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Avatares Nacionalpopulares – Por Mario de Casas

Foto: Cris Sille/Télam.

Si la movilización es condición necesaria para convertir la acumulación en energía transformadora, la organización es indispensable para sostener en el tiempo las transformaciones: Al espontaneísmo hay que brindarle un programa y una estrategia, que no es otra cosa que la conducción política de las rebeldías.

Por Mario de Casas*

(para La [email protected] Eñe)

Campeones

El excelente desempeño de la selección nacional de fútbol y la extraordinaria movilización del pueblo argentino para su recepción, a puro afecto, pasión y alegría, contrastan con la extraordinaria inmovilización que ese pueblo exhibió ante la sucesión de graves hechos políticos desde que intentaron asesinar a su Vicepresidenta y luego dieron el primer paso hacia su proscripción, a puro odio, pasión y mentiras. 

Un ansiado logro deportivo no tiene nada que ver con episodios que corresponden a la deriva política que ha tomado el país. Pero el contraste puso en escena una de las conquistas del liberalismo neo: un nivel preocupante de indiferencia o rechazo social a la política.

En las sociedades actuales cuesta encontrar actividades que no se hayan mercantilizado y el fútbol no es una excepción, por lo tanto, funciona bajo la lógica del capital y -se sabe- lo gobierna una superestructura que luce unos cuantos vicios; pero antes de que se produjeran tales transformaciones el fútbol ya era parte de nuestra identidad. Los festejos mundialistas fueron la manifestación de un sentimiento y un protagonismo popular directamente vinculados a la noción de nación: se celebró el triunfo del elenco nacional, no el del equipo de una parcialidad. Es un aspecto que contribuye a comprender la hostilidad inicial de los medios dominantes y la principal oposición política con el grupo y su cuerpo técnico: cómo no suponer que, en línea con su menoscabo de lo nacional, desestimaron el vínculo afectivo que crecía entre millones de argentinos y argentinas y su equipo. Hostiles hasta que la elocuencia  de la realidad los obligó a cambiar de discurso: la mayoría que se adueñó de las calles en cada rincón de nuestra geografía expresaba la argentinísima pasión futbolera y el reconocimiento a esos jugadores que vistiendo los colores nacionales habían dejado todo en cada partido. 

Semejante travestismo discursivo no se entiende sin agregar un factor determinante: la performance de los dirigidos por Scaloni y capitaneados por Messi no afectaba los intereses de una parte nuclear de los sectores dominantes, sino todo lo contrario; en un mes, el equipo que resultaría campeón fue un elemento decisivo en el incremento de las ganancias de grandes corporaciones que operan en distintos sectores de la economía; el caso más evidente es el de las comunicaciones, razón por la cual es muy probable que en un determinado momento los peones del comentario hayan sido llamados al orden para que cambiaran el discurso, mientras las distintas y abundantes publicidades no hacían sino exacerbar pasiones.

Foto: Luis ROBAYO / AFP.

La política

La política interviene en el fútbol, pero es otra cosa. En su más alta acepción no es concebible sin la participación de los pueblos, condición que aparece cuando el sistema político expresa y asume las contradicciones propias de una sociedad; esto quiere decir, entre otras cosas, que en determinados momentos cada cual debe convocar a sus representados en nombre de un objetivo. Así se activan involucramientos masivos cuya manifestación por excelencia es la movilización.

Las disputas suelen ser ásperas, sin concesiones: no versan sobre la concepción de un juego o la formación de un equipo sino sobre proyectos que podrían conducir a la prosperidad o al hambre de millones. Tal fue el protagonismo de nuestro pueblo en 1945/46 -17 de octubre y triunfo del peronismo-; 1969 -acciones de resistencia como el Cordobazo-; 1972 -retorno de Perón-; 1983 -recorrido hacia la recuperación de la democracia-; 1987 -rechazo a los alzamientos carapintada-; 2008 -movilizaciones a favor y en contra de las (mal) llamadas retenciones-; 2010 -Bicentenario-; 2017 -resistencia al atropello macrista contra los jubilados-; para citar algunos ejemplos.

En países dependientes como el nuestro, en los que un movimiento nacional lucha por la liberación de su pueblo mediante la acumulación de poder popular como única herramienta, el drama es más violento y centrado: en la medida en que la presencia de un/a líder/esa popular es un acicate y un elemento ordenador de la acumulación política, y la militancia otro, se convierten en blanco de ataques implacables por parte de los sectores dominantes, que en la Argentina del presente han elegido el Poder Judicial como arma letal, al extremo de que la Corte adicta ejerce de facto el gobierno.

La diferencia con etapas anteriores es de grado: en el área geopolítica que se conoce como Occidente, la fase que transita el capitalismo implica condiciones más duras para los sectores populares que las que se dieron en la segunda mitad del siglo pasado. En este contexto, se produce la agudización de la lucha de clases y se dificulta la construcción de hegemonía por parte de quienes se sienten dueños del país; en consecuencia, se incrementa la represión a través de los mecanismos tradicionales y no tradicionales: Horacio Rodríguez Larreta reprime las movilizaciones y Horacio Rosatti tiene bajo control inapelable tanto el cumplimiento de sus propias decisiones políticas como el disciplinamiento de los díscolos, pertenezcan a la familia judicial o al sistema político. Por si quedaba alguna duda, mientras escribo estas líneas han trascendido conversaciones y otros intercambios -vía celulares- reveladores de que estos tocayos conforman una dupla que juega sin mirarse en el seleccionado antinacional: una clase práctica de cómo funciona la lógica mafiosa, que permea los 3 poderes del Estado.

Se comprende por qué proscriben a Cristina e intentan destruir al kirchnerismo: es la conductora indiscutida del único proyecto contrahegemónico realmente existente. Mientras tanto el gobierno milita la desmovilización de sus bases, no plantea con claridad a qué intereses se enfrenta -¿se enfrenta?- y hace un culto de las marchas y contramarchas; todo un combo con el que construyó su creciente debilidad. Este estado de cosas pone en clara desventaja a la mayoría de los trabajadores: los grandes capitalistas instrumentalizan la alta inflación como mecanismo de extracción del excedente, los pequeños la alimentan en supuesta defensa propia; unos y otros aceleran el deterioro del ingreso real de los asalariados que se debaten tras el módico objetivo de reducir daños.

Es importante recordar que si la movilización es condición necesaria para convertir la acumulación en energía transformadora -difícil exagerar la importancia de la convocatoria de Cristina para el 24 de marzo-, la organización es indispensable para sostener en el tiempo esas transformaciones: al espontaneísmo hay que brindarle un programa y una estrategia, que no es otra cosa que la conducción política de las rebeldías.

El carácter del desafío

Para comprender la índole de la lucha en curso es importante empezar por el principio: la liberación de nuestro pueblo -y los de la región- no se obtendrá derrotando a la derecha autóctona sino rompiendo la dominación  imperialista. Es obvio que se trata de un largo proceso, por eso conviene tener claro el objetivo final.

El gobierno de los señores con toga, al proscribir a la máxima figura política nacional, cierra en la práctica la solución electoral de uno de los conflictos históricos que perviven en el país. Se confirma una vieja tradición criolla: la realidad pone en ridículo las declaraciones rimbombantes de los representantes del poder real, que siempre han invocado la democracia y la república pero nunca se han apartado de la férrea lógica interna que rige sus acciones.

El régimen establecido por la Constitución de 1853 -que se conserva en lo esencial- constituye la aplicación local del sistema de instituciones que necesitaba el capitalismo entonces en ascenso: se debilita al Estado con el argumento de asegurar la liberad y la igualdad de los ciudadanos, cuando la verdad es que se los excluye de toda intervención en el terreno de la economía, en el que la burguesía reemplazó a las formas feudales. Así, los sectores populares no pueden ejercer los derechos que teóricamente les otorgan las constituciones, salvo en una dirección: la que favorece el control del Estado por parte del gran capital. La experiencia enseña -no sólo en Argentina- que cuando el pueblo reclama por el despojo, el propio Estado se encarga de reprimirlo sin contemplaciones.

Este proceso adquiere características peculiares en Nuestra América. La Argentina tomó de la Constitución de Filadelfia -que fue estudiada y sancionada por los ricos- el mecanismo completo que asegura la mínima participación popular en el manejo del Estado, algunos de cuyos componentes se han modificado, como la elección indirecta del Presidente. Los analistas y redactores de la Constitución norteamericana fueron bien explícitos en el sentido de que ellos concebían la democracia como un gobierno de las élites. La oligarquía autóctona de entonces, consecuente con sus ideas, trasplantó esos principios e instituciones. Pero, como muestra la historia, cada vez que el sistema amenazó con dar resultados distintos a los previstos, los dueños del poder hicieron trampa: vetaron y proscribieron candidatos, practicaron fraude electoral, se apoderaron violentamente del gobierno del Estado, proscribieron fuerzas políticas -determinaron cuáles fuerzas eran democráticas y cuáles no-, derogaron por decreto una Constitución sancionada con todas las de la ley e impusieron la propia. También por decreto designaron ministros de la Corte.

Una clase dominante no abandona sus ventajas ni siquiera por coherencia con sus principios políticos. Se trata de otro caso de idealismo: se defiende la libertad como idea platónica y desencarnada, pero en la vulgar arena cotidiana se desconoce la condición de libres a los que ponen en peligro los privilegios. La democracia y la libertad se definen a partir del universo liberal, hoy neo; por lo tanto, cualquier tentativa de substituir las inequidades por un sistema más justo de distribución de la renta nacional queda al margen de la convivencia democrática.

En los grandes países industrializados las instituciones liberales funcionaron sin mayores contratiempos durante muchos años porque la prosperidad general, obtenida mediante el desarrollo de las fuerzas productivas y la expansión imperialista, permitía mejorar constantemente las condiciones de vida. Esto explica el comportamiento de muchos partidos obreros europeos, cuyos representados se beneficiaban con parte de los ingresos provenientes de la depredación colonial.

En países colonizados como el nuestro, en los que un alto porcentaje del producto nacional se desvía hacia capitales financieras o guaridas fiscales, el régimen liberal sólo sirve a los sectores dominantes, muchos de los cuales se enriquecen como resultado de su comunidad de intereses con el imperialismo, mientras el país y los vulnerables se empobrecen. Ese orden de injusticia permanente es defendido por distintos estratos sociales, desde intelectuales hasta partidos políticos que alguna vez se identificaron con los intereses populares, como el peronismo en su etapa menemista y el patético radicalismo oficial en la actualidad: el gran capital no actúa exclusivamente a través de su expresión política explícita, encuentra defensores -conscientes o no- en otras agrupaciones políticas, cuando no en rebeldes de pacotilla que son tolerados, otra constante histórica.

Se entiende entonces por qué una reforma constitucional que termine con este régimen es un componente tan necesario como resistido.  

El sistema político

Que el discurso inicial de los medios respecto de la selección nacional haya tenido repercusión casi nula es un indicio de que la manipulación de superficie es menos efectiva que lo que muchos suponen, algo que no sorprende si se recuerda, por ejemplo, que el Movimiento Nacional ganó con amplitud más de una elección con la prensa dominante en contra, como en 2011. Claro, en esos casos se había transferido poder a la sociedad, se habían explicitado los conflictos de intereses y se había opuesto a los manipuladores la contundencia de los hechos.

Aquel indicio sugiere como hipótesis que la desmovilización ante circunstancias políticas de una gravedad difícil de exagerar es hija de la mal llamada despolitización -la no participación implica una actitud política-, uno de cuyos ejes es el desprestigio de la “clase política”, esa parte de la estrategia universal de la derecha a la que tributan miembros de todo el arco político.

El fenómeno no responde a  una sola causa, aquí trataré de esbozar una de las importantes: el sistema político no refleja acabadamente la disputa central que enfrenta (a) la sociedad argentina.

Un aspecto del problema es de orden simbólico: se ha dicho con razón que ya no son los partidos sino los frentes. Ahora bien, más allá de las vicisitudes que han tenido los partidos, lo cierto es que sus atributos simbólicos y las correspondientes valoraciones tienen cierta permanencia. En consecuencia, que los 2 frentes principales estén integrados por peronistas y radicales que representan intereses opuestos no contribuye al discernimiento ciudadano. Miguel Ángel Pichetto se autopercibe peronista y se presenta como tal, lo mismo que Wado de Pedro; otro tanto ocurre con Gerardo Morales y Leopoldo Moreau, ejemplos que tienen su correlato colectivo.

El otro aspecto implica un problema para los interese populares y consiste en que en el seno del Frente de Todos existen notorias diferencias ideológicas, imperceptibles en Juntos por el Cambio: entre Rodríguez Larreta y Macri las diferencias son de otro tipo y no se traducen en la acción política; en el Frente de Todos las distintas concepciones que, por ejemplo, separan a agrupaciones del movimiento obrero, como la conducción de la CGT y la de la Corriente Federal de Trabajadores, se materializan unas veces en inmovilismo, otras en falta de unidad en la acción. Esto es así porque los enfrentamientos en Juntos por el Cambio responden fundamentalmente a pujas por el poder -en muchos casos relacionadas con negocios-, no a distintos pensamientos sobre el país que proponen: tal vez sin esas peleas por el poder y los negocios no hubiésemos conocido los affaires de Lago Escondido y los Horacios: el olor a vendetta es insoportable.

Si se dimensiona adecuadamente el desafío caracterizado más arriba, se deduce que este déficit del instrumento político que aspira a representar los intereses plebeyos debería ser rápidamente superado para recuperar la iniciativa, recobrar el respaldo obtenido en 2019 y encarar los cambios estructurales que demanda el proceso de emancipación nacional.

La consigna que nadie discute es mantener la unidad, entonces una premisa debería ser el reconocimiento en los hechos, no con vacuas palabras, del potente liderazgo de Cristina por parte de quienes no han comprendido algo que la derecha tiene claro desde hace años: que el alto respaldo popular a la Vicepresidenta se cimenta en su inclaudicable compromiso con los postergados de la sociedad y en su probada capacidad de conducción, ejecución y diagnóstico. Si la frase “con Cristina sola no alcanza, sin Cristina no se puede” tiene algún asidero, entonces quienes la formularon y avalaron deberían acompañar a Cristina y no dejarla sola: una institucionalización interna del Frente de Todos no sólo no sería incompatible con ese liderazgo sino que potenciaría el poder popular generando acuerdos y decisiones tácticas bajo el compromiso de realización efectiva.

Mendoza, 2 de enero de 2023.

*El autor es Ingeniero Civil, Diplomado en Economía Política y militante kirchnerista.

3 Comments

  1. Sara Berlfein dice:

    Clarisimo, nada que agregar Gracias

  2. Marcelo dice:

    Excelente síntesis,aunque discrepo con la concepción :
    «en su probada capacidad de conducción, ejecución y diagnóstico»
    Cristina tiene liderazgo,no tiene conducción
    Su raíz es radical,muy idealista,voluntarista e institucionalista
    No sirven esos ideales ante quien nos enfrentamos
    » Y no te olvides nunca que» decía Charly en la Hija de la lágrima y es q ELLA ELIGIO AL PEOR:
    Alberto,que no es ni perezoso,ni tonto,ni débil o contradictorio:Es un perverso nefasto,alfonsinista,q solo y sueña con lo q sueñan muchos:Liquidar el peronismo,sobre todo al Kirchnerismo,chupar al Pro y a los peronistas menemistas y fundar El tercer movimiento ( una nueva Alianza porteña con poder judicial,medios ,gorilas radicales,menemistas y ricos)