
El nuevo desorden mundial – Por Jorge Elbaum
12 junio, 2026Ante el panorama político que trama alianzas para enfrentar al actual gobierno de derribo nacional, llueven las preguntas sobre qué aspectos se conservarían si llegara un cambio de administración. Ninguno. Lo mejor que podemos hacer es no prepararnos obedientemente para lo peor y descartar los clichés que buscan un titular.
Por Rafael Bielsa*
(para La Tecl@ Eñe)
No es en los liceos donde se enseña a gobernar. Se aprende mediante una formación aguerrida, a través de tropiezos y perseverancia, con furor y empeño. Puntillismo intuitivo para comenzar; luego, unidad para concebir; siempre: efecto vibrante para comunicar. Cada pincelada debe afectar la atmósfera entera de la estructura, y el conjunto no puede prescindir de la composición global, el equilibrio y el impacto emocional.
El clima comunicacional austral trajo lluvias torrenciales de periodistas preguntando a gobernadores, exfuncionarios y dirigentes opositores qué aspectos del actual gobierno de derribo nacional conservarían si llegara un cambio de administración (Ricardo Aronskind). Como en las ordalías medievales, la pregunta somete al interrogado a una prueba ritual destinada a revelar, por vía divina, su culpabilidad o inocencia. Se trata de un interrogante engañoso, y las respuestas son supersticiosas, aduladoras y condescendientes.
Allí hay un problema que consiste en buscar hasta encontrar algo apenas lógico y declamarlo, sin calcular precios ni consecuencias. El solo rechazar a alguien no puede constituir un plan de gobierno (política «contra alguien”), así como tampoco agitar cintas adhesivas como si fueran banderines. Frente al diluvio, es esencial decir la verdad, porque no hay creencia sin ejemplaridad. Lo que nos unirá no será un superávit fiscal sin equilibrio social, ni el bloqueo atmosférico que deja sin sol al legado musical, ni salarios docentes y no docentes un 70% por debajo de la línea de pobreza, ni el retroceso en el derecho a la información y la prevención de enfermedades crónicas. Lo mejor que podemos hacer no consiste en prepararnos obedientemente para lo peor.
Argentina es un país más permisivo que despótico, curioso frente a la diversidad, hablador en el contraste. Recibió maltratos por demasiado tiempo; pide que lo dejen un poco en paz, sentir algo de honor, recordar quién es, tocar cosas cordiales que duren algo más que un rato. Un lugar en el mundo donde no repiqueteen las desilusiones, ni las amenazas, ni las brusquedades; crecimiento sin servilismo y alianzas sin vasallaje. Para operar satélites en el espacio profundo, desarrollar misiones de frontera tecnológica y protagonizar saberes y sabores, es mejor un plato de sopa y una escuela con pibes contentos, que alentar alardes de circunstancia. Dijo Eladia Blazquez: «No podría vivir con orgullo, / Mirando otro cielo que no fuera el tuyo”.
El gobierno es una fábrica fatal de estereotipos, lubricada por regímenes simplificados de ganancias, simuladores de teléfonos celulares, centrifugadores para lingotes de oro, tragamonedas de activos criptográficos, traveling cenital para triángulos mineros. El exceso de generalización, el conocimiento irresponsable, los prejuicios, la indiferencia frente al porvenir y la discriminación generan clichés a mansalva, lo que no afecta a la economía ni a los mercados, aunque sí al futuro, que pertenece a quienes sean capaces de asumir el rito de la sinceridad y de aceptar la liturgia de crearlo.
Los argentinos bailan bajo la pálida luz de la luna, pero con el diablo (Jack Nicholson, «Batman”, de Tim Burton). Hay que buscar soluciones para que, en el país de la aristocracia de los vergonzosos sin vergüenza, el de guante blanco no sea el rey; para recuperar la nación donde la película predilecta sea «Esperando la carroza” − un tradicional almuerzo familiar, en el que estalla una discusión entre hermanos sobre quién va a hacerse cargo de una madre anciana, Mamá Cora −, y no «La gran estafa” − un plan que combina habilidades de carterista, electrónica, y engaño −. ¿Por qué propagandear al gobierno con encantadoras cosas no recomendables?
El arte de un gobierno empieza por el modo en que asume que no hay partes, sino un todo; es un continente que ordena la distribución de los contenidos. Para eso debe haberse preguntado por qué quiso ganar una elección. No se trata solamente de triunfar, sino de haber sopesado si está dispuesto a hacer —y puede— lo que se propuso y difundió; luego será juzgado —entre otras cosas— por el resultado de la comparación entre lo mejor de lo bueno y lo peor de lo malo.
Hay una diferencia entre vencer y hacerlo para algo: ¿ganar para hacer penitencia, decomisar el territorio nacional, ejecutar órdenes ajenas o consolidar el dolor de los dolientes? Eso no es gobernar y, por lo tanto, para eso no hay gobernabilidad, sino una indigna mascarada. ¿Cuáles son las coincidencias con este gobierno? Ninguna; sus políticas permiten imaginar perfectamente cómo sigue, y por eso hay que enfrentarlo. ¿Qué sentido tendría contestar trivialidades, tales como que «logró imponer agenda” o «disciplinó las cuentas públicas”? Mejor es sopesar cómo se administrarán los desembolsos y quiénes honrarán las deudas, ya que hay que honrarlas.
No hay buenas respuestas para una mala pregunta. En lugar de aceptar una duda sobre qué es lo mejor de lo malo, vale proponer interrogantes sobre si se mantendría alfa, beta o gamma, cuáles y de qué modo. Ninguna sociedad humana puede sostenerse sólo con estructuras, leyes o inteligencia; necesita de una caridad que vaya más allá del interés individual y cree un verdadero «nosotros” (Joseph Ratzinger); eso no es un problema de coeficiente intelectual sino de temperamento decidido. Frente a los puñados mínimos, a la Argentina le fue mejor con las plazas multitudinarias, el trabajo múltiple superó los planes de negocios unitarios.
Detrás del furor de la inteligencia artificial, hay algunas trincheras menos glamorosas pero críticas para quienes trabajan: electricidad para entrenamiento de modelos, disipadores del calor generado por los componentes electrónicos, bastidores metálicos (racks) que sirven para organizar y alojar los dispositivos de tecnología de la información (TI), bloques fríos y servidores completos que se sumergen en tanques llenos de líquido no conductor (los chips de última generación, como las Blackwell de NVIDIA, generan demasiado calor para el aire convencional), dispositivos de respaldo inmediato en caso de fallos en el suministro (UPS). En el arrebato de los nombres propios, la Argentina se distrae, sin período adicional.
¿Vivimos nuestro requiéscat in pace (RIP)? ¿Nos desean que descansemos en paz en mitad del alboroto? Es fiera venganza la del tiempo si lo dejamos pasar. Esta patria es nuestra dulce metedura; ni sola, ni fané, ni descangayada, ni vestida de pebeta. Nuestra, de todos nosotros.
Domingo, 14 de junio de 2026.

*Abogado y escritor.

Seguí acompañándonos: Sumate a la campaña «Colaborá con La Tecl@ Eñe».
La Tecl@ Eñe viene sosteniendo, desde su creación en 2001, la idea de hacer periodismo de calidad entendiendo la información y la comunicación como un derecho público, y por ello todas las notas de la revista se encuentran abiertas, siempre accesibles para quien quiera leerlas. Sabemos que son tiempos muy difíciles, pero para poder seguir sosteniendo el sitio y crecer les pedimos, a quienes puedan, que contribuyan con La Tecl@ Eñe. Pueden colaborar con $5.000 ó $10.000. Si estos montos no se adecuan a sus posibilidades, consideren el aporte que puedan realizar.
Tu aporte es importante para seguir adelante.
Muchas gracias.
Alias de CBU: Lateclaenerevista


