

A cincuenta años del golpe de Estado cívico-militar, la historia del periodismo argentino y de sus medios muestra continuidades que se arrastran desde los primeros procesos de concentración, cartelización y disciplinamiento del sistema informativo. De la apropiación de Papel Prensa a la actual colonización algorítmica.
Por Rosaura Audi*
(para La Tecl@ Eñe)
1976
Estaban los que siguieron investigando.
Los despedidos.
Los que tuvieron que exiliarse.
Los desaparecidos.
Los que encontraron reductos invisibles en las redacciones para ganarse el mango.
Los que miraron a otro lado.
Los que buscaban a otros.
Los que reconstruían sindicatos.
Los que asistían a fiestas con generales.
Y los que colaboraban diariamente con la narrativa oficial de “delincuentes abatidos”, de “un país que mejoraba”, de una Argentina que «ganaba la Guerra de Malvinas» y repetía que éramos «derechos y humanos”.
Todos eran trabajadores de prensa. Hay 233 desaparecidos.
El golpe los posicionó en distintos lugares de la historia frente a las atrocidades, delitos y traiciones a la patria cometidos por la dictadura cívico militar. En el plano empresarial, significó el inicio del monopolio del papel, la cartelización informativa y la complicidad estructural para acallar la libertad de expresión y ocultar lo que ocurría.
Cincuenta años después, para el periodismo y los medios de comunicación ese proceso parece haberse agudizado, con avances, retrocesos y hasta momentos de esperanza ciudadana, como supo ser la Ley 26.522 de Servicios de Comunicación Audiovisual, pero todo, hasta la memoria moral, empeoró en términos generales al día de hoy.
2026
Ya no son necesarias las dictaduras para adoctrinar naciones. Salvo aquellas en las que el imperio resuelva invadir para apropiarse de petróleo, tierras raras, agua, lo que sus necesidades definan. En las otras, la colonización es cognitiva y viaja a través de la comunicación -mezcla de dirigentes “auténticos”, performance y escenificaciones con discursos que parecieran emitir verdades, todo amplificado por un ecosistema de medios tradicionales y poderosas infraestructuras digitales capaces de incidir en el pensamiento de una sociedad-.
Así estamos, cincuenta años después, tras generaciones que cubrieron los siete años de lucha contra la dictadura, la alegría de la primavera democrática, los juicios a las juntas, los intentos fallidos de golpe, el largo período del neoliberalismo de Menem, el fracaso de la Alianza, la crisis del 2001, las sucesiones presidenciales, la aparición de Néstor Kirchner, su muerte, las presidencias de Cristina, la Ley de Medios, el PRO y su gobierno, el Frente de Todos y Milei, Javier Milei. El mundo también cambió y pareciera que en la misma sintonía.
Estos últimos dos años fueron de aceleración libertaria y de ruptura en los esquemas de relación con la prensa y con la comunicación pública. Durante 2025 se consolidó una política estatal de restricción sistemática a la protesta, la libertad de expresión y el trabajo periodístico, combinando represión directa con el uso de herramientas judiciales y administrativas para limitar la palabra, según el informe de diciembre de 2025 de la Federación Argentina de Trabajadores de Prensa (FATPREN), el Sindicato de Prensa de Buenos Aires, (SIPREBA), la Federación Internacional de Periodistas (FIP) y la Carrera de Comunicación de la Universidad de Buenos Aires. El documento también advirtió sobre el debilitamiento de organismos clave como el ENACOM y la Defensoría del Público, junto con el vaciamiento de medios públicos como la TV Pública, Radio Nacional, Télam y las señales educativas, lo que redujo la diversidad de voces y las capacidades federales de producción informativa.
Parte de este entramado de intervención directa en el flujo de la información está vinculada a la falta de transparencia sobre los fondos que se otorgan a los medios y a los periodistas. El presidente habla de “ensobrados” en referencia a quienes cuestionan sus políticas, pero la decisión de descartar el sistema de pauta precedente sin proponer uno nuevo y distribuir recursos con total discrecionalidad desde reparticiones no adecuadas u organismos descentralizados, manifiesta lo contrario.
Imposible dejar de lado el proceso de cartelización y concentración, iniciado, como se señaló, en la dictadura. Hoy alcanza niveles impensados, tanto porque prácticamente no hay información y discurso crítico al gobierno sino por el contrario organizado en favor del gobierno -de esto dan cuenta los reportes semanales que hace el periodista Hugo Muleiro-, como porque muchos trabajadores de prensa que logran visibilidad en lo digital están más concentrados en el clipeo que en el viejo oficio de molestar al poder.
El ingreso en escena del streaming -un formato fresco, novedoso y atractivo centralmente para los estratos jóvenes de la sociedad, aunque sin información dura en su mayoría- obligó a ese periodismo convencional a buscar canales nuevos y aportar análisis periodístico coyuntural, que muchas veces se asemeja a propuestas televisivas baratas.
Y como si esta pincelada de cuadros de la decadencia comunicacional -concentración, manipulación de audiencia, represión y ausencia de transparencia oficial- fuera poco, los trabajadores de prensa, la masa de trabajadores, no los 15, 20 ó 30 conocidos en Buenos Aires, se encuentran en una situación de hiperprecarización.
Todos son trabajadores de prensa. Muchos tienen que buscar otros empleos para comer, otros viven con estándares muy superiores al promedio.
Nada de esto es casual. Claramente, para que los esquemas de dominación cognitiva funcionen, tienen que caer aquellos en los que primaba el pensamiento crítico. Y ahí se puede ver porqué el Estatuto del Periodista, una fuerte defensa del oficio y de la libertad de expresión, fue borrado de un plumazo -cosa que se intentó en 1980 a modo de modificación-.
Seremos la tierra fértil para que las Big Tech, ayudadas por las corporaciones mediáticas -que se ve que piensan que sobrevivirán-, hagan a su antojo. La dictadura sembró la semilla hace 50 años.
*Periodista

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