

Infancia, mercado y el límite ético de la libertad.
Cuando los límites al poder se borran, la libertad deja de ser horizonte emancipador y se convierte en coartada. Y allí, donde la coartada reemplaza a la justicia, no solo la democracia se resquebraja: la humanidad entera queda expuesta al riesgo de un retroceso civilizatorio.
Por Claudio Altamirano*
(para La Tecl@ Eñe)
La reivindicación de ideas que naturalizan la explotación como efecto del mercado no es una audacia intelectual. Es una regresión ética que tensiona los consensos democráticos y expone, una vez más, a los sectores más vulnerables, en especial a la infancia.
La reciente circulación y legitimación pública del libro “Defendiendo lo indefendible”, publicado en 1976 por el economista estadounidense Walter Block, excede con creces el plano de la curiosidad intelectual. No se trata de una provocación teórica ni de un debate académico aislado. Es la consolidación de un marco de sentido que busca redefinir los límites morales de la vida social en nombre de una libertad entendida como valor absoluto y autosuficiente.
El núcleo de la propuesta de Block es conocido: toda transacción voluntaria —siempre que no medie coacción directa— es legítima, incluso cuando involucra prácticas socialmente repudiadas. Desde esa lógica, actividades como la usura, la mercantilización extrema de cuerpos o el trabajo infantil, dejan de ser problemas éticos, políticos o sociales. Se convierten en simples intercambios entre individuos. El razonamiento es formalmente consistente, pero sustantivamente vacío: borra de un plumazo las relaciones de poder, las desigualdades estructurales y la historia concreta de las injusticias sociales.
La libertad así concebida se vuelve abstracta, desanclada de la experiencia concreta de los sujetos. No hay contexto, no hay trayectorias de vida, no hay condiciones materiales. Solo individuos aislados, supuestamente libres, negociando en un mercado que se presenta como neutral. Sin embargo, la historia social demuestra otra cosa: allí donde se eliminan los límites éticos y las regulaciones colectivas, no emerge una libertad más plena, sino una jerarquía más brutal.
La cuestión del trabajo infantil condensa con claridad este problema. Justificar su existencia como consecuencia inevitable de la pobreza —o incluso como opción racional dentro del mercado— implica desconocer deliberadamente que su prohibición fue una conquista histórica. Esa conquista fue fruto de luchas sociales, acuerdos internacionales y aprendizajes dolorosos. La erradicación del trabajo infantil no respondió a un impulso moral abstracto, sino al reconocimiento de que la infancia debe ser protegida porque no se encuentra en igualdad de condiciones para elegir, negociar o defenderse.
Aceptar que un niño “consienta” trabajar en condiciones de necesidad extrema es ignorar que ese consentimiento está atravesado por la urgencia, la desigualdad y la falta de alternativas. ¿Puede llamarse libertad a una decisión tomada bajo la presión de la miseria? Convertir esa situación en argumento teórico no solo legitima la explotación: la normaliza y la despolitiza. La infancia deja de ser sujeto de derechos para convertirse en variable económica.
Este desplazamiento no es menor. Cuando todo puede ser mercantilizado, incluso aquello que una sociedad decidió resguardar como inviolable, la dignidad humana pierde su carácter innegociable. El mercado deja de ser herramienta al servicio de la vida y se transforma en criterio totalizador: define qué vale y qué no, quién merece protección y quién puede ser descartado.
No estamos ante un debate técnico sobre eficiencia económica. Estamos ante una discusión profundamente política. Las democracias modernas se construyeron, precisamente, a partir de la decisión colectiva de poner límites al poder —también al poder económico— y de establecer pisos de derechos que no dependan de la capacidad de pago ni de la fuerza contractual de cada individuo. Sin esos límites, la libertad deja de ser un derecho compartido y se convierte en privilegio de quienes ya tienen poder.
La memoria histórica resulta ineludible. Cada vez que se relativizó la dignidad humana en nombre de supuestas libertades abstractas o necesidades inevitables, el resultado fue un retroceso civilizatorio. Las sociedades que naturalizaron la explotación terminaron erosionando sus propios lazos comunitarios y vaciando de contenido sus instituciones democráticas.
Por eso, defender a la infancia, cuestionar la absolutización del mercado y reafirmar la centralidad de la dignidad humana no es una posición ideológica cerrada. Es una responsabilidad ética y política. La libertad, para ser verdaderamente humana, necesita límites que la orienten hacia el cuidado del otro y hacia la construcción de un nosotros.
Cuando esos límites se borran, la libertad deja de ser horizonte emancipador y se convierte en coartada. Y allí donde la coartada reemplaza a la justicia, no solo la democracia se resquebraja: la humanidad entera queda expuesta al riesgo de un retroceso civilizatorio.
Nota: En educacionymemoria.com.ar se encuentran materiales audiovisuales que abordan críticamente el trabajo infantil desde una perspectiva de derechos humanos, memoria histórica y educación pública.
Sábado, 27 de diciembre de 2025.
*Educador, escritor y documentalista argentino.

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