
El Negro Jefe y el Disneyfútbol – Por Alberto Félix Fernández
15 junio, 2026El campo nacional y popular carece de perspectiva revolucionaria. La tarea: construirla.
Por Rocco Carbone*
(para La Tecl@ Eñe)
A Taty. Y a lxs memoriosxs,
nunca escasxs en este país
Los pueblos buscan en la revolución una salida a sus intolerables tormentos. Este es uno de los tantos legados de esa amalgama atormentada de moral y poder, de filosofía y violencia, de literatura y revolución: la «Historia de la revolución rusa» de León Trotsky. La revolución es entonces una herramienta para transformar las relaciones sociales. Pero es algo más: una perspectiva vitalista. Su sostén -o condición de posibilidad- es la lucha de clases.
Para intervenir en ella es menester volver a organizar a las masas laboriosas y que, a través de cada conflicto con la clase explotadora, aquellas se afirmen de manera cada vez más potente y audaz. La finalidad última de la lucha de clases -expresión de un antagonismo moral y, en tanto tal, universal- no consiste en mejorar los salarios o las condiciones laborales de la clase trabajadora (esto debería tenerlo presente el sector universitario en este tramo del conflicto con el gobierno por la Ley de financiamiento universitario) sino en la emancipación radical: la revolución. Esta práctica política, un «exceso» de la historia, implica esencialmente un desplazamiento de clase. Desplazar quiere decir ubicar en el ejercicio del poder y de la estatalidad a la clase que trabaja y rajar de allí a la clase propietaria -de la gran propiedad sacralizada– que vive haciendo trabajar a lxs demás. Se trata de un principio elemental de la existencia: todo ser humano emancipado quiere que su actividad (económica, política, moral) sea autónoma y no esté subordinada ni a la voluntad ni a los intereses ajenos. La revolución, entonces, es organización de mayorías; y estas no remiten apenas a un número sino a un poder, una potencia, una facultad, una imaginación alternativa a las dominantes. Implica también una utopía, pues siempre se lucha para alcanzar algo que aún no tiene existencia ni se comprende plenamente.
Los tormentos que padecen las masas laboriosas son -por ejemplo- la decisión de cortar la ayuda a lxs enfermxs (terminales), a lxs adultxs mayores, a los niñxs dependientes, cortar los almuerzos escolares o aquellos en el cuartel, sufrir el hambre por la noche, la multiplicación del trabajo que reconvierte al ser humano en esclavx… Son las decisiones que toman hombres con los estómagos llenos, que viven en barrios confortables, que tienen varios autos, piletas con cascadas y acceso irrestricto a innumerables paraísos fiscales. Sus decisiones atañen a las grandes mayorías trabajadoras. Las masas laboriosas, entonces, pueden ser rebajadas a la condición de material maleable de la historia, al papel de espectadores pasivxs, disminuidas en la conciencia de sí mismas y de su poder -en ese propósito insisten las fuerzas de la reacción-. O pueden organizarse para hacer historia.
*
El campo nacional y popular en esta etapa histórica carece de la perspectiva revolucionaria. Esta es una tarea que el campo propio debe volver a asumir. Guiadxs por las Visiones primates de Donna Haraway podemos decir que la perspectiva revolucionaria implica desestabilizar los relatos recibidos y reproducidos en automático. Esto es: todas las ideas imperantes en la vida capital. Esa desestabilización se verifica cuando se organiza un movimiento social para el cual el cambio emancipatorio -no el cambio a secas, de tipo macrista- es posible. Organizar un movimiento social implica que las personas, organizadas en distintas estructuras (minorías), se dispongan a generar sentidos diferentes a los recibidos en todas las áreas de la vida. La desestabilización es una tarea colectiva y más o menos simultánea en las distintas esferas existenciales. En el “territorio”, como sugiere Carlos Girotti.
La idea, si responde a las exigencias del desarrollo histórico, es más poderosa que las organizaciones, pero necesita de una organización para encarnarse en la vida. Puesto que el capitalismo en su fase fascista es un régimen de desigualdad extendida y profunda, una idea en la que el campo propio puede encontrar potencia es aquella de la igualdad, que significa reciprocidad e imaginación de la diferencia no jerárquica.
La organización que puede sostenerla es un frente unificado de base: clasista. Los frentes son el recurso último de alianzas contra los poderes manifiestos de la destrucción de las estructuras mínimas de vida (en) común. El frente unificado debería constituirse en una averiguación destinada a revisar los anteriores intentos frentistas y a interpelar las vetas del peronismo que se aproximan a las sensibilidades de izquierda y a las sensibilidades de izquierda que se aproximen al peronismo. La expresión frentista -tome el nombre que sea- se torna un horizonte nuevo del pensar y del actuar (en) común. Que significa luchar por un mundo nuevo y digno que garantice (ensayo una línea programatica) un solo trabajo para la clase, un futuro a la juventud y seguridad a la vejez.
La utilización de lenguaje inclusivo es decisión del autor.
Martes, 16 de junio de 2026.
*Filósofo y analista político. CONICET.

Seguí acompañándonos: Sumate a la campaña «Colaborá con La Tecl@ Eñe».
La Tecl@ Eñe viene sosteniendo, desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000 ó $10.000. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Tu aporte es importante para seguir adelante.
Muchas gracias.
Alias de CBU: Lateclaenerevista


