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Un café con Peter Thiel – Por Julián Axat

"El desayuno de Gagarin" por el artista Alexey Akindinov.

La ciudad hidroespacial de Gyula Kosice. Foto: Malba.

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4 Comments

  1. Quizá, la tarea crítica es encontrar la fisura por donde pueda filtrarse la esperanza, el momento de ruptura que, como decía Walter Benjamin, “parte aguas y te toma de sorpresa”. En este sentido, el milagro también estaría en la capacidad humana de interrumpir la lógica del poder, de inventar un lenguaje que no se someta al algoritmo, de devolverle al cuerpo su dignidad frente a la maquinaria que lo quiere mercancía. La salida optimista está en la insurgencia de lo común: en la memoria crítica que rescata las lecciones del siglo XX, en la cooperación descentralizada que desafía a los nuevos señores feudales, en la ética del cuidado que devuelve sentido al cuerpo del otro.

    El desafío es no rendirse al ruido blanco de la IA, no aceptar la banalización como destino. La esperanza no es ingenua: es un acto político, una estrategia de supervivencia. Y quizá, en medio del caos, en medio de las pantallas que nos vuelve cada día más estúpidos, podamos descubrir que todavía somos capaces del milagro.

    El milagro de pensar, de resistir, de crear. Pensar para entender lo que nos pasa, resistir para frenar al perverso y crear para recuperar la dialéctica superadora de la historia.

  2. Pedro Cazes Camarero dice:

    Por Pedro Cazes Camarero ([email protected]) El ensayo de Axat es importante, porque desplaza la discusión sobre Inteligencia Artificial (IA) desde la “eficiencia” hacia la forma de humanidad que está produciendo el capitalismo tecnológico. Su tesis central es clara: frente al imaginario oligárquico— Thiel, Palantir, Marte, longevidad privada, IA como ventaja competitiva— la América Latina podría oponer una tradición de comunidad, deuda histórica, casa común y no descarte. Desde el punto de vista marxista, el texto acierta al intuir que la técnica no es neutral. En el sistema capitalista, el desarrollo de las fuerzas productivas se convierte en poder privado de mando. Pero a esa mirada le falta explicitar que la IA subsume el General Intellect, captura la cooperación social, los datos, el lenguaje, y los saberes comunes, y los transforma en renta, precio, propiedad intelectual y vigilancia. Vercellone diría que el punto decisivo reside en que el capitalismo cognitivo ya casi no logra extraer valor de la fábrica clásica; ahora lo hace de la vida social entera: de la educación, la salud, la comunicación, el deseo, la atención y el conocimiento. La “humanidad aumentada” que menciona Axat debe leerse como una renta cognitiva de clase: quienes controlan plataformas, datos e infraestructuras capturan el común producido por todos. Desde la mirada “bélica” de Lazzarato, gente como Thiel no son sólo empresarios “aceleracionistas”, sino operadores de una gubernamentalidad de guerra, deuda, seguridad y control. La IA no aparece como una simple innovación, sino como un dispositivo de clasificación: quién es riesgoso, útil, descartable, vigilable, financiable o eliminable. Deleuze y Guattari podrían radicalizar el ensayo aún más. Silicon Valley funciona como una máquina abstracta que desterritorializa, rompiendo instituciones, cuerpos, trabajos y lenguajes, y luego reterritorializa en plataformas, propiedad, algoritmos y castas técnicas. La pregunta sería qué agenciamientos de deseo produce esa aceleración: fascinación, obediencia, narcisismo tecnológico, deseo de fuga privada. Para Virno, la IA captura las capacidades genéricas de la especie, como el lenguaje, la memoria, la cooperación, la atención y la improvisación. Es decir, captura la potencia común de la multitud. El riesgo no es únicamente que unos tengan mejores máquinas, sino que el habla social, el pensamiento colectivo y la creatividad común sean convertidos en comando algorítmico. Castoriadis tiene mayor afinidad con el ensayo, pues éste contrapone dos imaginarios sociales instituyentes. Primero, el imaginario oligárquico-transhumanista, donde la técnica funda castas. Segundo, un imaginario de comunidad organizada, casa común y humanidad ampliada. Aquí habría que evitar que la idea de “comunidad” se convierta en una consigna moral abstracta. Debe instituirse en normas, propiedad común de datos, control público de infraestructuras, educación tecnológica universal y democracia económica. Axat ofrece una genealogía sugerente —Fiódorov, Perón, Silo, Dussel, Kosice, Papa Francisco—, pero precientífica. Habría que agregarle una teoría de la captura material: precio, renta, propiedad intelectual, plataformas, datos, deuda, seguridad. El texto denuncia bien el “descarte”, pero no termina de explicar cómo se produce técnicamente la nueva dominación. La IA intenta solidificar el magma vivo (Castoriadis) de la cooperación social —lenguaje, deseo, memoria, invención colectiva— en formas calculables, privatizadas y gobernables. La tarea revolucionaria no consiste en rechazar la técnica, sino impedir que ese magma sea capturado por una aristocracia algorítmica. Ahí está la fuerza fuerte (Juan Gelman): contra la salida oligárquica, una política del común tecnológicamente organizado.

  3. alicia dice:

    Excelente nota de pura actualidad.
    La ciencia ficción que algunos pocos convirtieron en presente.

  4. Norberto García Sánchez dice:

    Julián: si unimos los hilos de los pensadores que mencionás, trenzamos una soga fortísima. Una de la cual tiremos todxs -desde el sur y con la ayuda de muchxs del norte- en beneficio de la casa común, de la familia planetaria.
    Este artículo merece conocerse en el futuro como Manifiesto por la Común Humanidad. (y puede / debe leerse como un manual de contra sentido en la infoguerra en que nos metieron y también no metimos).
    Esta batalla va a requerir -condición inconcondicionable- las agallas intelectuales y las valentías éticas inquebrantables que acompañan a toda causa noble.
    Saludos, el futuro fueserá nuestro !!

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