

El homenaje de la UNPAZ a Estela Carlotto fue un cruce generacional que reafirma la memoria como resistencia y la esperanza como futuro.
Por Claudio Altamirano*
(para La Tecl@ Eñe)
Fotos: Prensa UNPAZ.
A veces la vida ofrece excusas perfectas. No para justificar nada, sino para habilitar lo que el corazón viene pidiendo en silencio: reencontrarse con alguien cuya sola presencia ordena el mundo un poco. En mi caso, esa presencia se llama Estela Carlotto.
Volver a verla, a sus 95 años, no es nostalgia: es un acto político y ético. En un país donde el negacionismo intenta reinstalarse como sentido común y la crueldad se disfraza de eficiencia, Estela sigue siendo el faro que señala la dirección cuando el presente se vuelve turbio. Su vida entera es una lección de dignidad: transformar la injusticia en tenacidad, la ausencia en búsqueda, el dolor en horizonte colectivo.
La excusa para verla fue perfecta. Los estudiantes de la Universidad Nacional de José C. Paz decidieron declararla madrina de toda la comunidad estudiantil. No fue un protocolo: fue un gesto político rotundo, un reconocimiento generacional hacia una mujer que encarna la ética pública que hoy necesitamos defender con más fuerza que nunca.
La sede de Abuelas de Plaza de Mayo nos recibió con esa calidez que solo tienen los lugares donde la memoria se hace práctica cotidiana. Allí llegaron los pibes y las pibas, con la mezcla de emoción y respeto que despierta encontrarse con alguien que ha marcado el pulso moral del país durante décadas. Llevaban una placa, sí, pero sobre todo llevaban palabras: preguntas, inquietudes, agradecimientos. Una conversación abierta entre generaciones que se necesitan mutuamente.

Estela los escuchó con atención honda, maternal y política. Les habló del valor de la verdad, de una democracia frágil cuando se la vacía de justicia social, y de la memoria como proceso vivo. No se detuvo en el pasado: puso el foco en el presente que duele, en la desigualdad que crece, en los discursos de odio que avanzan y en la manipulación del sentido común que amenaza lo construido.
Los estudiantes compartieron sus experiencias en barrios y territorios, su militancia cotidiana, sus preocupaciones frente a un país donde muchas veces la solidaridad es vista como una anomalía. Y allí, en ese ida y vuelta, algo se abrió. No fue solo un homenaje: fue transmisión histórica, memoria en movimiento entre generaciones.
Mientras los escuchaba, entendí que ese encuentro era mucho más que un reconocimiento institucional. Era un cruce imprescindible en un tiempo donde la memoria está siendo disputada con ferocidad. Allí se desplegaba, silenciosa pero firme, una pedagogía de la esperanza: ternura, coraje y lucidez como forma de resistencia frente al intento de naturalizar la crueldad y la desmemoria.
Volver a encontrarme con Estela fue confirmar una vez más que la historia argentina no puede leerse sin Abuelas, sin su persistencia tenaz, sin su capacidad para convertir la tragedia en demanda colectiva. Su legado no pertenece al pasado: actúa hoy, aquí, en estas nuevas generaciones que no están dispuestas a renunciar a la verdad ni a la dignidad.
Por eso digo que fue la excusa perfecta. Porque bajo la forma de una placa y un título simbólico ocurrió otra cosa: un acto de futuro. Un abrazo entre una mujer que lleva casi un siglo defendiendo la vida y una juventud que quiere —que necesita— seguir su ejemplo. Yo, en el medio, aprendiendo una vez más que volver a verla es también volver a creer.
Estela no es solo memoria: es pedagogía viva. Cada encuentro con ella recuerda que el futuro, incluso en tiempos sombríos, puede ser digno si lo sostenemos juntos. Y no es casual que este homenaje ocurra cerca del 10 de diciembre, Día de los Derechos Humanos: la memoria activa es también la garantía de democracia para lo que viene.
Martes, 2 de diciembre de 2025.
*Educador, escritor y documentalista argentino.

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2 Comments
Hermosa e imprescindible nota Claudio. Amamos a Estela y todo lo que ella representa. Y lo que expresas nos ayuda a transitar estos tiempos con otra mirada.
Muchas gracias por tus palabras. Estela encarna una ética que nos sigue alumbrando, incluso en estos tiempos tan difíciles. Si lo que escribo ayuda a mirar con más esperanza y compromiso, entonces vale la pena. Abrazo grande.