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4 junio, 2026El tema central del teatro de Tennessee Williams es el desencanto de sus personajes con el mundo en el que viven. La agudeza psicológica del autor de obras como «Un tranvía llamado deseo”, desplegada en esta versión de «El zoo de cristal”, realizada por Mauricio Kartun y dirigida por Gustavo Pardi.
Por Osvaldo Quiroga*
(para La Tecl@ Eñe)
Es notable la agudeza psicológica de Tennessee Williams. Se podría decir que el tema central de su teatro es el desencanto de sus personajes con el mundo en el que viven. Blanche, en (1947), es una mujer anclada en el pasado; Brick, indeciso y apático, marcha a su propia destrucción en «La gata sobre el tejado de zinc caliente” (1955), y Shannon, en «La noche de la iguana”, no puede resolver sus conflictos con las mujeres. En cada una de las obras de Williams lo central es la vida interior de sus criaturas.
«El zoo de cristal”, de 1944, consagró al autor en la corriente del realismo estadounidense, ubicándolo como el continuador de Eugene O’Neill. Los personajes de esta obra, que tiene varias versiones en cine y que en 1991 dirigió Hugo Urquijo en Buenos Aires, luchan con sus propios fantasmas en un contexto adverso, el de la crisis económica de 1930.
Amanda, la madre de Tom y Laura, evoca su pasado sureño con «algún negrito de esclavo” y contrasta aquella existencia, más imaginada que real, con la actual decadencia en la que vive. Quiere que sus hijos aspiren a una vida mejor, pero no los percibe ni en sus contextos reales ni en sus posibilidades futuras, que ella misma se encarga de ahogar.
Tom, el hermano mayor, trabaja en una zapatería y sueña con ser poeta. Laura es renga y de una timidez patológica, pero también es la que abre el camino a la imaginación, la que se refugia en su universo de animalitos de cristal y construye un mundo secreto y sensible.
Jim O´Connor es amigo de Tom y llega a la casa de Amanda Wingfield sin saber que ella ha propiciado el encuentro con Laura, imaginando que puede ser un candidato para su hija. Pero algo sucede: Jim, aunque está comprometido y próximo a casarse, la ve a Laura de otra manera. Él no cree que el defecto físico de ella sea un impedimento para la vida. Laura y Jim se conocían del colegio secundario y ella estaba secretamente enamorada de él.
El teatro es siempre el territorio de las actrices y los actores. Gustavo Pardi, en su lograda puesta en escena, ha puesto el foco en la elección de los intérpretes y en las admirables cualidades profesionales de cada uno de ellos. Es sabido que Ingrid Pelicori es una de las grandes actrices de nuestra escena. Y en la piel de Amanda lo demuestra una vez más. Esta madre abandonada por su marido alcohólico, verborrágica, insoportable por momentos, es también la que ama a sus hijos y los sostiene como puede. Ingrid pone a Amanda en su cuerpo y le da la carnadura imprescindible para que el espectador, antes de juzgar, se anime a comprender.
Malena Figó, en un trabajo admirable, compone con Martín Urbaneja, otro excelente actor, la escena más profunda y bella de la obra: la de la danza con Jim. Él, un joven apuesto que quiere conquistar el sueño americano a base de trabajo y brillo personal, baila con ella y le devuelve la ilusión que alguna vez tuvo. Podría decirse que Laura conoce el amor en ese momento y que el beso torpe que se dan es una epifanía tan conmovedora que alumbra toda la obra de Williams.
Walter Quiroz, en la piel de Tom, descubre las facetas más íntimas de su personaje al internarse en sus dificultades para enfrentar a su madre y romper con esa familia que lo mantiene atado a un trabajo que detesta. Pero también es el mismo que ama a su hermana y en una escena alejada del realismo, casi como un diálogo secreto que se hace visible, llora y emociona al espectador como solo saben hacerlo los grandes intérpretes.
El equilibrio entre la escenografía, el vestuario, la iluminación y la música original, juega un rol dramático importante. Hay algo en el espacio escénico que se parece al sueño, quizá sea esa cercanía que consiguen las actuaciones al mostrar un mundo dolorosamente cercano. O tal vez la vulnerabilidad de los personajes, que obran como fantasmas que nos hablan al oído. Fantasmas como el de Macbeth cuando dice: «La vida no es más que una sombra que camina; un pobre actor que se pavonea y se agita durante su hora en el escenario y después no se le vuelve a oír”.
(“El zoo de cristal”, de Tennessee Wiliams. Versión: Mauricio Kartun. Dirección: Gustavo Pardi. Intérpretes: Malena Figó, Ingrid Pelicori, Walter Quiroz y Martín Urbaneja. Vestuario: Julio Suárez. Escenografía: Cinthia Chomski. Sonido y música original: Silvina Aspiazu. Funciones: lunes, a las 20.30, en el Tinglado, Mario Bravo 948).
Viernes, 5 de junio de 2026.
*Periodista especializado en Cultura, creador de El Refugio y Otra Trama. Actualmente al frente de El Refugio en la radio de Las Madres de Plaza de Mayo, AM 530 Somos Radio.

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