El ensayista Guillermo Korn despide a Horacio González, el hombre que invitaba a pensar todo aquello sobre lo que no se tiene opinión o nos sentimos inhibidos de preguntarnos.
Hernán Sassi escribe en este artículo que para quienes pertenecen a la “generación gonzaliana”, no hubo faro o centro del canon. Horacio González no era ni lo uno ni lo otro. Hubo sí, sabio de la tribu, de ahí el corazón aún hecho esponja vieja y el estómago-agujero negro con su partida.
Horacio González puso en escena un pensar que se desplegaba y replegaba pulsado por azares meditados. Su muerte disemina la responsabilidad de seguir pensando. Volver a leer sus páginas para interrogar cómo hacerlo. Retomar sus zigzagueos para aprender de los desvíos. Entregarse al vértigo de pensar con la amorosa concentración que le conocimos.
El duelo y el homenaje se cruzaron en el lanzamiento de una antología de Horacio González. En el encuentro quedó claro que los adioses son más arduos en esta época. Por suerte ya hay dos libros que prolongan su incitación a pensar.