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(para La Tecl@ Eñe)
Empecé a escuchar a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota a los doce años, justo cuando me estaba metiendo de lleno en el mundo de la música: Charly, Soda, Beatles, Spinetta. Es esa edad, la adolescencia, en la que todo está a flor de piel, las cosas son lo mejor o lo peor, nacen tus primeras pasiones y se construyen tus ídolos. En medio de ese caos, sus letras me sacudieron como un torbellino: yo a las letras del Indio Solari no las entendía.
Años más tarde, ya más grande, una profesora en la secundaria nos habló de él en clase. Cuando le comenté que sus letras me resultaban indescifrables, me preguntó si yo leía poesía. Le dije que no. “Bueno, es que el Indio es un poeta – me contestó -. “Tenés que escucharlo más y vas a entender”.
A partir de ahí empecé a escuchar con más atención, a desarmar esa opacidad envolvente y a dejarme atravesar por sus metáforas filosas. Nunca me fanaticé del todo, no me considero un ricotero, pero la figura del Indio Solari siempre se me reveló como algo único: no sólo como uno de nuestros mejores músicos, sino como un gran escritor. Cualquiera que haya visto a Solari en un escenario se sorprendería ante la hipnosis de ese hombre menudo y calvo, de voz delgada, anteojos oscuros y descamisado; un aura mucho más cercana a la de un poeta que al arquetipo del “rock chabón” que sí estaba presente en sus seguidores. Todo lo que envolvía a la figura de Solari era tensión.
Si el universo anglosajón construyó mitos globales que cruzaron la frontera entre la literatura y la cultura de masas – como Bob Dylan ganando un Premio Nobel, Jim Morrison musicalizando a Rimbaud o Patti Smith inyectándole a la generación beat al punk -, el Indio hizo su propia alquimia rioplatense. Es algo bien nuestro. Es un fenómeno estrictamente argentino, casi un secreto de estado indescifrable fuera de nuestras fronteras. Los Redondos son intraducibles, pero a la vez el Indio fue el más internacionalista de nuestros rockeros. Sus letras te hablaban de Chernobyl en los ochenta, de las “monjas verdes”, de la Guerra del Golfo, de la psicodelia, de Naomi Klein, de las crisis financieras o de Internet y sus utopías. De esa manera, el Indio Solari fue fundamental para la formación política de miles de jóvenes de aquella época.
Las canciones de Patricio Rey no están habitadas por héroes románticos, sino por buscas, sobrevivientes, marginales y profetas de la noche urbana. Personajes arltianos. Sus letras tienen ese “cross a la mandíbula” con el que el propio Roberto Arlt definía su literatura, una idea que años más tarde rescataría Ricardo Piglia para pensar nuestra narrativa. Desde el lunfardo, la traición y la mugre del asfalto, Arlt construyó una obra que la élite ilustrada miraba de reojo; el Indio Solari hizo lo propio en el rock: plantó una bandera de vanguardia estética desde el barro. Sus canciones funcionan como un ojo clínico de la sociedad: auténticas aguafuertes que corroen los vestigios más sucios que nos habitan.
Así, puso incómodos con su contracultura a los elitistas y abrió una senda de nuevas formas de ver las cosas para los sectores más populares. Porque el Indio nunca nos subestimó. Nos habló en lunfardo de cosas complejas y, con palabras sofisticadas, narró cuentos de esquina; las vidas en nuestros barrios. Hizo bailar a los filósofos y leer a los ladrones. “Cuando la noche es más oscura / se viene el día en tu corazón”, cantaba en Juguetes perdidos. Nos enseñó, con esa lujosa manera de decir, cómo resistir los embates del espanto.
Domingo, 7 de junio de 2026.
*Estudiante avanzado de la carrera de Periodismo en Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV). Ayudante de la materia Periodismo y Literatura-UNDAV. Estudiante de la carrera Artes de la Escritura en Universidad Nacional de las Artes (UNA)

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