todo lo que se comunica o se deja de comunicar en una campaña”. Una frase que subraya con precisión que las decisiones electorales deben basarse en un diseño profesional, sustentado en datos, investigación y un profundo entendimiento del votante – y no en la intuición, el voluntarismo o la improvisación.
Jueves, 14 de mayo de 2026.
*Analista internacional, consultor político, Profesor de Opinión Pública y Comportamiento Político Electoral en la Universidad Siglo 21.

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