
Agustín Solís, estudiante avanzado de la carrera de periodismo en la UNDAV, sostiene en esta nota que todos los sectores que componen el movimiento universitario tienen que repensar sus estrategias ante la gravedad del ataque que sufren las universidades públicas, y plantea que si desde las distintas instancias de la vida universitaria no se proyectan formas de articulación para llevar adelante un replanteo táctico en sus medidas y acciones, la universidad corre el riesgo de convertirse en una institución que analiza el mundo pero renuncia a transformarlo.
Por Agustín Solís*
(para La Tecl@ Eñe)
Salir a asustar te protege más,
en esta la era de la boludez.
Divididos “Salir a asustar”.
El Gobierno Nacional ha dejado clara su postura: el incumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario no es un error de cálculo, sino una voluntad política ejecutada con precisión quirúrgica. Ante esta evidencia, el movimiento universitario parece haber quedado atrapado en una espera estéril, aguardando un cambio de opinión, o un gesto de buena voluntad, que los hechos ya se encargaron de desmentir.
La norma fue votada por el Congreso, vetada por el presidente y luego aprobada por dos tercios de los legisladores de ambas cámaras para voltear el veto. Aun así, el gobierno nunca cumplió con la ley. El caso llegó a la Justicia y ya cuenta con dos fallos —en primera instancia y a través de la Sala III de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Contencioso Administrativo Federal— que ordenaron al Poder Ejecutivo su inmediata implementación. Pero a más de ciento setenta días de incumplimiento, y tras el vencimiento del plazo para acatar la sentencia judicial, la Procuración del Tesoro de la Nación presentó un recurso extraordinario federal. El objetivo es suspender la aplicación de los artículos 5 y 6 de la Ley de Financiamiento Universitario (N° 27.795). La presentación oficial cuestiona el fallo de la Cámara que había confirmado la medida cautelar y, en consecuencia, busca dejar sin efecto tanto la recomposición salarial prevista como la inaplicabilidad del artículo 1 del Decreto N° 759/2025.
Esta nueva maniobra judicial no hace más que profundizar la incertidumbre, colocando a las universidades, una vez más, en un compás de espera que suma una traba burocrática más para evitar que se cumpla la ley. Ante esta evidencia, la lucha universitaria parece haber quedado atrapada en una inercia de respuestas moderadas. Se han realizado paros escalonados y jornadas de visibilización que, en la práctica, resultan a todas luces insuficientes.
Acción sin reacción
Esta falta de respuesta no es ausencia de diagnóstico, en realidad es una alarmante orfandad de voluntad. Mark Fisher lo define en “Realismo Capitalista” como “impotencia reflexiva”. Para Fisher, no se trata de una ignorancia sobre el estado de las cosas, sino de algo mucho más corrosivo: una conciencia hipertrofiada que actúa como un sedante. Los militantes actuales saben perfectamente que el presupuesto se agota y que los paros simbólicos no surten efecto, pero esa misma conciencia parece impedirles cualquier reacción que no sea la resignación. Como señala Fisher, esta postura implica que los sujetos son conscientes de las causas estructurales de su malestar, pero, precisamente por haberlas analizado con tanto rigor, han llegado a la conclusión de que el sistema es una maquinaria total de asimilación frente a la cual cualquier gesto de rebeldía es fútil. Es una forma de depresión política donde el diagnóstico se vuelve un fin en sí mismo. Bajo la lógica de Fisher, la “impotencia reflexiva” permite a la militancia mantener una «superioridad moral» —la del que sabe lo que ocurre— sin tener que asumir el riesgo de la confrontación verdadera. Se discute el ajuste con una indignación que no genera consecuencias, una catarsis de pasillo que se agota en el eco de sus propias palabras mientras las universidades públicas transitan el tembladeral hacia el abismo.
Sin embargo, cabe preguntarse por la naturaleza de las decisiones dentro de este movimiento. Si bien la unidad de los claustros se mantiene formalmente intacta, se percibe una asimetría en la conducción: es el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), bajo la dirección de los rectores, quien marca el ritmo de una agenda a la que los demás sectores terminan acoplándose. La última apuesta fue el llamado “paro a la japonesa”, una modalidad que, bajo el eslogan de la UBA “el presupuesto baja, nuestro compromiso sube”, pretendía visibilizar el conflicto sin detener la actividad durante veinticuatro horas. No obstante, esta estrategia se reveló rápidamente como una propuesta tardía y desconectada de la realidad, que no es la misma en cada universidad. Su organización burocrática impidió un impacto real y demostró ser inviable para la mayoría de las universidades nacionales, cuyas realidades territoriales no permiten sostener una medida de ese tipo. Finalmente, tras el agotamiento de estas instancias, se ha convocado a una nueva marcha federal para el 12 de mayo; una fecha que se siente lejana frente a la urgencia del desmantelamiento. En consecuencia, es necesario llamar a una reflexión profunda que permita escuchar las voces de docentes y estudiantes para amalgamar mejor la lucha, comprendiendo que las realidades territoriales no son uniformes. La eficacia de una medida no puede ignorar el peso de lo cotidiano: el estudiante que depende del transporte público o el docente que debe multiplicar sus empleos para subsistir. De cara a la próxima marcha, el desafío es definir medidas más claras que respeten la idiosincrasia de cada universidad, permitiéndonos llegar mejor armados como comunidad.
Misma lucha, diferentes realidades
En simultáneo a la decisión de llevar a la Corte Suprema su reclamo para no cumplir con la ley de financiamiento universitario, el oficialismo buscó en la Cámara de Diputados impulsar un proyecto alternativo de ley que evite transferir el dinero que la actual ley ordena. Es aquí donde empieza a emerger la idea del «mal menor» para muchos dirigentes que forman parte de las altas casas de estudio: si no se puede tener el presupuesto que queremos, al menos en esta nueva ley que mandará el gobierno a diputados hay «un» presupuesto, “poco es peor que nada”. Esto es preocupante para todas las universidades, pero sobre todo para aquellas que no gozan de otras posibilidades para generar recursos, y años de prestigio como la UBA. A diferencia de la UBA, La Plata o la Universidad de Córdoba, que tienen convenios históricos, fundaciones, hospitales propios y una red de extensión que genera recursos, las universidades del conurbano dependen casi en un 100% de las partidas presupuestarias del Gobierno Nacional. Si el presupuesto se congela o se reduce, no tienen «ahorros» ni otras cajas de donde sacar dinero para pagar la luz o la limpieza. Además, la UBA tiene una capacidad de movilización y una llegada a los medios de comunicación que funciona como escudo político. El costo político del cierre de la UBA podría ser altísimo para el gobierno. Para una universidad más joven, esa batalla es mucho más desigual; a veces son estigmatizadas como «universidades militantes» para justificar el desfinanciamiento, y al no tener graduados en puestos de poder, como el Congreso, gobernaciones, Ministerios, etc., su defensa queda limitada a la comunidad local. En este marco, la reducción del presupuesto dejaría a universidades jóvenes como la Universidad Nacional de Avellaneda o la Universidad Nacional de Hurlingham, directamente al borde del cierre.
Resulta urgente que el estudiantado se haga cargo de su rol como motor del movimiento. Atrás quedó ese final de cuatrimestre de 2024 donde la mayoría de las universidades públicas del país estaban tomadas por los estudiantes. Aunque esa medida parecía despertar un gran fervor en la militancia, no se sostuvo por mucho tiempo. Más allá de que las medidas de fuerza siempre se agotan antes de terminar de dar lo que se espera de ellas, por alguna razón que desconozco ni el gobierno ni el movimiento universitario quisieron explicar públicamente a qué acuerdo precario se llegó. De ese modo, las clases volvieron, las tomas se levantaron en cadena, casi por inercia, y desde entonces la militancia parece haber renunciado a cualquier acción de ese calibre. Este repliegue silencioso hacia la nueva normalidad de las aulas —hace dos años que cursamos entre paros y clase públicas— ha dejado a la organización estudiantil en un estado de quietud absoluta, una parálisis que acepta el conflicto como parte del paisaje, esperando una orden o un desenlace que nunca llega.

No con un estallido
Esta situación de comodidad en el movimiento estudiantil presenta un paralelismo con la película La Chinoise de Jean-Luc Godard. Como los jóvenes de La Chinoise, los militantes actuales habitan un laboratorio de ideas que funciona por fuera del mundo. En la película, los protagonistas se encierran en un departamento para estudiar la revolución como quien estudia una lengua muerta; discuten la teoría, corrigen sus propios discursos y se sienten radicales porque el entorno que han construido les devuelve el reflejo que quieren ver. En ese sentido, lo que sucede en ese departamento es el retrato exacto de las agrupaciones universitarias frente al ajuste actual: una vanguardia de pasillo que se siente cómoda en la pureza de la asamblea, pero que es incapaz de producir una acción que rompa el cristal del campus. Hablan de la crisis con la sofisticación de quien analiza una pieza de museo, mientras afuera el Gobierno Nacional ejecuta un desmantelamiento real que no necesita de su validación intelectual.
Sin embargo, en el cine de Godard, ese aislamiento tiene un límite: el momento en que Véronique decide que la teoría ya no alcanza y da el salto hacia la acción. Aunque ese salto no es un triunfo, sino una caída hacia el vacío. En la célebre secuencia del tren, Véronique se enfrenta a la lucidez de su antiguo profesor, quien le interpela sobre la inutilidad de una violencia que no tiene detrás un horizonte de futuro ni un lazo con la sociedad real. La joven dice que quiere poner bombas en la universidad, de esta forma con el cierre de éstas las personas entenderán y se sumarán a la revolución. El profesor le advierte que su radicalismo es, en el fondo, una forma de narcisismo: la explosión como un fin en sí mismo, un «hacer algo» desesperado que no construye nada. En ese sentido, están quienes piensan en repetir el estallido social de 2001 que se vivió en nuestro país como única medida de contundencia para derribar al gobierno actual, pero ignoran la pregunta fundamental: ¿qué sigue después? No tiene sentido provocar un quiebre institucional de esa relevancia sin una hoja de ruta definida. Tras la caída del gobierno, el vacío de poder es la única certeza.
En nuestra realidad universitaria, la militancia parece atrapada entre esos dos fracasos. Por un lado, los que se quedan en el departamento discutiendo la pureza del dogma; por el otro, el riesgo de una reacción espasmódica y sin rumbo que, al igual que el atentado de Véronique, termina siendo un gesto estéril que no mueve el amperímetro de la estructura de poder. La falta de respuesta contundente ante el Gobierno nacional nace de esa incapacidad de unir la teoría con una praxis que tenga sentido histórico.
Pasos previos, presentes y futuros
Esta carencia de poder para realizar estrategias es, en última instancia, el síntoma de un pasaje de mando que se ha roto de manera definitiva. Como señalaba Hannah Arendt en “Entre el pasado y el futuro”, la crisis de la política surge cuando las nuevas generaciones se niegan a asumir la responsabilidad del mundo que heredan. Para Arendt, el relevo generacional exige el coraje de proteger lo que existe —en este caso, la universidad pública— para poder transformarlo. Este puente generacional roto es lo que Hannah Arendt diagnosticaba como una crisis de responsabilidad. En ese aspecto,para Arendt «la educación es el punto en el que decidimos si amamos al mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él y así salvarlo de la ruina que, de no ser por la renovación, de no ser por la llegada de los nuevos y los jóvenes, sería inevitable». Al rechazar la confrontación directa contra el atropello institucional, la militancia está renunciando a su rol como heredera de una tradición de lucha. Hemos preferido ser cronistas de la ruina en lugar de asumir la incómoda responsabilidad de salvar la institución.
Si Arendt nos advierte sobre la crisis de responsabilidad, Francisco “Paco” Urondo nos recuerda que la revolución no es un movimiento que sólo responde a la fuerza. En su novela “Los pasos previos”, los personajes confiesan que la poesía y la acción son un mismo gesto vital. Urondo no concibe la palabra como refugio, sino como motor de acción: la literatura se vuelve inseparable de la militancia, y la militancia, inseparable de la vida. Esa conjunción entre estética y política contrasta con la parálisis actual del movimiento universitario, que parece haber perdido la capacidad de unir pensamiento y acción. Recuperar esa unidad —ese paso previo— es la tarea pendiente. Hay un diálogo que tienen los personajes de la novela en los primeros capítulos del libro que lo refleja:
—¿Y vos sos el que querés hacer la revolución?
—Me gustaría.
—¿Y para qué?
—Para escribir; para escribir poemas.
—Y por el hombre y la injusticia, ¿no?
—Sí, por supuesto. Pero también para escribir poemas.
—No sabía que escribías poemas.
—No escribo, voy a escribir, cuando se haga la revolución.
Para Urondo, hacer la revolución era un todo indivisible: se escribía para hacer la revolución y se hacía la revolución para poder, finalmente, escribir. No existía esa grieta contemporánea que separa el intelecto de la voluntad; era el pensamiento llevado a la acción como una sola fuerza vital. Esta convicción de Urondo nos recuerda que el compromiso no es un simple ejercicio retórico, sino un proceso que nace de la urgencia de construir un mundo donde la vida sea posible. Si bien entendemos que cualquier transformación social es el resultado de acciones colectivas organizadas que retoman críticamente los procesos anteriores, el peligro actual radica en haber convertido esa reflexión en un refugio para la inacción.
Pensar en formas de combate, articular una verdadera revolución de las ideas y de los cuerpos, no es una tarea fácil. Pero si no somos capaces de proyectarla desde los lugares académicos, la universidad corre el riesgo de convertirse en un cascarón vacío, una institución que analiza el mundo, pero renuncia a transformarlo. Todos los sectores que componen el movimiento universitario tienen que repensar sus estrategias. Los estudiantes deben tomar conciencia de la gravedad del momento, hacerse cargo de su tiempo y dar ese paso que ya se demostró posible en las marchas anteriores. Si no hay una respuesta contundente es porque se ha olvidado el paso previo más fundamental: entender que la dignidad no se declama en asambleas ni se negocia en despachos, se defiende, como siempre, en la calle.
Jueves, 23 de abril de 2026.
*Estudiante avanzado de la carrera de Periodismo en Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV). Ayudante de la materia Periodismo y Literatura-UNDAV. Estudiante de la carrera Artes de la Escritura en Universidad Nacional de las Artes (UNA)

La Tecl@ Eñe viene sosteniendo, desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000 ó $10.000. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Tu aporte es importante para seguir adelante.
Muchas gracias.
Alias de CBU: Lateclaenerevista