
Dios y las plegarias del balón – Por Gabriel Martínez Picco
14 julio, 2026Construida sobre un entramado fragmentario Nena, de Sandra Russo, convierte la memoria de en una reflexión sobre la clase, la familia, el amor, la política. La novela aparece como un mosaico donde las derivas personales se enlazan con la historia nacional y donde la escritura recompone una comunidad de recuerdos.
Por Rocco Carbone*
(para La Tecl@ Eñe)
«La memoria, la nuestra, no deja de ser una edición de lo que podemos soportar del pasado».
Sandra Russo
Hay muchos libros, de literatura, y ese universo acaso puede ser reconducido y ordenado en dos categorías. Los que leemos clásicamente, es decir, de principio a fin secuencialmente, en sucesión ordenada; y los libros rayuelescos, que pueden ser leídos de atrás para adelante, de adelante para atrás o de manera salteada, sin un orden único, preestablecido. «Nena» (Sudestada, 2026) de Sandra Russo pertenece a esta segunda categoría: es un libro «cortazariano».
«Nena» está organizada por el encadenamiento de 27 fragmentos o textos breves que tienen cierta autonomía entre sí. La autonomía de cada fragmento, sin embargo, se amplía en la medida en que avanza la lectura y en la que cada fragmento se completa con otro, y todos los demás.
Marina Arias, quien prologa el libro, dice que este vuelve a mirar las primeras escenas de la vida. De la vida de la nena. Es cierto. Y sin embargo hay muchas historias en la novela de Sandra Russo. Como en las viejas películas del neorrealismo italiano, presenta la historia de una familia numerosa: de Iris, una mujer que deja atrás la vida campesina de Saladillo, y un trabajo de vendedora en Burzaco, para casarse con un buen mozo -Luis, de familia calabresa, socialista antiperonista- que se vuelve dueño de su propia óptica y ambos prosperan. A través de la movilidad social ascendente, dos pibes de familias de clase trabajadora pegan un salto de clase y se integran a la clase media de Bernal. Salto que no está exento de problemas de integración. Bien visto: la historia de esa familia es la propia historia del país, de la Argentina de la movilidad social ascendente, del conurbano quilmeño, de clase media, del peronismo anterior a 1976. Pero también, esencialmente, es la historia de la nena, de las familias de Luis e Iris, dos familias de migrantes. De Saladillo a Burzaco y luego Quilmes, Iris y su familia de origen; de Rossano, Calabria, a la Argentina, Luis y la suya. La novela sintetiza también la historia de un amor o una historia de amor: «Los ojos de Luis estaban llenos de Iris” (p. 19.), Vilma y Ernesta, Geta y Peer, Erik y la nena. Personas, personajes, que al amarse se «han sellado entre sí para bien de los dos» (p. 136).
Es también la historia de una genealogía femenina. Está Aída, que es la madre del padre de la nena; es la madre de Luis, y aparece en escena con la rapidez de una ventisca: con unos pocillos que Iris rompe. Está Adela, la madre de Iris, matrona abstemia de dulzuras. Está Vilma, que es un plato, una señora mayor, ricachona, libre, nudista, dueña de una fortuna, malhablada, que se separó ya de grande, que vive en el Palacio (así le dice la nena a su casa). Está Ernesta, que es la ama de llaves de Vilma, boliviana -y en Bolivia, desde el 9 de octubre de 1967, Ernesto no es cualquier nombre-, es chamana y habla quechua. Está tía Bocha, una especie de sex symbol, voz áspera de fumadora, una mujer independiente, pero con poca suerte, pues elige hombres que la maltratan. Está Iris, la hermana de Bocha, madre de la nena, con un buen marido, un buen pasar, pero que no se ha acomodado a su ascenso social y que no hubiera podido escribir su propia historia; que da un vuelco radical luego de la muerte de Bocha, pues Iris entra en una depresión muy profunda. Está Geta, una jipa holandesa, madre de Erik, que es un compañerito de la escuela de la nena, blanca y rubia, que vive en una casa acogedora con un jardín que es una selva y está casada con Peer. Está tía Hortensia, de Burzaco, que tiene una estampita de Evita en la heladera.
En esa genealogía vibra espesamente el vínculo entre madre, hija y tía: «Iris siempre se sintió dispensada de cualquier sentimiento maternal porque se los había cedido a su hermana. Habían hecho un pase maternal» (p. 137). Sin embargo, la nena es una especie de mapa -invertido- de su madre. Son personajes en espejo. La nena va a un colegio alemán, cursa en una lengua que no entiende, pero así y todo se las arregla para promocionar. Pero cuando sale del colegio, «apenas ponía un pie en la calle, se le bajaba una persiana en la cabeza. Fuera del colegio, no sabía alemán» (p. 51). Homólogamente, Iris se había integrado a la clase media quilmeña, había aprendido a hablar en público en el Rotary Club, a preparar con diligencia la mesa para recibir visitas, a preparar algunos platos rebuscados, pero en realidad no entiende el contorno de la clase de llegada. Y sufre. Por suerte está Bocha. Una vez, la nena, todavía bebé, estaba constipada. «Bocha la sujetó mientras le metía en el culito un tallo bien limpio de perejil, y la nena al instante le cagó la cara» (p. 26).
Otro pasaje de consideración que concierne a Iris es este: «-Mi gran problema es que no soporto la felicidad, ni en mí ni en otros. Eso es lo que me pasó con Bocha. Y creo que también con vos» (p. 139). Le dice Iris a la nena. Esa felicidad no es solo una condición anímica sino una condición clasista. Y, de hecho, lean este fragmento: «Pobre Iris, pobrecita. No pudo soportar su buena suerte. Quizá nunca quiso irse de Burzaco, no sé. Siempre pensé que era una flor trasplantada que se había marchitado en la maceta de poliuretano, porque sus raíces se llevaban bien con el barro» (p. 138). Con el barro de Burzaco, que es el de la clase, que es el de la historia. Pues la historia está hecha de sangre y barro.
En la novela hay un grupete de amigxs, que además cursan juntxs, Anita, Pablo, Erik, Nora y la nena. En un momento descubren juntxs la belleza de la lectura. En el colegio alemán de pronto aparece una profesora buena onda, Graciela, que los entusiasma con la lectura y con la literatura. La Fräulein «les descubrió la curiosidad por saber qué dice un libro además de la historia que cuenta» (pp. 119-120). Descubren a John Steinbeck y Los hechos de Rey Arturo, en donde hay cuerpos deshechos, muerte, olor a podrido. «En el país también hay olor a podrido. Hay violencia. Cada día más violencia». Es la Argentina de 1975. Y un poco más adelante: «Esto se cae a pedazos, la violencia se extiende, como en la mente de Iris» (p. 140). Con este puñado de pasajes la novela sugiere que la literatura se empalma con la lectura y, además, con la política. Es la tesis persuasiva que arrastramos desde la revista Contorno de los hermanos Viñas. Y sobre todo de David: literatura y política. Que coincide con una tesis aún más antigua de esa amalgama atormentada de moral y poder, de filosofía y violencia, de literatura y revolución: León Trotsky. En el fragmento que se llama «John Steinbeck» aparece la política, la singularidad nacional, el peronismo, la JP, pero también el antiperonismo. Dice la nena: «La familia de mi mamá es pobre. Y la de mi papá también. Y hay millones de pobres. […] Mi mamá y mi papá son antiperonistas. Pero por ahí es porque les va bien. Mi tía Hortensia de Burzaco tiene una estampita de Evita en la heladera. Y dice cosas hermosas sobre ella. Y es pobre» (p. 122). En el mundo dualista de la nena, sencillo, y no por eso menos profundo, lxs pobres son peronistas y lxs que no, gorilas. El ascenso social puede constituirse en un problema porque integrarse a otro sector social, como le pasa a Iris, a veces trae consigo una ruptura con lo que se es, una ruptura con la familia de origen (especialmente con Bocha), con el barrio, la barra de amigxs, con una manera de estar en el mundo. Con la clase.
Si la literatura tiene que ver con la lectura y la política, también tiene que ver con la escritura. En la parte que cierra la novela -se titula «Olivetti»- aparece la teoría del fragmento que expone la novela: «Contándolo, todo se aligera, sale, se dispersa, se vuelve ridículo y deja ver la importancia del fragmento. Porque eso somos, me parece. Partes. Partes que encajan como pueden con otras que hacen lo mismo» (p. 141). Cuando el contarse se convierte en lectura, los fragmentos que nos constituyen se vuelven aglutinante de una comunidad. Y la literatura, que en sus orígenes está ligada a los códigos culturales del ars de la escritura, a la «representación» -en tanto creación artística de una nueva realidad-, a una función social -porque cada uno de los signos que integran un texto «ha pasado de los labios de uno a los oídos de otro, porque ha sido motivo de contactos repetidos entre diferentes miembros de la comunidad», como recordaba el viejo Sartre en «¿Qué es la literatura?»- se hace contralaboratorio virtual de producción de realidad, pues crea las condiciones para «nuevos» recuerdos (o recuerdos renovados) en nuestro presente.
La utilización de lenguaje inclusivo es decisión del autor.
14 de julio de 2026.

*Filósofo y analista político. CONICET.

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