
Ficciones, realidades, racismos e irreverencias – Por Pablo Alabarces
22 julio, 2026Nora merlin sostiene que entender el campo popular desde la articulación y no desde la unión nos obliga a abandonar la pretensión totalizadora de la homogeneidad.
Por Nora Merlin*
(para La Tecl@ Eñe)
En los debates contemporáneos sobre la comunicación política y la construcción del campo popular, suele deslizarse un equívoco conceptual peligroso: confundir la unión con la articulación. Bajo la premisa de la urgencia, se suele convocar a los distintos sectores sociales a una «unidad» que, la mayoría de las veces, opera bajo una lógica puramente aditiva o de amalgama. Sin embargo, si recurrimos a las herramientas del pensamiento formal y, fundamentalmente, a la teoría política de Ernesto Laclau, descubrimos que la verdadera potencia popular no se agrupa como una masa homogénea, sino que se trama a través de una compleja arquitectura articulatoria.
Para advertir la distancia abismal que separa ambos conceptos, resulta fecundo desplazar por un instante la mirada hacia la teoría de los conjuntos y la topología, campos que nos ofrecen una precisión formal para pensar la subjetividad y el lazo social.
La unión (A U B) : aplastamiento de las diferencias
En la teoría clásica de conjuntos, la unión (A U B) es una operación directa y plana. Consiste simplemente en meter elementos distintos dentro de una misma bolsa. Al unirse, los conjuntos originales pierden su frontera interna: los elementos conviven en un nuevo espacio homogéneo donde se borra el registro de sus procedencias singulares. Es la lógica de la fusión o de la masa. Si lo trasladamos a la política, la «unión» da como resultado una coalición corporativa o un frente electoral aditivo.
¿Cuál es el límite de esta lógica? Que los sujetos entran a la unión exactamente igual a como salen. Las demandas de los trabajadores, de los movimientos feministas, ambientalistas o de las disidencias se acumulan de manera yuxtapuesta. En el peor de los casos, la demanda de un sector mayoritario fagocita e invisibiliza a las demás; en el mejor, se produce una convivencia pacífica pero estéril, desprovista de una verdadera transformación subjetiva. La unión no hace pueblo; sólo agrupa fragmentos.
La articulación laclauniana: equivalencia sin cancelación
Frente al aplastamiento de la unión, Ernesto Laclau introduce la articulación como el modo de producción de lo popular. Esta operación no pertenece a la lógica de los conjuntos (donde las cosas solo están), sino a la lógica de las estructuras y las redes (lo que en matemáticas se conoce como teoría de grafos). Articular no es fundir; es sostener la diferencia de los componentes creando un lazo específico.
La propuesta de Laclau radica en que la construcción de un sujeto colectivo requiere activar, en simultáneo, dos fuerzas aparentemente contradictorias: la diferencia y la equivalencia.
Las demandas de una sociedad son inicialmente heterogéneas, singulares y específicas (diferenciales). Sin embargo, cuando esas demandas se topan con un límite común —un antagonismo, un poder instituido que no las escucha o las ningunea—, comienzan a reconocerse. No es que se vuelvan idénticas: la lucha de un movimiento social no es la misma que la de un sindicato. Lo que ocurre es que se vuelven equivalentes en su común oposición a ese límite externo.
Aquí reside el núcleo del lazo popular: la equivalencia no cancela la diferencia. En una articulación lograda, el subgrupo sigue siendo
y el
sigue siendo
. Sus identidades no se disuelven en una masa homogénea (como en la unión), sino que permanecen vivas, tensadas y coordinadas en una cadena solidaria.
El significante vacío como punto de anudamiento
Así como en la teoría de redes se requiere un vértice específico —un punto de articulación, puente o nodo— que impida que el sistema se fragmente, en la teoría de la hegemonía de Laclau ese lugar central lo ocupa el significante vacío.
Conceptos como «Justicia Social», «Democracia», «Peronismo» o «Kirchnerismo» funcionan como estos puntos de anudamiento topológico. Son el puente que comunica mundos heterogéneos sin obligarlos a homogeneizarse. Es allí donde se produce la investidura hegemónica: la identidad popular no es un dato de partida, sino un efecto. No es que los sectores ya identificados se unen, sino que es el propio lazo articulatorio es el que funda una nueva identidad colectiva, un «nosotros» que transforma retroactivamente a quienes lo componen.
Por esta razón, la articulación es inherentemente contingente y vulnerable. Si en la teoría de conjuntos disolvés la unión, los elementos simplemente vuelven a sus lugares previos. Pero si en una estructura política extraés el punto de articulación —el significante que sutura el sentido y sostiene la escucha—, el lazo social colapsa, se fragmenta y lo popular se disuelve en una dispersión atomizada, terreno fértil para el avance de las lógicas cibernéticas y el individualismo de mercado.
Hacia una política de la escucha
Entender el campo popular desde la articulación y no desde la unión nos obliga a abandonar la pretensión totalizadora de la homogeneidad. La construcción de un pueblo no es un acto de homogeneización ni una foto rígida de unidad electoral; es un proceso dinámico, un anudamiento simbólico que requiere una permanente ética de la escucha que renueva la articulación.
Hacer política, en el sentido más noble del término, es asumir la tarea artesanal de articular las diferencias sin aplastarlas, garantizando que la emergencia de lo común no se construya sobre el silenciamiento de las singularidades que le dieron vida.
22 de julio de 2026.
*Psicoanalista, magister en Ciencias Políticas.

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