

«Un destino común» compendia intervenciones públicas de Lucrecia Martel, directora argentina que cree en un mañana mejor que este Apocalipsis.
Por Hernán Sassi*
(para La Tecl@ Eñe)
Una obra de arte es buena cuando surge de la necesidad.
Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke
I.
Hay “escritores de escritores” que no son elegidos por el gran público, pero sí por quienes conocen un oficio y la tradición. Martel es directora de directores, pero también responsable de un cine que hace de la incomodidad un acto de liberación. No lo buscó, pero condenada por su genio, ocupa la marquesina de festivales prestigiosos y el escenario de foros paquetes que usó en un principio para dar cátedra de cine y, desde hace años, para conminar a que no malgastemos la bala de plata de la especie.
Su diagnóstico es el mismo que el de un presidente que viene del futuro: la distopía planificada. Pero Martel, que aprendió de pueblos ancestrales que el futuro, es en realidad el origen, no viene a traer la buena nueva del sapo en la olla de los mil-millonarios, sino a hacer que saltemos como leche hervida.
Bajo impecable edición de Malena Rey y Pablo Marín, «Un destino común» reúne conferencias, clases y también diálogos públicos de Martel (con Leila Guerriero, Carla Simón y César González). En días de redes sociales, charlas TED y conversatorios en que todos tenemos algo para decir, es sanador acallar el ruido ambiente y escuchar, con la lectura, a quien realmente vale la pena.
II.
Somos menos que un pobre indio sacando plata del cerro Potosí para enviarla a un país extranjero. Nos sacan y no nos dan nada.
Lucrecia Martel, Un destino común
Mientras prepara «Zama» e imagina cómo llevar algún día El eternauta al cine, entre otros textos, Martel lee crónicas de indias.
En una de ellas, un funcionario de la corona escribe: «A toda hora que me levante y que camine por la ciudad, encuentro indios insomnes».
«El mundo que conocían había sido tan desmembrado que nadie sabía cómo reaccionar», comenta Martel.
Si bien para ella lo que vivimos “no ha sucedido nunca”, de algún modo «somos indios insomnes porque hay algo que se nos está cayendo a pedazos delante de nuestros ojos «, agrega, quien sostiene que la única diferencia entre sonámbulos viejos y nuevos es el modo de soportar el Apocalipsis, con Clona y Netflix, en nuestro caso.
«¿Y qué significa ser indio insomne?”, se pregunta. “Significa que vamos a gastar muchísimo más el cuerpo, vamos a estar agotados. Vamos a tener que usar las horas que eran de descanso para inventar, porque las otras, las del día, las vamos a tener que usar para ganar dinero para pagar el gas, la electricidad, el alquiler», responde una de las mejores directoras del país más cinéfilo de la región, hoy sin cine, pero con directores.
«Tenemos que inventar nuestros experimentos a oscuras en la noche, con insomnio, encontrándonos con gente con insomnio también», propone alguien que se asume de un “optimismo enfermizo”.
Incómoda con los que no filman si no reciben subsidio del Estado, y refractaria a quienes nos llenamos la boca sin actuar, para Martel «no hay que resistir, hay que inventar», […] “hay que inventarse una fe”.
“No hay una dirigencia política que esté pensando en un destino para nosotros”, dice. Cuando los políticos parecen habernos abandonado, cuando padres y madres están en otra, cuando quien está al frente del aula ya no está al frente, hay artistas que se le animan al nihilismo y hasta se vuelven “pastores evangelistas […] con la obligación de levantarnos el ánimo”, como se reconoce la propia Martel, quien escribe cartas para los jóvenes poetas del mañana, y como el maestro Simón Rodríguez a Bolívar, nos conmina: “O inventamos o erramos”.
III.
“De tanto que lo vemos todo ya no vemos nada”.
“La cueva de Chauvet” de John Berger
Martel habla con el Chat GPT. Es un diálogo no de un desesperado que busca consejo de una máquina, sino de una lectora de Heidegger, cuyos aportes sobre la Técnica conoce bien.
Martel tiene claro que hemos elegido ser siervos de las máquinas, siendo la peor la que impide ver y escucharnos. Cree que, como en el Siglo XIX, el problema sigue siendo la extensión. Solo que en el XXI nuestro cuerpo se volvió dependiente del espacio ínfimo de la pantalla por medio de la cual interactuamos solo con personas que piensan como nosotros. No sucede “por obra y gracia del espíritu santo”, como habrían dicho las monjas de su colegio de infancia, sino por la iniciativa de un puñado de magnates que han logrado que hasta el tiempo se supedite a lo que dicta la pantalla.
Mientras la humanidad acepta el retorno a la servidumbre, Martel advierte que hay también “una guerra silenciosa”, un sometimiento cultural “sin soldados” que hace a un lado todo modo de narrar alternativo. Fuera de la alienación laboral, somos esclavos tanto de narrativas minúsculas (Tik Tok, reels) como de narrativas sin fin (Plataformas, Youtube).
Desde hace años encuadra a ese sometimiento en algo mayor que llama “obediencia visual”, el modo en que Occidente no solo homogeneizó lo que vemos, sino más aún, puso a la vista por sobre el oído, que es, según Martel, mucho más libre, y según aprendió de la cultura guaraní, un portal único para “escuchar el tiempo”.
Como acto disidente, desde hace años desarrolla toda una teoría del tiempo y el sonido. No es teoría de sabihondos, sino fruto del trabajo en el cine y de la escucha de la vida cotidiana. La comparte no para darse corte, sino “para darse ánimo”.
Si hemos perdido la capacidad de ver, entre otros, a gente durmiendo en la calle y a comunidades originarias que luchan por su tierra, Martel cree que, tanto el deambular por la ciudad cuanto la recuperación de la escucha, pueden “devolvernos la atención sobre el espacio”, nuestra “casa común”, como dijera Francisco, a la que convertimos en un lugar siniestro y lejano.
Martel advierte que la “clase media blanca tiene el discurso bastante agotado”. Cree que “perdimos la mirada sobre la complejidad del mundo, y en particular, sobre la pobreza”. No está de más que nos recuerde, con el pudor que nunca esconde por venir de la clase acomodada salteña y con mucho amor al prójimo que falta en propios y extraños, que bañarse con agua caliente, tener comida en la heladera, y viajar cómoda y velozmente son privilegios de cada vez menos personas.
Con una pastoral cada vez más encendida, Martel quiere “sacudir la estupidez” y hacer una “rajadura en la realidad”. No sólo el cine puede, cree, también la educación.

IV.
Inventen el futuro de la música, el cine, la educación.
Lucrecia Martel, «Un destino común».
A veces un artista es solo un artista. A veces, también un maestro. Cualquiera, con título y todo, puede no serlo nuca; así como cualquiera con ganas, portero o costurera, deportista o artista, puede serlo realmente.
Martel es de las pocas a quien le cabe la pompa de la “clase magistral” con que la promocionan quienes la invitan. Hoy enseña desde un estrado, pero viene haciéndolo con su cine. Ficciones o documentales, cortos o largometrajes, en el mundo de Martel es tan importante lo que se ve como lo que se escucha.
Martel se pregunta: “¿qué nos aportó el cine argentino para vivir?”. Entre muchas otras cosas, ella enseñó a escuchar, que es un modo de ver, pero, además, un arte que hay que saber cultivar.
Martel propone que hoy, más que nunca, tenemos que escuchar.Insta a trascender lo partidario, lo generacional y el género. Quien propone inventar categorías de observación del espacio, quien pide a los jóvenes volver a usar el cine de modo hipnótico, cansada de películas hechas por mujeres que hablan de mujeres, de hombres que hablan de hombres, de negros que hablan de negros, pide conversar con quienes no se aferren a tendencias.
Perdida la rutina de ir al cine, caja de resonancias de otras voces, otros ámbitos; Martel confía en otro espacio gregario para el diálogo, la escuela. Felicita a los responsables por el retorno de las escuelas técnicas y propone que la escuela enseñe a ver el mundo, y que la educación vuelva a poner los conocimientos al servicio de la invención.
Martel da por cierta “la monstruosidad de la época” y considera que, frente a ella, tenemos que asumir la responsabilidad política de “inventar cómo queremos que sea el futuro”. El arte y la educación deben surgir de esta necesidad, para ella, vital.
Como hicieron Verne y Philip Dick, dice Martel, hay que “inventar el futuro”. Pieza también artística surgida de la necesidad, este conjunto de charlas editado por Caja negra no es un libro de horas, sino un manual de instrucciones para inventar “un destino común”.
El primer ministro de educación que comprenda el desafío menos de este siglo que de la humanidad, hará a un lado la penosa hoja de ruta que seguimos en las aulas, para poner a «Un destino común» como texto obligatorio en las escuelas.
Domingo, 30 de noviembre de 2025.
*Prof. y Dr. en Letras, y Mag. en Comunición y Cultura, es docente en profesorados del Conurbano, ensayista y crítico de cine. Publicó Hoteles. Estudio crítico (2007), Cambiemos o la banalidad del bien (2019), La invención de la literatura. Una historia del cine (2021). Estuvo a cargo de El Nuevo Cine murió (2021) y prologó Escritos corsarios de P. P. Pasolini (2022). Su último libro esditado es «P3RRON3. El Corsario».

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