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22 julio, 2026El mundial es una ficción increíble en la que sin embargo creemos, escribe Pablo Alabarces en esta nota; y el fútbol de naciones es una de ellas, tan atractiva como eficaz. No hay conspiraciones planetarias, afirma Alabarces, sino paranoias planetarias («campaña anti-argentina») que responden a razones mercantiles y mediáticas.
Por Pablo Alabarces*
(para La Tecl@ Eñe)
1.
Lo primero es lo primero.
Lo he dicho y escrito hasta el hartazgo (incluso, aquí mismo): el Mundial es una ficción increíble, en la que sin embargo creemos. Yo, quien lea esto, la mayoría de los argentinos y unos cuantos miles de millones de personas más en el mundo. La ficción consiste en postular que esos equipos son naciones (que las representan, pero que en ese juego lo son, porque están en lugar de: la definición elemental de representación). Es increíble, pero la creemos, porque sin esa ficción no hay Mundial. Es increíble porque veintiséis muchachos, todos con pito, muy bien alimentados y que juegan mucho mejor que cualquiera de nosotros a un deporte que muchos jugamos mal, todos jóvenes y millonarios, no pueden ser una nación que, como todas, es mucho más que eso. Hay mujeres, sin ir más lejos: y, además, en toda nación hay géneros, clases, edades, territorios, oprimidos, opresores, y paro acá porque es imposible sintetizar la complejidad de una sociedad moderna en una oración. (A pesar de que el facilismo argumentativo intenta una y otra vez reemplazar esa complejidad plagada de conflictos con apenas una palabra: lagente).
Benedict Anderson siempre tuvo razón: las naciones son comunidades imaginadas. No son imaginarias, porque también hay cuerpos y hay sangre, hay territorios y hay economía. Pero dependen de ciertas ficciones que afirmen que ahí hay una comunidad, donde hay conflictos y desgarramientos y poder. El fútbol de naciones es una de ellas, tan atractiva como eficaz.
Esa ficción se condimenta con un fetiche: la pasión. Sentimos (el mundo entero) pasión por esa ficción. En la Argentina, no hubo en los últimos dos meses ninguna publicidad que no la usara como argumento de ventas. (Tranquilos: en México tampoco, como pude comprobar. Pero eso nos desplaza del lugar de propietarios de la pasión). Sencillamente, la mercancía Mundial consiste en vender esa ficción adosada a un pacto emotivo al que se le llama pasión y que termina siendo una mercancía exitosísima, justamente por eso mismo. Nación más pasión: un invento genial. En una nota que leí, se estima que la FIFA facturó alrededor de nueve mil millones de dólares con el chistecito.
Todo esto no es un clásico argumento racionalista que desprecia a las pasiones de multitudes. Lo dije al comienzo: también suspendo mi incredulidad y creo en esas ficciones. Las celebro, las festejo, grito, me saco, discuto, puteo a jugadores y árbitros, gano, pierdo. Ganamos y perdemos. Fuimos felices y nos pusimos tristes. Y uso el plural a propósito: a sabiendas de que es falso en parte (no jugamos, no ganamos, no perdimos) pero que sí compartimos con miles de millones de personas, durante cuarenta y cinco días, esa creencia.
Pero que se terminó. Ya no somos: ni ganamos, ni perdimos.
2.
También sabemos que esos escenarios globales son fantásticos para puestas en escena políticas. Lo sabe Trump, aunque cae en la trampa de pensar en la transferencia del éxito deportivo al político –como hacen todos los políticos del mundo, porque son unos iletrados que jamás han leído un libro de sociología o historia del deporte-. Esa transferencia nunca se produce: peor, en algunos casos, conlleva el efecto exactamente contrario. Mi apuesta es que Trump pierde más consenso aún del que ya había perdido con sus guerras y sus persecuciones y sus aranceles, creyendo que anular una expulsión futbolera le gana rédito político. O que Milei pague sus titubeos: que sí, que no, que lo de Malvinas es de termos mononeuronales.
En cambio, la visibilidad es indudable: la bandera palestina o la de «Las Malvinas son Argentinas» sí producen efectos. Se ven, se leen, se dicen, se debaten. Por eso es que el gesto de los jugadores argentinos fue eficaz: puso en escena un reclamo prohibido, porque todo reclamo está clausurado en el orden FIFA.
Y ahí termina todo. Es un gesto, valioso y valiente. Y efímero, como todo lo que pasa en un Mundial. Salvo cuando impacta en una memoria popular: el recuerdo de Maradona o el triunfo de Qatar permanecen, porque se guardan en esa memoria infalible –me rectifico: a veces no es tan infalible. Pero confío más en ella que en el marketing.
3.
Y luego, todo lo demás es fútbol. Mal o bien jugado, justo o injusto. Los críticos deportivos de The Athletic, del New York Times, tan cuestionados por algunos compatriotas por sus críticas al equipo argentino, afirman que el mejor jugador del Mundial fue Messi y que el mejor partido fue Argentina-Egipto, si no fue Argentina-Cabo Verde (y el mejor gol, entre otros, el de Álvarez a Suiza).
¿Pero cómo? ¿Y la conspiración anti-argentina?

4.
Me resulta tan doloroso como increíble que se vuelva a usar esa frase: «campaña anti-argentina». Será por viejo, pero me evoca a la dictadura, a «los argentinos somos derechos y humanos».
Entonces, se vuelve doloroso, increíble e intolerable.
Permítanme explicar mejor esto. Primero: si de dos explicaciones, una es paranoica, la segunda es siempre mejor. ¿Hay conspiraciones planetarias? No, no existen. Hay conspiradores de muchos palos, claro: los que arman movimientos revolucionarios lo son, como lo son los malvados que planean regímenes de ultraderecha antidemocráticos y expoliadores. Pero las conspiraciones planetarias no existen. Lo que hay son paranoias planetarias: la de los sabios de Sión es una de las más famosas y aberrantes. A los estadounidenses les encantan las paranoias, a los ultraderechistas les fascina hablar de las conspiraciones féminomarxistas. Pero nada de eso es real.
Son más y más ficciones.
Lo que hay, sí, son legiones de pelotudos. De eso, no tengamos dudas. Dani Olmo es uno. Samuel Jackson es otro. La lista es enorme. No me alcanza la nota para nombrarlos. Fernán Torres, en cambio, es solamente un fascista. La lista de fachos es también enorme.
En ambas listas, hay miles de argentinos con los que «ganamos, perdimos, nos robaron». No me gusta compartir nada con ellos.
5.
Por supuesto, hay burbujas, esperables en eras de algoritmos. Acabo de escuchar un comentario de Ale Berco sobre el trabajo de una especialista en redes, que desarma las críticas a Messi en los últimos cuatro años como una tendencia impuesta digitalmente. Hay razones mercantiles y hay razones mediáticas. Alguien me acerca la hipótesis del poder de las casas de apuestas para instalar ciertos climas para que así, una vez más, gane la banca. Nadie duda de que toda narrativa de la cultura de masas precisa villanos, y que algunos jugadores argentinos daban perfecto el perfil (con el escándalo del final, Paredes u Otamendi lo cumplieron con creces). Pero no dejan de ser burbujas. No conspiraciones.
Por eso, resultan insostenibles posteos como el de Pedro Rosemblat y la sanata del «somos»: somos rebeldes, irreverentes, los mejores, y por eso desearon nuestra derrota. Claro. Por eso el presidente es Milei: porque somos los mejores, los rebeldes, los irreverentes, y el mundo nos castigó porque somos maravillosos.
Me suena un tanto insostenible.
Como insostenible es la negativa a aceptar nuestro racismo. De acuerdo: no hemos segregado como política de estado ni linchado a afrodescendientes como práctica popular. Pero hace más de veinte años que nuestros mejores estudiosos han demostrado la estructuración racista de un estado que asesinó a sus indígenas e invisibilizó a sus afrodescendientes, sometidos a un mestizaje obligado (les recuerdo que el mestizaje no se produce por acuerdo de las partes: la cantidad de mujeres negras e indígenas sometidas por los blancos dan fe de eso). Y no puede ser que olvidemos (o peor, que neguemos) que el insulto más frecuentado en la patria es el «negro de mierda». Incluso, aplicado al mayor ídolo nacional-popular de nuestra historia, un mestizo descendiente de esclavos e indígenas: el Diego, un «negro villero».
Y no es folklore, otro argumento estúpido.
6.
Por supuesto: no somos racistas. Hay muchos racistas. Tampoco somos cancheros, tramposos, sucios: pero hay muchos cancheros, tramposos y sucios circulando por el mundo enfundados en camisetas argentinas. Uno de ellos o ellas, sin ir más lejos, se burló de un jugador caboverdiano en un estadio gringo gritándole «negro, go home».
Tampoco somos rebeldes e irreverentes. Muchos lo hemos sido, muchos lo han sido, y han sido horriblemente castigados por esta misma sociedad que hoy reclama ser víctima de una conspiración planetaria que no puede tolerar nuestra excelencia.
Prefiero bajarme de ese «nosotros», de esos «somos».
7.
El Mundial se acabó. Perdimos al fútbol, perdimos bien, jugamos mal, nos dimos el gusto de jugar partidos inolvidables, de disfrutar hasta la vejez a uno de los dos mejores jugadores de la historia mundial, de ganarle a Inglaterra (los clásicos son los clásicos: no se juegan, se ganan). Ahora podemos bajarnos de ese bondi, suspender los «nosotros» ficcionales y comenzar a construir uno que valga la pena. Por ejemplo, nosotros y nosotras que inventemos un Frente Popular, democrático, plural, tolerante, con agendas progresistas y redistributivas, que se enfrente de veras a los poderosos y no al salame de Infantino, para que reine en el pueblo el amor y la igualdad. Eso sería irreverencia colectiva, y no estas pavadas.
22 de julio de 2026.
*Sociólogo y ensayista. Inestigador en CONICET. Profesor Titular Plenario de la UBA. Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales-UBA.

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