
El (Bri)Tánico – Por Daniel Cecchini
17 julio, 2026La ciencia ficción en la convergencia posthumana se convirtió en una técnica de gobierno socioeconómico corporativo que afecta nuestras potencias. Una salida a explorar es volver a lo humano pero, según la autora, sin hablar la lengua del capital -sexista, racista, clasista- y desarrollando una propia, igualitaria y emancipatoria.
Por Ana Ojeda*
(para La Tecl@ Eñe)
Escucho a mi alrededor voces que se multiplican: la «salida» de esta desolación inmovilizante que entrega nuestras potencias a algoritmos, logaritmos y otros ritmos digitales para convertirnos en zombis cercenades de cualquier estructura de sentimientos que no sea «mi» algoritmo –al que entreno, cuido y mantengo con dedicación y paciencia como si fuera un tamagochi–, híper individuales e híper liberales («El otro sos vos» lo resumió la campaña del jefe de Gobierno) estaría en una vuelta a la humanidad. Una humanidad olvidada o extraviada en un pasado difuso y que tendríamos que recuperar para no seguir adentrándonos en un camino cuyo futuro sólo han vislumbrado los relatos de la ciencia ficción, desde Terminator a The Matrix a The Last of Us: «predecir el futuro es un gran negocio. El capitalismo es experto en sus propias versiones de escenarios de ciencia ficción para tener el cuidado de calcular bien sus posibilidades de perpetuar la codicia depredadora de que se alimenta. La ciencia ficción en la convergencia posthumana se convirtió en una técnica de gobierno socioeconómico corporativo» (Braidotti, 255).
Otra manera de decir lo mismo sería que a raíz de la incertidumbre que instala en las grandes mayorías laboriosas, el modelo de enriquecimiento fascista tecnofinanciero transnacional con acólites locales sólo preocupades por favorecer sus intereses personales; frente a los «desafíos» que nos plantea la digitalización (obligatoria) de nuestro ser-en-la-munda; frente a la velocidad hostil al pensamiento y la formación de conceptos (ideas) –que entroniza y estimula, en cambio, la emisión inmediata y continua de opinión y sentimiento (el pasaje de «Esto no está bien» a «Yo siento que esto no está bien»)–, volvemos la mirada a «lo humano», en donde ciframos la antítesis de esta serie de modos de existencia que se nos presentan, de pronto, como no tan deseables. «Salir» del embrollo en el que nos hemos metido sería, o podría ser, entonces, retornar a lo humano. Recuperar la humanidad que hemos perdido en algún recodo del camino.
¿Pero qué es lo humano?
En 1989 Donna Haraway, formada en zoología, filosofía e historia de la ciencia, ecofeminista decolonial, estudiosa de las relaciones humano-máquina y humano-animal, se planteó esta misma pregunta. Su respuesta fue el extraordinario «Visiones primates», que la editorial independiente argentina Hekht publicó en estupenda traducción de Noelia Billi, Guadalupe Lucero y Paula Fleisner, y cuidada edición en 2022. En él, Haraway rastrea cómo, cuándo y por qué se estableció la frontera, que tomamos como «natural», entre animales y humanes, o –en sus palabras– entre primates y humanes primates, es decir: cómo la ciencia acuñó la idea de lo humano y dónde termina exactamente lo animal.
«A lo largo de Visiones primates, he leído ‘fuera de contexto’ los discursos acerca de monos y simios, tanto los populares como los científicos. Mi esperanza ha sido que el enfoque siempre oblicuo y a veces perverso facilitara la revisión de las narrativas occidentales fundamentales y duraderas acerca de la diferencia, sobre todo la diferencia racial y sexual; acerca de la reproducción, particularmente en términos de una multiplicidad de generadores y de descendientes; y acerca de la supervivencia, especialmente la supervivencia de la historia, tal como son contados en el marco de las tradiciones occidentales de dicho género discursivo complejo» (571). «Este es el relato –sostiene Haraway a través del poema de Rayna Rapp que cierra el libro– que la ciencia nos cuenta sobre nuestro valor» (579). Y es un relato machista, racista, clasista, basado en la instauración de la diferencia por sobre la valorización del continuum de igualdades y semejanzas que unen todo lo que siente y cohabita con nosotres este mundo: ese es el relato que nos hace humanos.
«Desde el siglo XVIII, las ciencias de la vida occidentales han escrito en el cuerpo de la naturaleza la raza, la sexualidad, el género, la nación, la familia y la clase» (23), sostiene Haraway. Y sigue: «La práctica científica puede ser considerada como un tipo de práctica narrativa: el arte (gobernado por reglas, restringido, históricamente cambiante) de contar la historia de la naturaleza […] Cualquier enunciado científico acerca del mundo depende íntimamente del lenguaje, de la metáfora […] La práctica científica es, sobre todo, una práctica narrativa, en el sentido de una práctica histórica específica de interpretación y testimonio […] La biología es la ficción apropiada para los objetos que llamamos organismos […] Tanto uno como otro, científico y organismo, son actores de una práctica narrativa […] El trabajo asalariado, la apropiación sexual y reproductiva, y la hegemonía racial son aspectos estructurales del mundo social humano. No hay duda de que afectan sistemáticamente el conocimiento» (27-31).
No existe lo humano por fuera del establecimiento de la diferencia, la instauración y ejercicio de las jerarquías, que es un ejercicio del poder. Y todo lo que hacemos como humanes encarna ese relato, lo vehicula. Salvo que conscientemente dispongamos nuestras voluntades voluntariosas para ponerle coto a la repetición, al ser hablades y pugnemos por seguir con el problema porque no hay salida posible.
La respuesta no está en el pasado, sino en el devenir, en la búsqueda emancipatoria hacia la igualdad radical. No sólo entre humanes: entre todo lo sintiente del planeta. El «Patriarcado Capitalista Blanco’ […] convierte todo en un recurso apropiable», sostiene Haraway (39). Podríamos empezar por abandonar la imaginación imperial de Occidente porque todas «las entidades vivientes se verán afectadas en última instancia por la naturaleza autodestructiva de este orden económico capitalista neocolonial. En estas nuevas economías está operando una cruel lógica sacrificial de dejar morir a muchas poblaciones terrestres, humanas y no humanas. Muchos están deshumanizados al subestado de cuerpos desechables, expuestos a prácticas de explotación, expulsión y extinción» (Braidotti, 258).
Estamos juntas en la convergencia posthumana, de la cual no hay salida. Estamos aquí. «El feminismo postuhumano crea conexiones sin fusiones, poniendo de relieve la diversidad mientras afirma que estamos juntas en esta convergencia posthumana […] La energía del feminismo es una fuerza afirmativa infundida con poderes anticipatorios y visionarios, que necesitan ser actualizados y expresados por cada nueva generación a su manera […] La afirmación necesita ser construida evitando polarizaciones binarias y dejando el juicio en suspenso. Es necesario desarrollar un respeto por la complejidad, enfatizando el hecho inevitable de que las contradicciones son parte de cualquier proyecto político e intelectual digno» (Braidotti, 262-264).
Debemos pensar de maneras nuevas, inéditas. «Para ser capaz de imaginar la desestabilización de los relatos –afirma Haraway–, una debe formarse en un momento social en que el cambio es posible, en que las personas están generando sentidos diferentes en muchas otras áreas de la vida. La desestabilización es una tarea colectiva» (455). Si buscamos dejar atrás este embrollo en el que nos hemos metido, deberíamos dejar de hablar la lengua del capital (sexista, racista, clasista) y desarrollar una propia, igualitaria.
La utilización de lenguaje inclusivo es decisión de la autora.
Libros citados
Rosi Braidotti, Feminismo posthumano, traducción de Sion Serra Lopes, Barcelona, Gedisa, 2022.
Donna Haraway, Visiones primates. Género, raza y naturaleza en la ciencia moderna, traducción de Noelia Billi, Guadalupe Lucero y Paula Fleisner (Colectiva Materia), Buenos Aires, Hekht, 2022.
17 de julio de 2026.
*Escritora y editora.

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