
Para entender el golpe militar del 24 de marzo de 1976 es central analizar la conspiración, que comenzó estando Perón vivo, y que fue alentada e impulsada por los intereses permanentes de grupos oligárquicos, militares y civiles.
Por Osvaldo Papaleo*
(para La Tecl@ Eñe)
Hay varias cuestiones para entender el golpe militar del 24 de marzo de 1976. La conspiración comenzó estando Perón vivo y fue alentada e impulsada por los intereses permanentes de grupos oligárquicos, militares y civiles. La región estaba contagiada de dictaduras, Uruguay, Brasil y Chile, y la presencia permanente de Henry Kissinger era el matiz que denunciaba esos intereses en acción.
Cuando observamos la realidad política del país vemos un peronismo vital, con un frente político del campo nacional que había obtenido victorias electorales contundentes. Éramos mayoría en ambas cámaras y Peron comenzó a impulsar medidas destinadas a consolidar el pacto social que finalmente suscribieron Rucci y Gelbard en representación de la CGT y la CGE. El discurso del 12 de junio del General en Plaza de Mayo alerta sobre operaciones de sectores empresarios que comenzaban con el desabastecimiento en las góndolas de los comercios. Ese día primero se realizó una cadena nacional donde el presidente expuso las dificultades que se iban originando y como resultado de esa advertencia la CGT convocó espontáneamente al pueblo a la Plaza de Mayo. Pocos días después, con la desaparición física del conductor, todo se agravó. La transición posterior generó cambios en el gabinete y la centralidad del mismo ya no fue de los actores del Pacto Social (Rucci había sido asesinado en septiembre del ‘73) y la renuncia de José Gelbard conllevó un deterioro entre las relaciones del sector sindical, con empresarios e incluso con los nuevos funcionarios del gabinete nacional. Entre los enemigos internos y externos se comienza a sabotear el plan económico que termina con el Rodrigazo. Y posteriormente resultó evidente el enfrentamiento del movimiento obrero con López Rega y la caída de éste en agosto de 1975 fue el desenlace de esa interna. Además, los grupos armados que ya habían enfrentado a el general en vida de éste también agotaron una situación que aparecía como terminal. Ahí comienza lo que yo denominaría la batalla final y principal de la salida política. Por un lado, nosotros con el movimiento obrero como estandarte que nos opusimos al reclamo de sectores políticos y militares a la renuncia de la presidenta constitucional. El primer proyecto de la insurrección de los comandantes golpistas era acompañado por sectores políticos propios y de la oposición, que de diferentes formas y métodos pugnaban para que Isabel Perón presentara una dimisión que facilitara la instalación de un régimen simulado de democracia, al estilo de Bordaberry en Uruguay. En ese tironeo, llegamos a la noche de la tragedia. No obstante, nuestra intención de encontrar una salida consensuada nos llevó a una convocatoria a elecciones para septiembre de 1976.Convocamos a las principales figuras de la oposición para que en cadena nacional expusieran su solidaridad con el sistema democrático de gobierno. No logramos un objetivo pacificador. El golpe era acompañado por los principales medios periodísticos, ya encolumnados en la asonada dictatorial.
Conviviendo en su pretensión con los opositores, y a los que se sumaron varios senadores y diputados del PJ que siguieron insistiendo con la abrupta salida de la presidenta. Y ahí aparece en toda su dimensión el gran rol que cumple la señora Isabel Martínez de Perón. Sabiendo de las consecuencias que tendría para ella no presentar la renuncia, eligió ese camino forzando a una salida no planificada por los golpistas que siempre pensaron que conseguirían quebrarla. Era claro que los cinco años de detención que después cumple con toda dignidad, fue el precio de no facilitar el camino de quienes esperaban una salida hipócrita para ejecutar el genocidio que posteriormente cometieron con una pátina de gobierno constitucional. El rol de la señora presidenta es históricamente innegable. El retorno a la democracia de 1983 tiene mucho que ver con la dignidad de esa posición y la de los sectores consecuentes al legado del general Perón, que siempre mantuvieron una lealtad inquebrantable con el pensamiento justicialista. No hubo héroes, pero existieron gestos encomiables de quienes, al margen de su situación personal, sufrieron cárcel y torturas durante un periodo en el que existieron 30.000 muertes y desapariciones de una generación de argentinos.
*Periodista y destacado politico peronista. Fue secretario de Prensa y Difusión durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón.

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