
La guerra contra el libro: un ataque a nuestra identidad cultural – Por Rodolfo Hamawi
23 julio, 2026Los adolescentes nos convocan detrás de su máscara de apatía, su indiferencia es nuestro espejo; es un grito, un pedido de auxilio. ¿Vamos a escucharlos o persistiremos en nuestra sordera?
Por Monika Arredondo*
(para La Tecl@ Eñe)
«… No pudiendo respirar, asfixiándome en mí yo, imagino la muerte como un lugar donde no necesite hacer tan horrorosos esfuerzos…»
Alejandra Pizarnik.
El suicidio se nos impone como una pregunta sin respuesta, un acontecimiento no vislumbrado. Una renuncia, al fin, acompañada por el desánimo y el sinsentido de un alma triste.
Vivimos en un sistema cerrado donde los hombres se someten ante el poder de las imágenes y ante la dulzura del señuelo consentido.
La novela familiar nos sostiene en una constelación de expectativas, promesas y deseos que nos protegerían cual lucecitas en la pagina aún no escrita de nuestra historia. A pura perseverancia insistimos en traducirla en un trazo armonioso y perfecto. Un mandato que tendría por objetivo prevenir el fracaso, la ruina y la duda vertiginosa. La renuncia trabaja silenciosamente y conduce a un solo desenlace.
Las vidas grises marcadas por el borramiento y el olvido se caracterizan por no existir para sí mismas, encarnan una maldición y una impotencia ante las exigencias desmesuradas de la vida. Esas vidas olvidadas o sumergidas en redes imaginarias, atraen la resonancia íntima de los traumas colectivos y también de lo no dicho.
Sacrificio, renuncia y suicidio se acompañan en el camino de una muerte anunciada. Su mensaje, hay que vivir la vida a pequeños pasos sin hacer demasiado ruido, reprimiendo sueños y accesorios inútiles; esencialmente vivir otras vidas abrazando lo virtual.
Escribe Anne Duffourmantelle: «El suicidio comienza con el ya no, el evento supone que ha acontecido lo irreparable, es decir el trauma. El trauma existe desde el momento que nada podemos hacer frente a un acontecimiento, ausentándonos para tener la fuerza para seguir viviendo. El trauma es en definitiva una cita perdida que violenta nuestro ser y que se perpetúa en el lenguaje o se convierte en silencio. El suicidio es una forma de traer a la escena colectiva un trauma olvidado y que no pudo se nombrado lo suficiente…».
¿Suicidio convertido en sacrificio u ofrenda social?
La palabra permanece ausente; de ser un sacrificio que los dioses no reciben y sí es una renuncia para no seguir contemplando los actos brutales que se cometen en la vida diaria.
¿Quizá un numero en una estadística? No hay lenguaje que se acerque o amanse la muerte. Ninguna palabra levanta el secreto de una vida que se propuso para la muerte, esta impotencia de la palabra nos asocia al sacrificio. El ritual, las palabras no dichas, la angustia no alojada; nuestra imperiosa necesidad de comprender, consolar y albergar llega demasiado tarde. Si los rituales y las defensas de la ley pierden su función de escudo, entonces todo el universo familiar se ve amenazado por el colapso.
Los gestos cotidianos, mágicos y solidarios que inventamos pierden su valor en apenas segundos, y entonces la posibilidad de recrear contra viento y marea un mundo más humano se pierde definitivamente.
Las máquinas, lo artificial, ofician de sacerdotes en estos sacrificios. Nadie escuchó lo que ese silencio gritaba perdido en la red infinita y anónima de la MATRIX.
Nuestros chicos se suicidan, desaparecen mientras la sociedad siembra su tranquila seguridad de haber hecho todo lo posible.
Una vez más cito a Dufourmantelle… «Engendramos niños y adolescentes sacrificiales; en una casa se suicida un niño, sus familiares y allegados se ven afectados hasta el punto de querer hacer desaparecer la palabra que pudo haber sido dicha y exorcizado el sacrificio, trasladándola a una escena simbólica que permita a los vivos permanecer en paz con la memoria …».
Las juventudes actuales se confrontan a una orfandad social generada por la impotencia y el padecimiento de los adultos, arrojados a una sociedad informacional en exceso y sin el tutelaje de los mayores; los más jóvenes crean sus propios protocolos de supervivencia ante un mercado implacable y una presencia omnímoda del algoritmo.
La adolescencia está en fuga, el anonimato de la red se lo facilita. Nuestros chicos están padeciendo un gran sufrimiento psíquico; el presente los exilia y el futuro no representa un lugar que de señales ciertas para su existencia; se satura la imaginación y se relativiza el dolor.
A modo de testimonio rescato las declaraciones de una docente del secundario en la ciudad de Rawson, luego de una seguidilla de suicidios en el mes de julio del 2026:
«… Hemos perdido varios estudiantes y las situaciones se dan bajo el mismo argumento: discriminación, bullyng, soledad, falta de trabajo, prejuicios. Los comentarios anónimos llenos de desprecio y burla se concentraron en un estudiante que estaba buscando trabajo y cuando le aparecía una changa dejaba de venir a la escuela. Él decide publicar en Face un currículo, recibiendo estos comentarios: ‘A vos nadie te va a dar trabajo, sos un negro pata sucia’. ‘Que animal, no sabes ni hacer un CV’. ‘Agarra la pala y enterrate’. Y tantos otros. Como docentes lo que percibimos es la repetición de lo que está de moda: el maltrato. Los que se ríen o replican el perfil de las burlas suman likes, hacen memes a lo ya escrito y se suman en el desprecio, y en algunos casos lo viralizan. Detrás de ese anonimato de las redes y de un permitido que se evidencia en discursos desde el poder, puedo lastimar sin escrúpulos. Y voy a estar bien, total nadie sabe quién soy. Las escuelas están saturadas y los docentes estamos perdiendo las vidas de nuestros chicos …».
Transcribo datos oficiales del Ministerio de Salud de la Nación año 2025. Según el Boletín epidemiológico nacional fueron notificados, hasta el mes de abril, 15.807 eventos asociados al suicidio, un promedio de casi veintidós intentos por día. Del total de estos intentos, el 94,3% corresponde a casos sin resultado mortal y el 5,7% a la muerte.
Las tasas más elevadas de suicidio corresponden a los grupos entre 15 y 19 años. Se notificaron también 23 eventos de niños de cinco a nueve años.
En la ciudad de Buenos Aires, según el Ministerio Público Tutelar, quien esta llevando a cabo una investigación y seguimiento, se registran 596 internaciones de niños y adolescentes por riesgo suicida.
Y de acuerdo a datos actualizados por el Ministerio de Salud de la Nación, un adolescente intenta suicidarse por día en el país, siendo el suicidio la segunda causa de muerte entre chicos y chicas entre diez y diecinueve años.
¿Son sólo números y estadísticas? No, son historias truncadas con nombres y deseos no cumplidos, frustraciones y una inmensa soledad. Solo una salida: la renuncia a la vida.
Los chicos nos convocan detrás de su mascara de apatía, su indiferencia es nuestro espejo. Es un grito, un pedido de auxilio. ¿Vamos a escucharlos o persistiremos en nuestra sordera? Habrá que dejar que la muerte hable, concederle la palabra. Instalar las preguntas que aún con miedo conjuren la parálisis absoluta de una apática nada sin principio ni final.
23 de julio de 2026.

*Psicoanalista.

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