
Como te digo una cosa te digo la otra – Por Miguel Gaya
26 julio, 2026Palpamos el Apocalipsis. Ni los adultos ni la escuela parecen estar a la altura del desafío de afrontarlo. Para el autor, con pocos pero profundos cambios no solo hay salida, sino una mejor promesa que la que proponen los mil-millonarios.
Por Hernán Sassi*
(para La Tecl@ Eñe)
I.
La promesa de un movimiento es su victoria futura.
John Berger, Con la esperanza entre los dientes
Hice el jardín de infantes durante la dictadura, que descubrí a los quince, al promediar La noche de los lápices, aunque empecé a entender el infierno en sus títulos finales, cuando ante mi pregunta sobre las escenas que me dejaron los ojos rojos, mamá me contó que, como la mayoría, no sabía nada de las torturas y las desapariciones. Luego, cursé primaria y secundaria con Alfonsín y Menem, a quienes conocí también por boca de mamá, que redujo a trauma al primero (“la híper”) y a discípulo de Judas al segundo (“un traidor a Perón”).
Muerto joven mi viejo, el colegio me regaló más de una figura sustituta; disciplina para el estudio y el trabajo; espacio para travesuras, deporte y amigos; normas de conducta y respeto; y también diques, imprescindibles cuando uno es pibe y anda como bola sin manija.
El azar y ganas de hacer de padre en un aula hicieron que terminara siendo docente, que es lo que soy desde hace más de 20 años a lo largo de los cuales, quiéralo o no, contribuyo al derrumbe de la escuela que me educó, derrumbe que duele y motoriza estas líneas.
Pasada la noche dictatorial, que en realidad no pasó, desde el 83, liberales conservadores y progresistas, partidarios de izquierda, radicales y peronistas, en postas o juntos, hemos estado a cargo de la educación. Los resultados están a la vista.
Si Sarmiento y Carrillo habían hecho de este país un modelo en la región en materia educativa y en salud pública respectivamente, mi generación, que también es la noche, dejó salud y educación en ruinas. No somos los únicos culpables, pero sí responsables, también, de salir de este pasamanos por medio del cual papis y mamis cargan tintas sobre la labor docente, y nosotros, los docentes, culpamos a organismos internacionales y a políticos que desfinancian la educación.
En una década que hasta hoy es maldita, se restableció la escuela técnica, y con ella, al menos un rumbo, uno, para la educación. Se duplicó el presupuesto educativo y se recompuso en forma el salario docente. Pero no se mejoró la educación, a menos que se tenga por logro regalarles una netbook a pibes y pibas, y conseguir retenerlos en las aulas cuando la frontera dentro/fuera la diluye una digitalización de la vida que, según advierten Flavia Costa y Miguel Benasayag entre otros, está cambiando a la especie.
El peronismo fue una rama del humanismo que dio al pueblo salud, educación, trabajo y hasta el tiempo libre que nos roba sin culpa este feudalismo sin fe ni señor feudal. Si el liberalismo perdió su ideal comunitario, el peronismo perdió no sólo su impronta plebeya, sino también el pudor. Defiendo lo público, pero mando mis hijas a un colegio privado. Soy otro exponente de ese movimiento que muere, también, de hipocresía. De la vergüenza también surgen estas líneas.
Como todo ser humano, un político no dice siempre la verdad. Según Mauricio Macri, quien no va a la privada “cae en la escuela pública”. Dijo la verdad. La escuela pública era de prestigio y la privada a la que iban tipos como Macri, brutos con guita que coronan su escolaridad con título, estudien o no. Salvo excepciones, a la pública van hijos e hijas de quienes no tienen con qué pagar una privada.
A quienes terminan la escuela, muchos menos de los que quisiéramos, les cuesta desempeñarse en la universidad y soñar con un salario por encima de la indigencia; y salen casi sin capacidades para lidiar en la vida social. Si un Youtuber enseña más que la escuela, y si lo que en ese espacio se aprendía puede ser reemplazado por la inteligencia artificial, es que ya hemos perdido.
Me preocupa que no nos preguntemos qué hicimos para llegar hasta acá ni tampoco qué hacer para salir de una situación para la cual, con pocos pero profundos cambios, no solo hay salida, sino también una promesa mejor que la de los mil-millonarios con bunker y pasaje a Marte para cuando todo explote.
II.
Esta cultura está extinguida: es necesario por lo menos transmitirla para que alguna vez se la pueda retomar.
Theodor Adorno, Carta a los padres (1939)
La sociedad en la que crecimos no existe más. Desaparecieron el ideal de ascenso social que la escuela pública hacía realidad, la sociedad del conocimiento que cobijaba, la esfera pública en la que crecía y el horizonte laboral que preveía. Hoy en la escuela solo se escucha letra muerta (ciencia, democracia, memoria, verdad, justicia, ¿qué significan?), es un “hospital de día de futuros desocupados”, según Dufour, y hasta un establo, como definen a la escuela los oficiales de policía en la serie Adolescencia.
Pero la escuela también puede ser un lugar único para el diálogo cara a cara y para imaginar nuevos posibles. Es el primero en el que se busca amparo con una familia cada vez más expulsiva. A pesar de que los subestimemos, les bajemos línea y sólo los escuchemos para sostener su angustia, que es, en realidad, la nuestra, sorprenden en el aula pibes y pibas más pillos que nosotros para afrontar un escenario en el que no hacemos pie. Sin embargo, solo les hacemos lugar para obligarlos a que tomen decisiones que deberíamos tomar nosotros.
Clubes, sociedades de fomento y bibliotecas: maltrechos o cerrados, como diría Blaustein y Sabina, “por melancolía”. Partidos políticos y sindicatos: kioscos, agencias de colocaciones. Desaparecidos el cine, el bar y la plaza como lugar de encuentro, y las revistas y periódicos como usina de ideas, a la esquina la ganaron los narcos, que le llegan a un pibe tanto como Tic Toc y la timba en la pantalla, mucho más que cualquier madre, padre y docente. El celular no sólo entretiene: fija modos de conducta en lugar de la familia y la escuela, que ya no forja un sujeto, no ata a ninguna deuda con nada ni nadie. Mientras, el Estado es bobo, cuando no cruel, no sólo por culpa del “topo que lo destruye desde adentro”, sino también por quienes decimos defenderlo.
Me duele el estado de la cultura. Me duele dictar clases de literatura a una mayoría que no tiene pasión por los libros en un mundo en el que casi nadie los lee. Me duele formar a algunos futuros docentes que eligieron la carrera, no por vocación, sino para cobrar un sueldo el quinto día hábil del mes. Me duele dictar clases de cine a quienes no van al cine, ven –muy pocas- películas en plataformas o en el celular, y no hablan de cine. Me duele dictar clases regido por planes de estudios a cada cual más decadente. Pero lo que más me duele es que la escuela no sirva para forjar un carácter, aprender un oficio y ejercitar un arte, logros del género humano sin los cuales no hay cultura.
Este Apocalipsis no es fruto de un cambio tecnológico, sino cultural. Hay que reinventar la cultura o no habrá lazo social que la sostenga. La escuela es clave para la tarea que tenemos por delante, para trasmitirla y también para reinventarla, aunque así como está, sin ánimo de cambiar prejuicios –lo más difícil– o aggiornándose sin ton ni son –por ejemplo, incorporando tecnología y a los pocos años prohibiéndola–, no es más que un obstáculo.
III.
Hay un pavo en cada raza,
de cualquier edad y clase,
que perturba el universo
con las pavadas que hace…
Pavos de todos los credos,
de cualquier ideología,
asombrando al mundo entero
Con cada pavotería…
Elsa Borneman, La edad del pavo
La generación a la que pertenezco no desafió ni educó a la siguiente. Le tiene miedo. En casa, escuela, donde sea, veo adultos sin ganas de dejar la edad del pavo y siempre dispuestos a ver la viga en ojo ajeno. Es esperable el suicidio infantil y juvenil, la novedad que legamos quienes colgamos el cartel de “No hay futuro” en el horizonte. Somos nosotros, más que Elon Musk y otros mesías, quienes tenemos las manos manchadas de sangre.
Soy padre y docente, doblemente responsable de una crisis evidente en vínculos cada vez más frágiles con otros, extraños como todo lo que hasta hace poco llamábamos cultura. Además, formo docentes. Soy responsable por partida triple.
Que esté frente a cursos desde hace años, no es garantía de que lo que escriba valga la pena, salvo que lo escrito surge de la angustia, el miedo y de una investigación sobre el estado de la educación en la que estoy hace seis años, no menos que de la pasión por educar. “Las ganas son todo”, me decía María Emilia Orellano, que como directora de escuela durante largos años confió más en quienes querían estar y hacer algo que valiera la pena con pibes y pibas, que en los que, con más pergaminos y rango que la media, se contentaban simplemente con vegetar en una escuela.
Mi generación es la que debe pasar el fuego, pero no se toma un minuto para conversar, entre otras cosas, sobre educación. Y es entendible. No es fácil asumir el estado en el que está, sobre todo, una escuela que se ha vuelto tan conservadora como la iglesia más reaccionaria, sobre todo, cuando se cree muy de avanzada, entre otras cosas, hablando de sexualidad desde las emociones y moralizando sin inculcar –con el ejemplo– responsabilidad en los actos.
En este marco, es difícil dar a conocer alguna idea sobre educación. Un medio dominical publica entre semana y a escondidas un texto que envío. El segundo hace lo propio con uno nuevo, pero no lo difunde en redes. Un tercero publica otro artículo por mera cortesía con este asiduo colaborador. Y un cuarto acepta otro texto, pero nunca lo publica. Todos giran en torno a educación, que solo es noticia por hechos de violencia en las escuelas, por resultados preocupantes o por el ausentismo del colectivo docente, único pato de la boda para quienes no buscan razones ni soluciones, sino alguien a quien echarle la culpa.
IV.
¿Por qué pibes y pibas no preguntan a mamá o papá, abuelo o abuela, qué fue la dictadura y sí al Chat GPT? O dicho de otro modo, ¿qué llevó a que un adulto ya no sea una voz de autoridad para ellos? ¿Qué hizo que, para adultos y pibes, ya no valga nada la cultura del esfuerzo y el amor al oficio? ¿Por qué si un pibe en edad escolar se disfraza de mujer violada, otra lleva un arma de fuego a la escuela y otro acuchilla a un compañero, a todos, se les hable de emociones y no se les enseñe, como durante milenios, que cada quien es responsable de sus actos? ¿La omnipresencia de la pantalla y la pérdida de instancias de diálogo en casa tendrán que ver con la pérdida de la palabra y de la capacidad de narración, y con la urgente reedición de planes nacionales de alfabetización? ¿Por qué nos regalamos a la mitología de las neurociencias según la cual, en un aula, ya no hay estudiantes sino enfermos (no de autismo, sino de grados de autismo; no con neurosis y angustia, sino con déficit de atención y ataques de pánico)? ¿Por qué no volvemos a memorizar un poema en un aula en días en que, de tanto usar la pantalla, perdimos nombres de calles y de próceres, fechas patrias o de cumpleaños de personas queridas?
Hacerse preguntas es un rasgo del género humano, uno que estamos perdiendo. Me pregunto por qué eso que llaman “bullying” no se ve como la negación de lo violento que es el lazo social. Me pregunto cómo fue que el aula de secundario se llenó de madres tempranas y de hermanas-madres, de pibes con padre preso o prófugo sin aviso, y de pibes que vienen sin comer, puestos o rotos de laburos sin horarios, y de pibes con familias de guita que ni saben que existen aunque los llenen de regalos. Me pregunto por qué a los papis y las mamis de chat, versión degradada de las madres que revoloteaban la escuela, les damos tanta entidad en las instituciones educativas que hasta podríamos decir que las dirigen a distancia. Me preocupa, sobre todo, la suficiencia de responsables de educación que se creen muy distintos a Sarmiento cuando sus planes de estudio son más europeizantes que los que impulsó “el padre de la escuela”.
Me pregunto por qué no nos da vergüenza que estudiantes y propios hijos sean obligados a llevar sus libros y útiles en una bolsita transparente cuando corre como reguero de pólvora la amenaza de tiroteos en las escuelas. Me pregunto por qué no se ve que, lo que llaman “escuela en casa”, es el sueño realizado de una vida espantosa sin maestros, sin ley, sin madre ni padre, roles que a veces ejerce un docente, falte uno u otro en casa o no. Me pregunto cómo contrarrestar la avanzada de “lo digital” sobre el género humano, si a derecha e izquierda, hemos pulverizado las humanidades. ¿Algún día nos daremos cuenta de que la “crianza respetuosa” y el “adulto responsable” señalan la defección de los adultos? ¿Cuándo fue que en la formación docente se empezó a darle importancia más al cómo que al qué enseñar y aprender? ¿Cómo es posible que un docente de literatura se gradúe ni siquiera habiendo leído, al menos, veinte o treinta novelas? ¿Por qué les pagamos lo mismo a directivos con coraje e ideas que a quienes hacen la plancha en espera de su jubilación? Son preguntas incómodas, que son las que vale la pena hacerse.
Veo que, fuera de las urbes, la escuela –no tanto la familia, aunque también– no parece haber cambiado tanto y acaso, en materia de educación, habría que aprender de quienes no tienen doctorado y hacen las cosas mejor que quienes lo tenemos y reproducimos palabras vacías como “trayectorias”, “inclusión”, “proyectos”, “empatía”, entre otras canalladas.
La escuela es el mejor espacio para pensar juntos cómo salir de este Apocalipsis que palpamos a diario. Creo que hay mucho tiempo perdido, pero también mucho por ganar si es que cambiamos.
V.
¿Y qué significa ser indio insomne? […] Significa que vamos a gastar muchísimo más el cuerpo, vamos a estar agotados. Vamos a tener que usar las horas que eran de descanso para inventar, porque las otras, las del día, las vamos a tener que usar para ganar dinero para pagar el gas, la electricidad, el alquiler.
Lucrecia martel, Un destino común
En la década maldita el sueldo docente rendía para comer afuera en familia dos veces por semana, comprarse ropa, ahorrar, y aunque no se crea en la vida de un simple trabajador, veranear en Brasil. Había tiempo libre para reunirse con amigos, hacer deporte, leer, escribir, y aunque no se crea, tener sexo varias veces por semana. Por esto es maldita. No por otra cosa.
Hijo de madre empleada municipal y de padre acomodador del Colón, no vengo de cuna de oro. Como la mayoría, si no trabajo, no como. Tengo más de diez cursos a cargo, más de 200 estudiantes a quienes casi no conozco, y en las 48 horas que van de jueves a viernes dicto 25 horas de clase. Con cifras así no hay educación ni cuerpo que aguante. Y ya se sabe que, como rezaba el título de un corto de la década dorada del Nuevo Cine argentino, “Si trabajamos, no podemos pensar”. Trabajando así, menos.
Este texto es fruto de un tiempo robado a las horas de sueño. Están destinadas a quienes se hayan cansado de la queja y quieran “inventar”, como propone Martel, un futuro mejor. Como enseñaron pueblos originarios, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, trabajaremos para algo que no vamos a ver. Porque el fruto de lo que haremos, si sirve de algo, se verá recién en varias generaciones. Más que en ningún lado, si es que existe “un destino común”, lo forjaremos en una escuela que hay que refundar. Para eso habrá que, como diría Beckett, “fallar mejor”.[1]
[1] El texto es parte del próximo libro del autor, Pasar el fuego. Educar en el Apocalipsis zombie.
26 de julio de 2026.
*Profesor y Dr. en Letras, y Mag. en Comunición y Cultura, es docente en profesorados del Conurbano, ensayista y crítico de cine. Publicó Hoteles. Estudio crítico (2007), Cambiemos o la banalidad del bien (2019), La invención de la literatura. Una historia del cine (2021). Estuvo a cargo de El Nuevo Cine murió (2021) y prologó Escritos corsarios de P. P. Pasolini (2022). Su último libro esditado es «P3RRON3. El Corsario».

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