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23 julio, 2026Marcelo Brignoni sostiene que el gran déficit de la política popular argentina en los últimos cuarenta años fue no valorar adecuadamente la mayor herramienta de soft power global que tiene nuestro país: la Selección Argentina de Fútbol.
Por Marcelo Brignoni*
(para La Tecl@ Eñe)
«Razón y emoción no son fuerzas opuestas
y la razón no es posible sin comprender a la emoción.»
Baruch Spinoza.
A pocos días de haber terminado el mundial de futbol surgen varias preguntas.
Entre esas preguntas tal vez la más importante sea: ¿cuál es la razón para que la Selección Argentina de Fútbol haya despertado una tensión tan clara, entre apoyos apasionados y odios inalterables, que trascienden incluso el solo análisis futbolístico y adquieren aristas geopolíticas, sociológicas, antropológicas e incluso históricas?
En este marco hace falta refrescar un poco algunas cosas que tienen que ver con la propia historia de la República Argentina, pero que también tienen que ver con el funcionamiento del mercado mundial del fútbol global profesional. En definitiva, lo visto recientemente en Estados Unidos ha demostrado contundentemente que el futbol se ha transformado en un negocio y un hecho cultural de escala global, de dimensiones inéditas e incomparables, con «fieles» formando parte de la única «religión global» que tiene adherentes en cualquiera de los países que integran este mundo actual. El fútbol es hoy mucho más masivo que el catolicismo, mucho más masivo que el judaísmo, mucho más masivo que el islamismo y mucho más masivo que cualquier otro ismo que pretenda representar masas de millones de personas en cualquier lugar del mundo.
La relevancia del futbol profesional, como hecho global de masas, escapa a la comprensión de ratones de biblioteca que nunca han visitado un templo de fútbol, habitualmente llamado estadio, ni han intercambiado opiniones con espectadores de una final cualquiera.
Los hinchas vivimos esa pasión como un rito, en muchos casos de devoción. Rezamos por un milagro en el minuto noventa y nos encomendamos a nuestros jugadores como si fueran salvadores, uniéndonos a multitudes en un mismo estadio bajo una misma liturgia de misa pagana, compartiendo alegrías, tristezas y la esperanza de que «el próximo partido será mejor».
Con mayores o menores intensidades en cada país, según su cultura y sociedad, el fútbol trasciende lo deportivo para convertirse en un fenómeno de masas, un pilar de identidad colectiva y una herramienta de movilización y construcción de poder político.
El gran déficit de la política popular argentina en los últimos 40 años, con la única excepción de la gran experiencia de Fútbol Para Todos, fue no valorar adecuadamente la mayor herramienta de soft power global que tiene nuestro país: la Selección Argentina de Fútbol. He aquí el huevo de la serpiente de la «campaña anti argentina», tan virulenta por estos días.
Una Selección Argentina de Futbol y un Lionel Messi prestigiados en talentos y valores a escala global son una «publicidad positiva» para la República Argentina, intolerable para los poderes globales que pretenden un país de rodillas, que asuma alegremente su rol de colonia periférica y de partenaire global del «orden natural de las cosas» en cuya construcción y roles asignados, obviamente no participó.
El debate presente también sirve para ratificar esta intolerancia del Occidente desarrollado a la rebeldía plebeya de un equipo deportivo y de un país que no admite el lugar de «digno perdedor», contrastando con la simpatía que les generan a los dueños del circo aquellos que se contentan, como el grueso de nuestro vecinos latinoamericanos y africanos, con las «dignas derrotas».
Siempre serán mejor recibidos en esta lógica los Vozinha que los Enzo Fernández o los Cuti Romero, los Milei que los Perón.
El mito falso de que Maradona no era querido por sus actitudes, pero Messi sí por sus valores, se ha derrumbado como una fila de fichas de dominó.
El «tramposo» Maradona se hermanó ahora con el «tramposo» Messi porque en realidad ambos cometieron el mismo pecado, doblegar al hemisferio norte.
Messi era un fenómeno mientras la Selección Argentina no ganaba nada, y dejó de serlo ahora por querer «ganar siempre».
Por otro lado, la «campaña» también se aprovechó del desvarío histórico de la sociedad argentina al votar a un delirante patológico pre-Hobbes como presidente.
Aunque parezca exagerado, o incluso inadmisible, no estaría demás repensar el escenario de nuestros aliados geopolíticos estratégicos del futuro, a partir de aquellas culturas y países que han defendido la imagen histórica de nuestro país y de su selección de fútbol por estos días.
Párrafo aparte merecen nuestros «colectivos políticos coloniales» que lamentablemente ocupan hoy el grueso del sistema político argentino.
Tanto libertarios cipayos como progresistas colonizados abonan, en los hechos, un debate patético de profunda admiración a latitudes e intelectuales que nos desprecian de igual manera, pero con distintos discursos.
La admiración a Winston Churchill y al Financial Times de unos, y a Varoufakis y el New Yorker de otros, plantea el mismo paradigma: la sumisión ideológica a quienes nos describen inferiores.
Así como China entendió que sus embajadores deportivos son el soft power superior de la construcción de su imagen internacional como país, la política argentina debiera entender que la Selección Argentina de Fútbol merece el apoyo irrestricto, sin tironeos partidarios ridículos, ni fiscalizadores de ideología de nuestros jugadores.
La selección argentina de fútbol es lo único que le ha dado alegría a nuestro pueblo en los últimos 40 años después de gobiernos desastrosos, mucho más vinculados a la cleptocracia que a la democracia.
Que Maradona y Messi sean mucho más importantes en nuestra admiración popular que cualquier político desde el ’83 a esta parte, no sólo habla de ellos y de nuestro pueblo, también habla de nuestra dirigencia.
Tal vez de este proceso surja lo nuevo que nuestra política y nuestro país necesitan.
Así como en el fútbol no se suele reivindicar a los que te mandan al descenso, en política tampoco debiera suceder.
24 de julio de 2026.
*Analista político.

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