

Nación, oro y dinero: la calidad del orgullo nacional está en el mérito de los países, no en su método. Una nación debe custodiar su dinero y su oro porque ambos representan su soberanía económica, su capacidad de acción autónoma y su credibilidad ante el mundo.
Por Rafael Bielsa*
(para La Tecl@ Eñe)
Stephen Dedalus, el personaje del “Ulises” de James Joyce (1922), dice que una nación es la misma gente viviendo en el mismo lugar, o incluso viviendo en diferentes lugares. Es entendible que un errante como Joyce, haya creado a un protagonista que ironiza con la ambigüedad identitaria. Sin embargo, incluso en esta época en la que el aforismo “cogito, ergo sum” (pienso, luego existo) se ve barrido por el “digito, ergo sum” (digitalizo, en consecuencia, existo), cuando la reconstrucción del edificio del saber de Descartes es embestida por la acumulación en la nube de datos de Jeff Bezos, una nación es —sigue siendo— una comunidad de recuerdos compartidos y una coalición de impulsos soberanistas.
Otro personaje de Joyce en la misma novela, Leopold Bloom, transita un esperpento carnavalesco en la escena alucinatoria del burdel en la que una figura grita con sarcasmo bíblico: “¡Oro! ¡Siempre oro! ¡El becerro de oro!”, burlándose de la obsesión materialista por el dinero. El oro, desde la “carne de los dioses” de las máscaras funerarias egipcias —por su brillo, maleabilidad y resistencia a la corrosión— hasta los lingotes bancarios, desde las monedas de Creso de Lidia hasta los instrumentos financieros, desde el Woodrow Wilson (billete de 100 mil dólares, Gold Certifícate, Series 1934) hasta el mundo cripto y la criptomoneda $Libra, tangible o imaginariamente, tiene valor físico, puede respaldar activos financieros o cotizarse en instrumentos, como los ETFs de oro (por ejemplo, SPDR Gold Shares).
En cualquier caso, hay una expresión usada en Estados Unidos cuando se exigen pruebas concretas de valor, compromiso o resultados: “Mostrame el dinero” (show me the money). La frase se popularizó con la película “Jerry Maguire” (1996), protagonizada por Tom Cruise y Cuba Gooding Jr. En una escena ícono, el personaje de Gooding —un jugador de fútbol norteamericano—, le exige a Cruise —su agente — que le demuestre su compromiso gritándosela por teléfono; no es fina, pero es explícita. El oro de la Nación es un patrimonio colectivo: no está para gastarse, sino que se debe guardar, proteger y honrar.
Nación, oro y dinero: la calidad del orgullo nacional está en el mérito de los países, no en su método; pertenece a su fisiología, no a la patología. Los naturales se sienten decididos o atemorizados, revitalizados o debilitados, resistentes o frágiles, dignos o viles, no solo por el respeto a las leyes fundamentales y con independencia de los regímenes políticos y los apoyos institucionales a las autoridades. Cuando una nación está en crisis, hay una oportunidad para que la firmeza del liderazgo eleve el alma del pueblo, y el deber de la responsabilidad inspire el coraje colectivo.
Una nación debe custodiar su dinero y su oro porque ambos representan su soberanía económica, su capacidad de acción autónoma y su credibilidad ante el mundo (si las tiene). El dinero es una herramienta con la que el Estado financia su funcionamiento, regula la economía y garantiza derechos; el oro —aunque ya no respalda directamente a las monedas— simboliza su solidez patrimonial y sigue siendo un activo estratégico en las reservas internacionales. Descuidarlos implica erosionar la soberanía, debilitar la moneda y exponer al país a presiones externas, como embargos, inflación o dependencia financiera. El dinero es la secreción glandular del Estado; el oro es un hueso en su esqueleto. Protegerlos puede encarnar un liderazgo de cohesión, inspiración y afirmación de la identidad nacional, con independencia de los regímenes políticos, tan atropelladamente útiles para titular los grafs televisivos.
En el año 2014, tras las protestas del Euromaidán y la caída del presidente ucraniano Víktor Yanukóvich, Rusia anexó Crimea y estallaron combates en las regiones de Donetsk y Lugansk, apoyados por fuerzas prorrusas, dando lugar en el Dombás a una guerra de baja intensidad. El 24 de febrero de 2022, con una invasión sobre Ucrania a gran escala, se inició una nueva fase del conflicto.
En diciembre de 2025, la UE aprobó el bloqueo indefinido de unos 228.000 millones de dólares en activos rusos, marcando un endurecimiento sin precedentes en su política de sanciones, y buscando acelerar un giro hacia el uso de activos congelados no solo como castigo, sino como instrumento de reparación a Ucrania. La entidad belga Euroclear —una institución financiera con sede en Bruselas (donde también la tiene el Consejo Europeo, la máxima autoridad política)—, especializada en la liquidación y custodia de valores internacionales, administra bonos soberanos y corporativos rusos, depósitos en efectivo, reservas internacionales del Banco Central de Rusia, y activos de inversores privados rusos.
La Unión Europea pensó en afectar 90 mil millones de euros a Ucrania para mantener su funcionamiento estatal, usando los activos rusos. Moscú —descrita como un autoritarismo electoral o régimen híbrido—, había advertido urbi et orbi que destinarlos como financiación para Ucrania, sería visto como una agresión económica extrema. En el Tribunal de Arbitraje de Moscú existen demandas del Banco Central ruso contra Euroclear, reclamando daños por la “incapacidad de gestionar sus activos”; argumenta que cualquier uso viola “los principios de inmunidad soberana”. Fitch —una de las tres principales agencias de valoración crediticia— la puso en vigilancia negativa, lo que significa que podría rebajarle la calificación si no se aclararan los problemas legales y de liquidez derivados del intríngulis. Si los pasivos del Banco Central de Rusia se volvieran exigibles, Euroclear podría enfrentar un descalce de vencimientos (maturity mismatch) en su balance.

El flamenco Bart De Wever —primer ministro belga—, operó el veto antes de que cantara el gallo (la decisión de usar los activos rusos congelados requería unanimidad entre los 27 Estados miembros, y Bélgica se opuso). Entonces, se resolvió que el préstamo se financiaría mediante la emisión de deuda conjunta europea, eurobonos respaldados por el presupuesto comunitario. Como se dice en el campo argentino, “es mejor una puteada a tiempo que una misa cantada”. Quienes negocian en paralelo la paz ruso- ucraniana, Steve Witkoff (enviado de Trump, especialista en bienes raíces), y Kirill Dmitriev (enviado por Putin, director del Fondo Ruso de Inversión Directa, graduado de la Universidad de Harvard y de la Escuela de Negocios de Stanford), respiraron aliviados y prosiguieron con sus afanes.
El Banco de Italia tiene la tercera mayor reserva de oro del mundo (2.452 toneladas; Argentina 61,74 toneladas), valuada en unos €285–300 mil millones (Argentina, aproximadamente USD 7.934 millones). Ese acervo está custodiado por la Banca d’Italia, que las incluye en su balance. El banco central italiano es autónomo funcional e institucionalmente, con su independencia regulada dentro del marco del Eurosistema, una garantía frente al poder político en el ejercicio de funciones clave, como el tránsito monetario y la supervisión bancaria. La coalición de partidos que gobierna Italia es considerada de centro-derecha, con un discurso que combina soberanismo, conservadurismo cultural y defensa del Estado-nación.
En noviembre de 2025, el tema de la propiedad y el estatus jurídico de las reservas nacionales de oro reapareció en el Parlamento impulsado por legisladores del partido “Hermanos de Italia” (Fratelli d’Italia), que lidera Giorgia Meloni, quienes presentaron una enmienda al presupuesto 2026 afirmando que: “las reservas de oro gestionadas y mantenidas por el Banco de Italia pertenecen al Estado, en nombre del pueblo italiano.” La deuda pública italiana asciende a aproximadamente 3,13 billones de euros, lo que representa un 138,3 % del Producto Bruto Interno (la deuda bruta de Argentina es de USD 465.355 millones, 70% del PBI). Durante la pandemia (2020), alcanzó un pico del 154,4 %; desde entonces hubo una leve reducción relativa, aunque el volumen nominal crece.
Debido a la (alta) deuda, la oposición criticó la iniciativa, argumentando que podría abrir la puerta a un eventual uso del oro para aliviarla, con el argumento de que se trataría de un “activo ocioso”. Por dos veces, el Banco Central Europeo hizo tronar el escarmiento: aquella formulación podía amenazar la independencia del Banco de Italia, ya que el oro figura en su balancey está protegido por normas europeas sobre autonomía de los bancos centrales. El 19 de diciembre, una comisión del Senado aprobó una versión suavizada de la enmienda, que mantiene la idea de que el oro “pertenece al pueblo”, pero aclara que no contradice las reglas de la UE.
En Buenos Aires, el Banco Central vernáculo aceptó que el retiro de más de 4.981 millones de dólares en reservas de oro no había quedado registrado en ningún contrato, tras entorpecer las labores de la Auditoría General de la Nación. Economistas subrayaron que ese oro podía estar de colateral en un préstamo de divisas que ya se gastaron, o sea mostrando a los acreedores que hay activos reales que respaldan una deuda eventualmente ya consumida. Como es frecuente en Argentina, el problema no proviene de la falta de normas, sino del incumplimiento de las muchas que existen; sobra la proliferación de árboles caducifolios administrando fondos públicos, con estrategias de adaptación al clima.
Defender la soberanía del pueblo no es algo que se relacione directa e inmediatamente con las expresiones políticas de quienes gobiernan. Rusia e Italia lo muestran: autoritarismo electoral y derecha conservadora, conviven conceptualmente en la defensa de los activos nacionales. En Argentina, sobre una superficie crudamente encendida —sin sombras ni penumbras— por festones de luces inútiles, el liberalismo libertario los derrocha.
El mundo ruso consiste en un Estado soberano reconocido internacionalmente, un gobierno central, una constitución, fronteras definidas y representación diplomática. Plurinacional y multiétnica —incluye más de 190 grupos étnicos y más de 100 lenguas—, también es una nación histórica. Está gobernada por un partido oficialista dominante (Rusia Unida), con un liderazgo personalista (Vladimir Putin), mayoría en la Duma Estatal, y apoyo de élites políticas, de seguridad (siloviki) y empresariales. Algunos especialistas con sentido del humor lo describen como “Estado ermitaño”, cerrado sobre sí mismo, blindado y refractario al mundo exterior.
Italia tuvo 68 gobiernos en 80 años (1946); el de Giorgia Meloni es el tercero más duradero desde la fundación de la República. La coalición de derecha está conformada por una expresión nacional-conservadora y soberanista (Fratelli d’Italia, Meloni)), una populista y euroescéptica (Lega, Matteo Salvini), una liberal moderada (Forza Italia, Antonio Tajani) y una democristiana (Noi Moderati, Maurizio Lupi). La presidenta del Consejo de Ministros administra con pragmatismo macroeconómico, coopera con la UE, y hace esfuerzos por mantener la estabilidad financiera y la confianza de los mercados. Sus iniciativas basculan entre anunciar de manera sorpresiva un impuesto del 40% a las “ganancias extraordinarias” de los bancos, derivadas de la suba de tasas del BCE (2023), y ser consciente de que Italia necesita mantener la tranquilidad de los mercados, debido a su deuda pública elevada y su exposición a tasas del BCE. Los cómicos italianos describen la situación como una trattoria parlamentaria, una república de primos —coral y escenográfica—, llena de nostalgia pragmática y funcionalmente contradictoria, una península pendular, con un busto institucional y un alma de reality.
En un mundo poroso y frenético, en plena transformación digital sin planificación global, en el que no es posible poner en “pausa” a los países sin pagar las consecuencias por la demora, no hacen falta fósiles ambiciosos que expresan tiempos de su vida anterior, sino naciones soberanas y líderes inspiradores.
“Tener y no tener” se llamaba una novela de Ernest Hemingway, adaptada al cine por William Faulkner y protagonizada por Humphrey Bogart y Lauren Bacall. Tener y no tener, perder o encontrar. Eso.
Sábado, 27 de diciembre de 2025.
*Abogado y escritor.

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