

El daño cultural y social de la dictadura no se mide sólo en términos de terrorismo de Estado. La sociedad que emergió a la democracia llevaba a cuestas tanto un trauma de terror como un empobrecimiento general de su cultura. Asistimos hoy a una debacle institucional sin antecedentes, que no se explica solo por un presidente abyecto. Mayorías silenciosas, minorías vociferantes, pero también políticos tránsfugas, legisladores lamentables y funcionarios corruptos nos sumergen en un clima y una cultura horrorosa y banal.
Por Miguel Gaya*
(para La Tecl@ Eñe)
En “El oro de la República” (Ediciones de la Claraboya, 1982) el poeta Jonio González dice: “a la sombra de los ministerios/ me obligaron a amarte/ a la luz de las conspiraciones/ y de los decretos”. Creo que no hay mejor definición de cómo vivimos los años de plomo de la dictadura que estos versos casi desconocidos.
Si los invoco hoy, a tantos años, no es para hablar de poesía, sino apenas para volver a escuchar esas voces que tal vez nos definen todavía. Por entonces habíamos formado con Jonio y Javier Cófreces un inefable Grupo Onofrio de Poesía Descarnada con el que realizamos una media docena de delirantes lecturas públicas en lo peor de la dictadura, el bienio de su apogeo, 1978/79, cuando parecía (y creían) que durarían para siempre. Mucho se ha dicho, y mientras no se haga justicia no será suficiente, sobre el genocidio. También mucho, y todavía se debe insistir en ello, sobre el criminal plan de expoliación y pobreza que motivaba a los verdugos y a sus mandantes. Pero creo que poco y nada se ha insistido en cómo la vida cotidiana de todos se vio percudida, oxidada, menoscabada, por el aire pútrido de la dictadura.
Una vida atravesada por el miedo, esto es obvio y casi siempre ocultado. Cada uno de nosotros lo conoció de algún modo, y supo en algún momento de esos años que el que quiso ser, en el país que soñó podía ser, ya no sería. También cada uno supo, en algún momento de esos años, que debía seguir viviendo, con toda terquedad, con empecinamiento, y si no con esperanza, con la decisión de disputar cada palmo de vida que fuera capaz de arrebatarle a los siniestros.
Porque si bien el terror era el horizonte y el límite, también es cierto que la cotidianeidad más elemental, los sueños más íntimos, estaban contaminados e intoxicados por esa barbarie. No sólo estaba el aparato represivo del terrorismo de Estado. También estaba el control social difuso y reaccionario que amarronaba la vida. Sin afán de agotar la lista, había los vecinos suspicaces, los profesores alertas, los jefes autoritarios, la desaprobación general de la conducta “inadecuada”, la policía omnipresente y omnipotente filtrando toda la realidad: los libros, las películas, la música, la vestimenta, la manera de abrazarse o la elección de a quién hacerlo. Eso fuimos. No es posible exagerar ni la manera de contaminar las vidas ni su persistencia. Eso fuimos obligados a ser, y en cierto modo, eso continuamos siendo.
Pero también fuimos, en ese mismo tiempo, quienes nos negamos a ser meros sobrevivientes. Nosotros, que sobrevivimos de milagro. Jonio González afirmaba también que lo que teníamos por delante no era una mera sobrevida, sino la vida, a secas y a nuestro cargo. Desde un punto de vista etario, tenía razón. Ninguno de nosotros llegábamos a la treintena. Pero desde el punto de vista generacional, la mayoría de los asesinados, presos, detenidos-desaparecidos y exiliados pertenecían esa franja de edad. Más allá de la peripecia personal de cada uno, éramos sobrevivientes de un proyecto trunco de país.
Reponerse a las pérdidas y al mismo tiempo transitar la reinserción en esa sociedad asfixiante, más se parecía a una sobrevida entre la pesadilla y el silencio que a otra cosa. Y sin embargo nuestro Armada Brancaleone de Poesía Descarnada no aceptó eso.
Como no lo aceptaron en ese mismo momento otros poetas, otros grupos, otras revistas literarias. Y se escribían libros que hoy se leen como clásicos. Y si abrimos el foco más, nos topamos con la llamada cultura de las catacumbas, donde exprofesores universitarios daban clases casi clandestinas de formación en humanidades con libros y autores prohibidos. Y surgía Teatro Abierto, y bullía el rock nacional a la espera de su explosión en Malvinas.
Si bien era el clima en el que nos movíamos, no era el clima de época. En nuestra vida cotidiana, los trabajos, los estudios, los medios y la televisión, la cultura menoscabante de la dictadura era omnipresente y moldeaba todo, incluyendo los libros y películas e ideas que alcanzábamos a disputarle.
Así se fue perfilando una suerte de cultura de resistencia. Pero la resistencia tiene como clave la afirmación de lo propio frente a la amenaza externa. En esa afirmación es difícil plantear y buscar alternativas con libertad, abrirse a exploraciones nuevas que pongan en duda lo que afirmamos, lo que somos, como supone todo proceso creativo. La resistencia es, casi por definición, autoafirmación, plantearse frente al otro con lo que uno es. Y toda cultura, todo proceso creativo, es un diálogo con el otro, con el diferente.
Al mismo tiempo, en el mundo entero se sucedían hechos y movimientos sociales que planteaban nuevos desafíos, engendraban nuevas ideas. Todo eso llegaba tarde, fragmentado y en sordina. En términos sociales, se suspendió hasta el silencio cualquier tráfico y discusión de ideas, imponiéndose no solo una mordaza a las voces disidentes, sino y sobre todo un control empobrecedor del discurso público.
Tengo claro los límites de este artículo y la generalidad de lo aquí expresado, que no solo salta sobre matices, sino además no hace justicia a la calidad de la cultura que aún en tales circunstancias se produjo. Pero me interesa señalar que se produjo “a pesar de”, y que ese señalamiento es decisivo. Tanto como que el diálogo con el otro es posible si el otro nos visualiza como interlocutores y no como blanco móvil. No se habla de la misma libertad entre lobos y corderos.
Lo que afirmo es que el daño cultural y social de la dictadura no se mide sólo en términos de terrorismo de Estado, de ruptura de la legalidad y aumento de la desigualdad en favor de unos pocos. La sociedad que emergió a la democracia llevaba a cuestas tanto un trauma de terror como un empobrecimiento general de su cultura.
Creo que es bueno reflexionar en esto por cuanto, a cuarenta años de la recuperación de las instituciones democráticas, aquellos polvos traen lodos nuevos. El barro con el que se amasó nuestra democracia también traía la fetidez de la cultura autoritaria.
Asistimos hoy a una debacle institucional sin antecedentes, que no se explica solo por un presidente abyecto. Mayorías silenciosas, minorías vociferantes, pero también políticos tránsfugas, legisladores lamentables y funcionarios corruptos nos sumergen en un clima y una cultura horrorosa y banal.
Y este clima es fruto de una tarea fenomenal de demolición de la convivencia democrática, que con la excusa de una oposición política se llevó por delante todo respeto por la verdad y la justicia. Los escandalizados de ayer multiplican sus escándalos día a día. Sin vergüenza, sin control y sin castigo, por ahora.
Nuevamente suenan los tambores de la intransigencia y la exclusión del adversario. Nuevamente llaman a la violencia y al exterminio del débil. Son grotescos, pero ya sabemos en qué derivan. La historia nunca se presenta igual, pero nada nos permite creernos que después de la tragedia viene solo la farsa. Esta farsa produce daños verdaderos.
*Escritor, poeta y abogado defensor de Derechos Humanos.

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