
El colchón – Por José Luis Lanao
9 septiembre, 2026Entre la sensibilidad urbana hacia los animales y la realidad cotidiana del mundo rural existe una distancia cada vez mayor. Mientras la vida animal se percibe muchas veces a través de mascotas, redes sociales y representaciones culturales, en el campo forma parte de sistemas productivos y ecológicos donde nacimientos, enfermedades, depredación y muerte son experiencias concretas. Bruno Carpinetti plantea en el siguiente artículo que el desafío es superar esta brecha y construir una ética capaz de cuidar a los animales sin perder de vista los ecosistemas, los territorios y a quienes viven de ellos.
Por Bruno Carpinetti*
(para La Tecl@ Eñe)
La Argentina es, al mismo tiempo, uno de los países más urbanizados del planeta y una nación cuya historia, economía e identidad se encuentran profundamente ligadas al mundo rural. Esta aparente paradoja no es un dato menor. En ella reside buena parte de las tensiones contemporáneas en torno a la relación entre las sociedades humanas y los animales.
Durante las últimas décadas, la expansión de los movimientos de protección animal y de las corrientes filosóficas vinculadas a los derechos de los animales, modificó sustancialmente la manera en que amplios sectores sociales conciben la vida no humana. Lo que hasta hace poco parecía un asunto restringido a especialistas o militantes se transformó en un tema central de la agenda pública. La sensibilidad frente al sufrimiento animal se amplificó, las demandas sociales crecieron y comenzaron a cuestionarse prácticas históricamente naturalizadas.
Sin dudas, este proceso produjo avances significativos. La visibilización del maltrato animal, la incorporación del bienestar animal a las políticas públicas y la creciente condena social hacia formas de crueldad antes toleradas, constituyen conquistas culturales difíciles de discutir.
Sin embargo, junto con estos avances emergió otro fenómeno menos explorado: la creciente distancia entre las percepciones urbanas sobre la naturaleza y las experiencias cotidianas de quienes habitan y trabajan en los territorios rurales.
Más del noventa por ciento de la población argentina vive actualmente en ciudades. Para millones de personas, el vínculo con los animales se construye fundamentalmente a través de mascotas, medios de comunicación, redes sociales o productos culturales. La naturaleza aparece así mediada por imágenes, emociones y representaciones simbólicas.
En contraste, las poblaciones rurales mantienen relaciones sustancialmente diferentes con el mundo animal. Agricultores, pescadores artesanales, trabajadores forestales, pastores y ganaderos conviven diariamente con nacimientos, enfermedades, depredación, mortalidad, fluctuaciones poblacionales y conflictos entre fauna silvestre y actividades productivas. Para estos sectores, los animales no son únicamente individuos portadores de sensibilidad moral; forman parte de sistemas ecológicos complejos de los cuales depende, muchas veces, la propia subsistencia.
Esta divergencia de experiencias produce inevitablemente diferentes marcos éticos. Mientras gran parte de las corrientes urbanas contemporáneas privilegian una ética centrada en el individuo animal, muchos actores rurales suelen pensar los problemas desde una escala poblacional, territorial o ecosistémica. No se trata necesariamente de una oposición entre sensibilidad e insensibilidad, ni entre protección y explotación. Se trata, más bien, de perspectivas construidas desde experiencias materiales profundamente distintas.
La ética del consumo y el ocultamiento de la producción
La creciente distancia entre las percepciones urbanas y rurales sobre los animales no puede comprenderse sin considerar una transformación más profunda: el progresivo desacople entre los espacios de consumo y los espacios de producción de alimentos.
Las sociedades urbanas contemporáneas se caracterizan por una creciente desvinculación material y simbólica respecto de los sistemas agrarios. La inmensa mayoría de la población accede diariamente a carnes, lácteos, huevos, cereales, frutas y hortalizas a través de góndolas de supermercados, comercios o plataformas virtuales de distribución, sin contacto directo con los procesos biológicos, ecológicos y productivos que hacen posible esa oferta alimentaria.
La producción de alimentos se ha vuelto, en gran medida, invisible. La muerte de animales destinados al consumo, las prácticas sanitarias, el control de predadores, el manejo de especies que ocasionan daños a los cultivos o transmiten enfermedades, e incluso los inevitables impactos ambientales asociados a cualquier sistema productivo, permanecen alejados de la experiencia cotidiana de los consumidores urbanos.
Como consecuencia, se configura una paradoja característica de las sociedades contemporáneas: sectores sociales que demandan crecientemente estándares éticos elevados respecto del trato hacia los animales, continúan sosteniendo, mediante sus patrones de consumo, sistemas agroalimentarios que necesariamente implican distintas formas de intervención sobre la vida animal y los ecosistemas.
La sensibilidad urbana hacia el sufrimiento animal convive así, en numerosos casos, con una profunda desconexión respecto de las condiciones ecológicas y productivas que permiten la disponibilidad permanente y accesible de alimentos.
Diversos autores de la ecología política han señalado que la urbanización masiva favoreció una creciente externalización material y moral de los costos ambientales de la producción. Los impactos ecológicos, las pérdidas de biodiversidad, los conflictos con la fauna silvestre y las decisiones de manejo necesarias para garantizar la producción de alimentos, ocurren mayoritariamente lejos de los centros urbanos, en territorios que resultan socialmente poco visibles para quienes consumen esos bienes.
Este fenómeno se expresa claramente en la percepción social de la mortalidad animal. Mientras la muerte de un animal silvestre, en un contexto de manejo poblacional, puede generar una intensa reacción pública, la mortalidad asociada a la producción agropecuaria intensiva —incluyendo el control de plagas, las labores agrícolas, la protección sanitaria de rodeos o la eliminación de animales enfermos— suele permanecer fuera del debate social.
Ello no implica relativizar las preocupaciones éticas vinculadas al bienestar animal. Por el contrario, invita a complejizar la discusión y reconocer que toda sociedad que consume alimentos depende, inevitablemente, de transformaciones sobre los ecosistemas y de decisiones de manejo que involucran la vida y la muerte de organismos.
La cuestión central, entonces, no radica en la ilusoria posibilidad de producir alimentos sin impactos ni mortalidad, sino en cómo construir sistemas agroalimentarios ecológicamente sustentables, socialmente justos y éticamente responsables.

La mirada de la ecología
La ecología contemporánea ha demostrado que los ecosistemas funcionan a partir de complejas redes de interacciones. Natalidad y mortalidad, competencia y cooperación, depredación y reproducción constituyen procesos inherentes a toda comunidad biológica. La muerte forma parte de la dinámica natural. Ningún ecosistema existe sin mortalidad.
Desde una perspectiva científica, la conservación no persigue evitar toda muerte individual, sino preservar la estructura, funcionalidad y resiliencia de los sistemas ecológicos.
En determinadas circunstancias, la ausencia de regulación poblacional puede generar impactos severos. Poblaciones sobreabundantes de herbívoros pueden impedir la regeneración de bosques, simplificar comunidades vegetales, alterar procesos ecosistémicos y reducir la biodiversidad. Del mismo modo, especies exóticas invasoras pueden desencadenar profundas transformaciones ecológicas.
Por ello, la eliminación selectiva de individuos constituye, en numerosos contextos, una herramienta legítima y necesaria de manejo ambiental.
Por ejemplo, en la Argentina, especies como el jabalí (Sus scrofa), el castor canadiense (Castor canadensis), el ciervo axis (Axis axis) o el conejo europeo (Oryctolagus cuniculus) generan importantes impactos ecológicos, sanitarios y económicos. Su control poblacional puede resultar indispensable para proteger especies nativas, disminuir daños productivos y reducir riesgos epidemiológicos.
Lejos de representar una contradicción ética, el manejo poblacional puede orientarse precisamente a proteger la integridad de los ecosistemas y la persistencia de otras especies.
Esto no supone ignorar el sufrimiento animal. Por el contrario, las ciencias veterinarias y la biología de la conservación coinciden en la necesidad de desarrollar protocolos que minimicen el dolor y el estrés asociados a cualquier intervención humana sobre animales.
El verdadero desafío consiste, quizás, en abandonar falsas dicotomías. Ni toda intervención letal constituye necesariamente crueldad, ni toda política inspirada exclusivamente en la compasión produce resultados ambientalmente deseables.
Hacia una ética socioecológica
La discusión contemporánea sobre los animales exige ampliar la mirada.
La ética ambiental ha mostrado que los individuos no existen aislados, sino integrados en comunidades ecológicas complejas. Hace casi un siglo, Aldo Leopold proponía una «ética de la tierra» capaz de extender la comunidad moral hacia suelos, aguas, plantas y animales, entendidos como partes de un mismo sistema biótico.
Recuperar hoy esa mirada implica reconocer simultáneamente el valor de los individuos y la importancia de conservar los procesos ecológicos que sostienen la vida.
La Argentina necesita construir una ética socioecológica capaz de articular conocimientos científicos, sensibilidades sociales y experiencias territoriales.
Las políticas públicas sobre fauna deberían surgir de procesos participativos que incorporen las voces de científicos, productores, comunidades rurales, organizaciones ambientalistas y gestores públicos. Ningún sector posee, por sí solo, el monopolio de la legitimidad moral ni del conocimiento.
Porque, en definitiva, la pregunta no es solamente cómo proteger a los animales. La pregunta es cómo habitar responsablemente una naturaleza compartida, profundamente transformada por la acción humana, sin perder de vista que la conservación de la vida exige pensar no sólo en individuos aislados, sino también en comunidades, ecosistemas y territorios.
Y, sobre todo, exige reconocer que quienes viven y trabajan cotidianamente en esos territorios tienen algo imprescindible para aportar a la conversación.
9 de septiembre de 2026.
*Bruno Carpinetti es Guardaparque. Se diplomó y obtuvo una Maestría en Ciencias en Biología de la Conservación en la Universidad de Kent, Inglaterra. Completó el Diploma de postgrado en Antropología Social y Política en FLACSO – Buenos Aires, y se Doctoró en Antropología Social en la Universidad Nacional de Misiones. Ha ocupado distintos cargos en la administración pública. Actualmente es Profesor Titular de Ecología General y Recursos Naturales en la Universidad Nacional Arturo Jauretche y Profesor Titular del área de Gestión de Riesgos en la Universidad Nacional de La Plata.

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