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18 junio, 2026Los discursos del poder no sólo se imponen por lo que expresan sino, sobre todo, por lo que buscan silenciar del pasado para que no se pueda comprender el presente y actuar con eficacia sobre él para transformarlo. Ese silencio pesa aún sobre las víctimas de los bombardeos de Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955 y sobre los militares y civiles fusilados luego del levantamiento contra la dictadura de Aramburu y Rojas.
Por Daniel Cecchini*
(para La Tecl@ Eñe)
Los de mi generación – nací en enero del 56 -, hijos de familias no peronistas, crecimos sin saber nada del bombardeo de Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955, como tampoco de los fusilamientos de los militares del levantamiento contra la dictadura de Aramburu y Rojas ni de la matanza clandestina de un grupo de civiles en el basural de José León Suárez un año después.
En la escuela primaria – me tocó ir a la Anexa, que dependía de la Universidad Nacional de La Plata – nunca se habló de eso, mientras crecíamos asistiendo con naturalidad, porque las cosas eran así, a la sucesión de gobiernos democráticos interrumpidos, peleas entre militares de distintos colores como si tuvieran las camisetas de dos equipos de fútbol, los condicionamientos de los generales a los presidentes, los golpes militares y los cuartelazos entre milicos que se iban sucediendo en la Casa Rosada. Era una suerte de orden natural de las cosas.
Así, muchos crecimos en un ambiente de silencio y de naturalización de la injusticia, con clichés como «los milicos también roban, pero hacen», o «hace falta una mano dura» y «pobres hubo siempre».
La primera adolescencia y el inicio del Colegio Nacional me llegaron al mismo tiempo que Mayo del 68 y el Cordobazo, que Almendra, la ejecución de Aramburu y una vieja edición de «Operación Masacre» que descubrí en la ecléctica biblioteca de mi viejo, que me miró raro, pero sin decir nada, cuando vio que tenía el libro en mis manos.
Recuerdo un contraste fuerte frente a la noticia de la ejecución de Aramburu por un grupo guerrillero llamado Montoneros, hasta entonces desconocido. Mi padre no hizo comentarios sobre el asunto y yo tampoco le pregunté nada, aunque leí la noticia con avidez en el diario. Eso también era parte del silencio natural. En cambio, a Delia, una chica joven, oriunda de una provincia del norte, que trabajaba con cama en mi casa, le escuché decir: «¡Qué bien que mataron a ese hijo de puta!». Estábamos solos en la cocina y a ella sí le pregunté: «¿Por qué? ¿Qué hizo?». Y ella me contó de los fusilamientos. Yo tenía 14 años y fue la primera noticia que tuve sobre el asunto.
Poco después encontré el ejemplar de «Operación Masacre» y lo devoré. Tampoco le pregunté nada a mi viejo. Lo leí con la misma pasión que había leído «Los Tres Mosqueteros» o «La isla del tesoro», como una novela de aventuras hasta que, de pronto – no puedo precisar el instante – tomé conciencia de que eso que se contaba se lo habían hecho a personas de carne y hueso. No fue saberlo, que lo sabía cuando empecé a leer el libro, sino sentirlo bien adentro.
Con los años me di cuenta de la importancia de la investigación de Rodolfo Walsh y del impacto que tuvo al sacar a la luz los fusilamientos de José León Suárez. No sólo sacó a la luz un crimen de lesa humanidad, también hizo visibles a sus víctimas, esas personas de carne y hueso, para muchos que las ignoraban, o preferían hacerlo. Si el bombardeo sobre Plaza de Mayo de 1955 hubiese tenido un Walsh que lo contara es muy probable que el manto de silencio que lo cubrió durante casi dos décadas se habría rasgado mucho antes.
Para mí, en lo personal, la bisagra fue Trelew. Otro fusilamiento que se intentó encubrir, esta vez como intento de fuga. Tenía 16 años y me pasó, entonces, lo mismo que a muchos de los hijos de mi generación y clase social: decidimos que a la naturalización de la injusticia había que enfrentarla, aunque no nos hubieran educado para eso. De alguna manera logramos vencer al silencio.
Todo esto viene a cuento porque hace más de dos décadas que hay generaciones de argentinos que vienen creciendo sumergidas en otras operaciones de silencio. Esas que ocultan los intereses económicos que se movieron detrás de la dictadura, cuyos beneficiarios – o los de su linaje – siguen siendo hoy un factor decisivo de poder en el país. Las de los grandes medios de comunicación, generadores de un sentido común domesticado y también funcional a esos intereses.
Porque los discursos del poder no sólo se imponen por lo que expresan sino, sobre todo, por lo que buscan silenciar del pasado para que no se pueda comprender el presente y actuar con eficacia sobre él para transformarlo.
De la misma manera que lo hicieron con aquellos silencios de junio que alguna vez nos impusieron.
Jueves, 18 de junio de 2026.

*Periodista.

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